Tacos de desamor Capítulo 38 — El jurado
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Capítulo 38 — El jurado

A las once de la mañana, Emiliano Rivas estaba sentado en el templete del jurado, con su tarjetita en la mesa y el corazón en la garganta, viendo a la mujer que amaba cocinar para un concurso que él le había conseguido.

Era la escena más ridícula de su vida, y lo sabía.

Ahí estaba él, el crítico que firmaba con una sola letra, el que había hundido la taquería de esa mujer con una reseña, el que la había inscrito al concurso por la espalda, el que le había mandado una plancha sin nombre —sentado en el templete del jurado, con su tarjetita, calificando el taco que ella le estaba cocinando sin saber quién era.

—¿Emiliano? —dijo la crítica del diario nacional, tocándole el hombro—. ¿Estás bien? Estás muy pálido.

—El sol —dije—. Es el sol.

—Está nublado.

—Entonces es el hambre —dije—. No desayuné.

La crítica me vio un momento, y luego miró hacia el puesto de la lona roja, y luego me miró a mí otra vez, y no dijo nada, pero yo supe que había visto algo. Los críticos viejos siempre ven todo.

El templete del jurado daba directo a los tres puestos finalistas.

El de la Roma, con sus cocineros de uniforme y su estandarte.

El de Coyoacán, con su familia completa detrás de la plancha.

Y el de ella. La Doctora, con su lona roja y su letrero pintado a mano y su plancha que brillaba bajo el sol.

Y ella, Marisol, con el paliacate rojo y el mandil de los días grandes, moviéndose detrás de la plancha con una seguridad que me partía en dos.

La vi preparar. La vi probar la salsa con la punta del cucharón.

La vi hablar con su abuela, que estaba sentada en un banquito enfrente del puesto, tejiendo, como si el mundo no se estuviera jugando en ese momento.

La vi reírse con Luz. La vi levantar la vista, por un segundo, y buscar a alguien entre el público —a mí, pensé, aunque no podía saberlo—, y no encontrarme, porque yo estaba al fondo, en el templete, con mi tarjetita.

—Emiliano —dijo una voz a mi lado, y me sobresalté.

Salvador.

Estaba sentado dos lugares más allá, con su libreta y su lápiz, como siempre, y me miraba con una calma que no me gustó nada.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, y la voz me salió chueca.

—Me invitaron —dijo Salvador, y se encogió de hombros—. Soy crítico, ¿recuerdas? Y tú me pediste, hace unas semanas, que probara una taquería de la Doctores. Que le hiciera justicia. Que la reseñara con cinco estrellas porque te habías equivocado feo con ella.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Sí —dije—. Y lo hiciste.

—Lo hice —dijo Salvador, y se quedó viéndome un momento, con esa calma suya que todo lo veía—.

Y después me entró la curiosidad, Emiliano.

Porque un crítico que se equivoca feo con una taquería, y que luego le pide a su colega que la reseñe, y que luego aparece en el jurado del concurso donde esa misma taquería compite…

ese crítico, o es muy torpe, o está muy metido.

—Salvador.

—Déjame terminar —dijo él—. Ayer, buscando en mis notas, me encontré con la reseña vieja. La de hace nueve meses. La que firmaba un tal "R." y decía que los tacos de la Doctora sabían a desamor. Y me di cuenta de algo.

—¿De qué?

—De que el que escribió esa reseña —dijo Salvador, y me miró de frente, con una voz que no admitía vuelta atrás—, el que hundió a esa taquería, eras tú. R. Eres tú, ¿verdad?

Me quedé sin aire, sentado en el templete del jurado, con la tarjetita en la mesa y el corazón en la garganta.

—¿Y esa taquería que destruiste? —dijo Salvador, y señaló el puesto de la lona roja, donde Marisol estaba volteando tortillas sin sospechar que dos críticos hablaban de ella a treinta metros—. ¿No es esta la taquería que destruiste?

