Capítulo 37 — La final
El sábado, la alameda amaneció vestida de fiesta, y yo, detrás de mi puesto, con la plancha nueva y el corazón a mil, no sabía si reírme o llorar.
Había llegado a las seis de la mañana, con el paliacate rojo bien puesto y el mandil de los días grandes.
Había acomodado la plancha nueva, el cucharón, la caja de tortillas, la salsa en sus botes, el suadero en su hielera.
Había hecho todo eso con las manos temblando, porque la final era hoy, porque todo lo que había trabajado se jugaba en dos horas, y porque, en el fondo, ya no sabía si estaba temblando por el concurso o por otra cosa.
Por la promesa de la víspera. Por el "mañana te digo todo" que me había dejado la noche sin dormir. Por el señor de las once, que me había mirado en la banqueta como quien se despide de algo, y que hoy, según él, me iba a decir quién era.
—¡Ya llegó el barrio! —gritó Luz, que llegó con una caja de tortillas en la cabeza y la sonrisa de los días grandes—. ¡Aguas, concurso, que llegó la Doctora!
Y el barrio llegó. Llegó entero, con Don Beto al frente, con su camisa de los domingos y su caja de jitomates como si fuera un trofeo.
Llegó Doña Meche con un ramo de flores "para la finalista", aunque los ramos de Doña Meche siempre salían de su propio jardín y olían a casa, a tierra y a geranio.
Llegó la señora del jugos, que nunca salía de su esquina, y el carnicero, y el de la tienda, y medio barrio de la Doctores, que se instaló enfrente de mi puesto como quien va a ver una final de box.
Y al fondo, entre toda esa gente, llegó mi abuela.
No me lo dijo. No me abrazó ni me dio una instrucción. Se sentó en su banquito —que mandó traer, porque donde va la abuela va el banquito—, sacó su quinto de tejido, y se puso a tejer, como si estuviera en la banqueta de la taquería y no en una final de concurso.
—Abuela —le dije, acercándome—. ¿Usted cree que…?
—No te digo nada —dijo ella, sin levantar la vista del tejido—. Nomás vine a ver.
—¿Y si pierdo?
—Pues pierdes —dijo mi abuela—. Y ya. Mañana abres la taquería y sigues. Eso es lo bueno de tener un lugar: los concursos pasan, el lugar se queda.
Me quedé viéndola un momento, con el nudo que se me había hecho en la garganta, y pensé que mi abuela, con su banquito y su tejido, era la persona más valiente que conocía. Y que quería ser como ella cuando creciera.
A las diez, el concurso arrancó. Los tres finalistas: la taquería de la Roma, con su puesto de neón y sus cocineros de uniforme; la de Coyoacán, con su estandarte bordado; y yo, la Doctora, con mi lona roja y mi letrero pintado a mano y mi plancha que olía a casa.
El jurado estaba al fondo, en un templete con mantel blanco, con sus tarjetitas y sus botellas de agua.
No los veía bien desde mi puesto: veía siluetas, veía trajes, veía a la gente del concurso caminando entre los puestos con sus portapapeles.
No sabía —todavía no— que entre esas siluetas estaba él.
Me puse a cocinar.
Y en el momento en que la plancha nueva empezó a cantar, se me quitó el miedo.
Porque la plancha no sabía de concursos: sabía de fuego, de carne, de sal.
Sabía lo que yo sabía hacer. Y yo, con el cucharón en la mano, con el suadero dorándose en su punto, con la salsa esperando en sus botes, era otra vez la Marisol de la taquería, la de la esquina de Dr. Balmis, la que curaba crudas y penas y corazones rotos con un taco bien hecho.
—¿Ya viste? —gritó Luz, desde enfrente del puesto, con los brazos en alto—. ¡Hasta pusieron su nombre en la lona grande! ¡"La Doctora"! ¡En grande! ¡Prima, tu nombre está en la lona grande!
Y era verdad. La lona principal del concurso, la que colgaba sobre el templete del jurado, decía: "LA DOCTORA — TACOS QUE CURAN". Y yo, viendo mi nombre —mi letrero, mi lona, mi taquería— en la lona principal de un concurso de ciudad, sentí que el año entero se me subía a la garganta.
—Ya vimos —dijo la señora del jugos, que se había instalado al lado con su hielera—. Ya vimos que la Doctora anda en grande, mija. Y nosotras también.
El tema de la final era tacos para enamorar.
La organizadora había pasado por los tres puestos a explicarlo: el taco de cada finalista tenía que contar una historia de amor, y el jurado iba a calificar no nomás el sabor, sino la historia.
La taquería de la Roma había hecho su taco con foie gras y trufa y un nombre francés que nadie podía pronunciar.
La de Coyoacán había armado un taco con mole de su familia, con una historia de tres generaciones.
Y yo, la Doctora, con mi suadero y mi salsa, iba a contar la mía.
—¿Y cuál es su historia, señora? —me había preguntado la organizadora esa mañana, con su portapapeles—. ¿Su taco tiene que contar una historia de amor. Cuál es su historia?
—La mía —dije—. Mi taco va a contar mi historia.
Y mientras cocinaba, con el barrio enfrente y los corazones rotos en la transmisión, pensé en mi historia.
En la reseña que me hundió. En el año de capa caída.
En la noche que llegó un hombre misterioso a pedir suadero, y se quedó, y me hizo reír, y me mandó alcatraces, y me inscribió a un concurso que yo no pedí, y me prometió decirme la verdad.
En el señor de las once, que me había enseñado que el amor, el de a deveras, no llega con nombre: llega a las once de la noche, se sienta en la mesa del rincón y pide lo mismo todas las noches.
Mi taco iba a ser para él.
Sin que él lo supiera. Sin que yo le hubiera dicho nunca que era para él. Sin que yo supiera —todavía no— que él estaba ahí, al fondo, en el templete del jurado, viéndome cocinar.
Y a la una menos cuarto, cuando la organizadora se acercó a mi puesto con su portapapeles y me dijo que el jurado quería probar el taco de la Doctora, yo no imaginaba que el jurado que lo iba a probar era el hombre al que se lo estaba haciendo.
—¿El taco para enamorar? —pregunté.
—El taco para enamorar —dijo ella.
Y yo, con las manos seguras y el pecho apretado, armé el taco.
Le puse la carne en su punto. Le puse la salsa, la del secreto.
Le puse la cebolla y el cilantro, como siempre, como todas las noches.
Y mientras lo armaba, con el barrio callado enfrente y los corazones rotos esperando en la transmisión, le hablé bajito, sin mirar a nadie:
—Es para usted —dije—. Dondequiera que esté.
Y serví mi mejor taco, sin saberlo, al hombre que me había hundido.