Capítulo 39 — El sabor
A la una de la tarde, hice el mejor taco de mi vida, y no supe que era el mejor hasta que el barrio entero se calló.
No fue una decisión: fue el momento. La plancha en su punto, el suadero dorándose como debía, la salsa con el secreto de mi abuela —el último, el del "por si acaso"—, la tortilla caliente, y yo, con las manos seguras por primera vez en todo el día, armando el taco como si no hubiera nadie mirando.
Como si estuviera en mi taquería, a las once de la noche, sirviéndole a él.
Le puse la carne. Le puse la salsa. Le puse la cebolla y el cilantro.
Y mientras lo armaba, pensé en mi historia, la que el taco tenía que contar: la reseña que me hundió, el año de capa caída, la noche que llegó un hombre misterioso a pedir suadero, y las alcatraces, y el karaoke, y la banqueta, y la promesa.
—Es para usted —dije, en voz baja, sin mirar a nadie—. Dondequiera que esté.
Y serví el taco.
Los jueces lo probaron en silencio. La crítica del diario, el chef de la Roma, el señor de los lentes, Salvador Ortega —el que me había dado las cinco estrellas—.
Los vi probar, los vi cerrar los ojos, los vi escribir en sus libretas, y yo, detrás de mi plancha, con el pecho apretado, no podía leer nada en sus caras.
—¿Y bien? —gritó Don Beto, que no aguantaba el silencio—. ¿Se comieron el taco o se comieron la duda? ¡Aquí se viene a comer, no a pensar!
—Don Beto —dijo Luz, jalándolo—. Cállese.
—No me callo, mija. Es que la gente de mantel blanco come muy despacio. ¡Apúrenle, que el taco se enfría!
Y el barrio se rio, y los jueces casi se rieron también, y por un momento, por un momento nada más, la final se sintió como lo que era: una taquería de barrio enfrente de su gente.
A la una y media, los jueces se levantaron y se fueron a deliberar. La organizadora pidió silencio. El barrio entero se calló, y yo me quedé detrás de mi plancha, con las manos sudando y el corazón desbocado, viendo el templete donde se decidía mi suerte.
—Señoras y señores —dijo la organizadora, con su portapapeles y su sonrisa de conductora—. El jurado ha decidido. Y el ganador del concurso Sabor de barrio 2026, con el premio de doscientos mil pesos, es…
Hizo una pausa. Una pausa de esas que duran años.
—¡La Doctora! ¡De la colonia Doctores!
No lo oí bien. Lo oí como se oyen las cosas que una espera demasiado tiempo: con el corazón haciendo ruido y la cabeza tardando en alcanzar.
Vi a Luz saltar, vi a Don Beto aventar su sombrero al aire, vi a mi abuela levantar la vista del tejido —una vez, nada más, para asentir, como quien dice "ya era hora"—, y vi al barrio entero correr hacia mi puesto, y me vi a mí, detrás de la plancha, sin saber si reírme o llorar.
Gané. La Doctora ganó. Doscientos mil pesos. La taquería de la esquina de Dr. Balmis, la que el crítico había hundido con una reseña, la que había estado de capa caída nueve meses enteros, acababa de ganar el concurso más grande de la ciudad.
—¡GANAMOS! —gritó Luz, abrazándome—. ¡GANAMOS, PRIMA! ¡LA DOCTORA GANÓ! ¡EL SUADERO GANÓ!
—¡Los milagros existen! —gritó Don Beto, con el sombrero en la mano—. ¡Y esta vez los vimos todos!
Y el barrio se me vino encima, y yo me dejé llevar, con los brazos llenos de abrazos y la cara llena de lágrimas, sin saber si reírme o llorar, haciendo las dos cosas a la vez.
La taquería que curaba, curada. La reseña que me hundió, vengada.
El año de capa caída, terminado. Todo eso pasaba por mi cabeza mientras el barrio gritaba, mientras Luz lloraba, mientras Don Beto bailaba con el sombrero en la mano, mientras Doña Meche repartía abrazos como si fueran tamales.
Y mi abuela, sentada en su banquito, tejiendo, sin levantarse, con una sonrisa pequeña que solo yo vi. Cuando la miré, levantó la vista un momento, y me dijo, con esa voz suya que no necesitaba gritar:
—Ya era hora, mija.
—Abuela —dije, y la voz se me quebró—. Ganamos.
—No —dijo ella, y volvió al tejido—. Ganaste. Tú. La que estuvo de capa caída nueve meses, la que no cerró la taquería, la que se levantó todas las mañanas. Ganaste tú, mija. El barrio nomás vino a ver.
—Y yo —dijo mi abuela, y sonrió, apenas—, yo nomás vine a tejer.
Y me quedé callada, con el nudo en la garganta, viendo a mi abuela tejer en medio de la fiesta, y pensé que el premio, los doscientos mil pesos, ya me habían dado lo mejor que me podían dar: que mi abuela me dijera, sin decírmelo, que estaba orgullosa de mí.
—La entrega formal del premio será en la ceremonia de las seis —dijo la organizadora, tocándome el hombro—. En el templete principal. Ahí le dan el cheque y las fotos. ¿Me entiende?
—Sí —dije, y la voz me salió chueca, de las que no saben si reír o llorar—. A las seis.
—Y felicidades, señora —dijo ella, y por primera vez en todo el día su sonrisa de conductora se volvió humana—. Su taco… su taco sí contaba una historia. Se notaba.
Y se fue, y yo me quedé con la frase pegada, con la historia de mi taco todavía caliente en la memoria, pensando que la única persona que no la había probado era la única que yo quería que la probara.
Busqué al señor de las once entre el público.
No lo vi.
Lo busqué con los ojos, entre la gente que celebraba, entre las lonas, entre los puestos, en el lugar donde yo sabía que se paraba, siempre, a las once de la noche.
No estaba. No lo había visto en toda la mañana, y de pronto, con la fiesta encima y el triunfo en las manos, sentí su ausencia como se siente un hueco en el estómago.
—¿Ya viste? —dijo Luz, abrazándome—. ¿Ya viste, prima?
—Ya vi —dije, y seguí buscándolo con los ojos, sin encontrarlo.
Y entonces, entre la multitud, una voz que no oía desde hacía siete meses:
—Marisol.
Me di la vuelta.
Óscar estaba parado a dos metros de mi puesto, con un ramo de rosas en la mano, con el pelo más corto y la ropa de ciudad, con esa sonrisa suya que yo había querido tanto y que ahora no me decía nada.
Miré de reojo a mi abuela. No levantó la vista del tejido. Ni lo saludó. Óscar la saludó de lejos, con la mano, y ella siguió tejiendo, como si el tipo de las rosas no existiera. Y yo supe, sin que nadie me lo dijera, que la abuela ya lo había borrado del mapa.
—Óscar —dije, y mi voz salió plana, como la de las noticias viejas.
—Venía a verte —dijo él, y dio un paso hacia mí—. Vi lo de la final en las noticias y… venía a verte, Marisol. A felicitarte. A decirte que… siempre supe que ibas a llegar hasta aquí.
Y se quedó parado ahí, con las rosas en la mano y la sonrisa puesta, esperando que yo hiciera algo, y yo, con el triunfo en las manos y el señor de las once perdido entre el público, no supe qué hacer con ninguno de los dos.