—Sí —dije, y la palabra me salió chiquita, como las que se dicen cuando ya no hay manera de esconderse—. Esa.

Salvador me vio un momento largo. Largo de verdad. Y luego dijo, bajito, con una voz que no le conocía:

—Y ella no sabe que el jurado que la va a calificar hoy es el mismo que la hundió.

—No lo sabe —dije—. Todavía.

—¿Y piensas decírselo?

—Hoy —dije, y la palabra me salió entera, como la había ensayado toda la noche—. Hoy se lo digo. Después de la final.

—¿Y si gana? —preguntó Salvador, con la misma pregunta de Memo, con la misma pregunta que me perseguía—. ¿Y si gana y se entera de que el premio se lo consiguió el hombre que la hundió?

—Entonces —dije—, espero que el premio le alcance para perdonarme. O que le alcance para odiarme con la panza llena.

Salvador sacudió la cabeza, despacio, y se volvió a su libreta.

—Eres un caso, Emiliano —dijo—. Un caso clínico. Pero te voy a decir una cosa: esa mujer no se ve como una mujer hundida. Mírala. Se ve como una mujer que está donde tiene que estar.

Y miré, y era verdad. Marisol, detrás de su plancha, con el paliacate rojo y el mandil manchado, no se veía hundida.

Se veía entera. Se veía en su casa, aunque la casa fuera una lona en una alameda.

Se veía como la reina de su propio desmadre, la misma que yo había visto en la feria, la misma que me servía tacos a las once de la noche, la misma que me había hecho creer que yo podía ser mejor de lo que era.

Y yo, desde el templete del jurado, con la tarjetita en la mesa, supe que ese día iba a pasar algo que no se podía deshacer.

A la una menos cuarto, la organizadora se acercó al puesto de la lona roja y le dijo algo a Marisol.

La vi asentir, la vi servir un taco en un plato de los buenos, la vi ponerle la salsa con un cuidado de esos que no se ensayan.

Y vi a la organizadora caminar hacia el templete, con el plato en la mano, hacia la mesa del jurado.

—El taco de la Doctora, señores —dijo la organizadora, dejando el plato en el centro de la mesa—. Para los tacos para enamorar.

Y el plato quedó enfrente de mí.

El taco de ella. El que hizo para enamorar. El que yo le había pedido al universo sin saberlo, y que ahora estaba ahí, caliente, a un palmo de mis manos, con el humo subiendo y el olor a suadero y a salsa y a todo lo que yo conocía de memoria.

Los otros jurados lo probaron. La crítica del diario nacional, que cerró los ojos y murmuró algo que no alcancé a oír. El chef de la Roma, que asintió, sorprendido. Salvador, que me miró un momento, y luego probó, y luego dijo, bajito:

—Es el mejor taco que he probado en años, Emiliano. Y tú lo sabes.

Y me tocó a mí.

Tomé el taco con las manos temblando. Lo llevé a la boca. Y en el momento en que el sabor me llenó, con el suadero en su punto y la salsa exacta y la tortilla caliente, se me cayeron todas las paredes.

Ese taco sabía a perdón. Sabía a las once de la noche. Sabía a la banqueta, a la mesa del rincón, a las alcatraces, al karaoke. Sabía a ella. Sabía a todo lo que yo había destruido y a todo lo que ella había vuelto a construir, sola, sin mí, sin saber que yo existía.

Me quedé con el taco a medio comer, con los ojos llenos y el corazón a mil, y supe que ya no podía esperar a la noche.

—¿Señor Rivas? —dijo la organizadora—. ¿Su veredicto?

—Es el mejor taco de mi vida —dije, y la voz me salió ronca, de esas voces que no mienten—. Y lo dice el hombre que menos derecho tiene a opinar de ella.

Salvador me vio. La crítica me vio. El chef me vio. Y yo, con el sabor de ella todavía en la boca, supe que la mentira se me estaba acabando.

Faltaban horas para la confesión. Pero esa tarde, en el templete del jurado, con el taco de ella en la mesa, ya me había rendido.