Capítulo 36 — El día del amor
El sábado, Emiliano Rivas se despertó con el discurso de confesión en la mesa de noche y el corazón en la garganta.
No había dormido bien. Había dormido a ratos, con el papel en la mano, repasando las frases, cambiándolas, tachándolas, volviéndolas a escribir.
El discurso había tenido once versiones en una noche, como los tacos de ella, y ninguna le había parecido suficiente, porque ninguna frase alcanzaba para decir todo lo que le debía.
Se levantó a las seis, cuando la ciudad todavía estaba gris, y se quedó un rato en la ventana, viendo las luces de la alameda encenderse a lo lejos, pensando que en unas horas, en ese mismo lugar, ella iba a estar cocinando el taco más importante de su vida.
Y que él iba a estar ahí. Y que después, pase lo que pase, iba a tener que decirle la verdad.
En la cocina, se hizo un café y no se lo tomó.
Se quedó con la taza en la mano, viendo el vapor, pensando en las once versiones del discurso, en las frases tachadas, en las que no alcanzaban.
Había escrito cosas como "te quiero desde la primera noche" y "no sabía que te estaba buscando" y "soy el hombre que te hundió y el que te levantó, y no sé cuál de los dos te va a doler más".
Ninguna servía. Todas eran verdad, y ninguna era suficiente.
—¿Ya te levantaste? —dijo Memo por teléfono, a las siete, con esa voz suya de los días importantes—. ¿Dormiste algo?
—Poco —dije.
—¿Y el discurso?
—Está listo —dije, y la frase me sonó a mentira, porque un discurso para decir "te hundí, te levanté y te quiero" no se termina nunca, nomás se abandona—. Lo mejor que pude.
—Escúchame, Emiliano —dijo Memo, y su voz cambió, se puso seria, de las que no admiten broma—. Hoy es el día. Hoy se acaba la mentira o se acaba todo. No hay punto medio. Tú decides cuál de las dos cosas va a pasar.
Me quedé callado, con el teléfono en la mano, mirando el discurso en la mesa, con las once versiones y las tachaduras y las frases que no alcanzaban.
—Se acaba la mentira —dije.
—¿Estás seguro?
—Nunca he estado más seguro de nada —dije, y por primera vez en semanas, la frase me salió sin ensayar, sin pesar, como las cosas que se dicen de verdad—. Se acaba la mentira. Hoy se acaba.
—Pues entonces —dijo Memo—, vístete bien, llévate el discurso, y ve a decirle la verdad a esa mujer antes de que el concurso se la lleve.
Porque si gana y no se lo dices, te va a odiar.
Y si pierde y no se lo dices, te va a odiar igual.
La verdad no tiene horario bueno, carnal. Pero la mentira, la tuya, ya se oritó.
Colgó, y yo me quedé en el departamento, con el teléfono en la mano y el discurso en la mesa, pensando en sus palabras.
La mentira ya se había oritado, y yo, que me ganaba la vida probando sabores, no había querido probarla.
Era la frase de la abuela, la del banquito, la que me había mirado como quien mira un abismo.
Y ahora Memo, sin saberlo, me decía lo mismo: la mentira ya se oritó.
Me vestí con calma. Camisa blanca, la de los días importantes, la que no me ponía desde el especial de la doctora.
Me miré al espejo un momento, y pensé que el tipo del espejo era el mismo que había escrito la reseña, el mismo que había firmado con una sola letra, el mismo que había hundido a una mujer que no conocía.
Y que hoy, ese tipo iba a conocerla de frente.
En el bolsillo del saco, junto al discurso, llevaba también la llave de la taquería.
No sé por qué la llevaba. No la necesitaba para nada.
Pero la había guardado la noche en que ella me dejó ayudar a cerrar, y desde entonces la cargaba como se carga un amuleto, como si esa llave fuera el único pedazo de su mundo que me pertenecía de verdad.
La toqué un momento, con el dedo, y pensé que hoy, después de la final, esa llave iba a tener que volver a su dueña. Con todo lo demás.
Antes de doblarlo, lo leí una vez más, en voz baja, para mí mismo, la versión que había quedado, la once:
“Marisol. Soy el hombre que te hundió. Soy el que escribió esa reseña, el que firmó con una sola letra y te dejó de capa caída nueve meses enteros. Soy el que te inscribió al concurso por la espalda. Soy el de la plancha sin nombre y el de las alcatraces sin firma. Y soy el que se enamoró de ti en una mesa del rincón, sin decirte quién era, noche tras noche, taco tras taco. No te pido que me perdones. Te pido que me escuches. Y si después de escucharme me quieres lejos, me voy. Pero ya no te voy a mentir nunca más.”
Me supo a verdad, y me dio miedo, porque era la primera verdad que me sabía tan bien y tan mal al mismo tiempo.
Tomé el discurso. Lo doblé, lo metí al bolsillo del saco, y me quedé un momento parado en la puerta, con la mano en la chapa, pensando en ella.
En cómo me miraba cuando yo no la miraba.
En cómo se reía con los ojos cerrados. En cómo me había dicho, la noche anterior, sin saberlo, que estaba cocinando para alguien.
—Cocinar para alguien es decirle te quiero sin decirlo —me dije en voz baja, y me supo a ella.
Y abrí la puerta, y salí a la calle, con el discurso en el bolsillo y el corazón latiéndome fuerte, caminando hacia la alameda, hacia la final, hacia la verdad.
La ciudad olía a San Valentín: a globos, a flores, a gente corriendo a comprar el regalo de último minuto.
En la esquina, un puesto vendía peluches con corazones, y una señora le compraba uno a su niño, y el niño lo apretaba contra el pecho como si fuera un tesoro.
Yo los vi pasar y pensé que el amor, el de verdad, no se compraba en los puestos de la esquina.
Se cocinaba. Se servía caliente. Se decía a tiempo.
En el camino, me crucé con una taquería de la Roma, con su letrero de neón y su fila de gente con ropa de domingo.
Me quedé un momento viéndola, y pensé que la taquería de ella no tenía neón, ni fila de gente con ropa de domingo.
Tenía una cortina pintada a mano, un letrero que decía que ahí se cura, y una fila de gente del barrio, con mandil y con prisa, que la quería de verdad.
Y que yo, sin darme cuenta, había ayudado a que esa fila volviera.
Pensé en el letrero, en las letras pintadas a mano, en el "AQUÍ SE CURA" que le había parecido cursi la primera vez que lo vi, y que ahora me sabía a verdad. Porque esa taquería sí curaba. Me había curado a mí, sin saberlo, noche a noche, taco a taco, sin que yo le dijera quién era.
Y hoy, después de la final, yo le iba a decir quién era. Aunque con eso se le curara el encanto de las once de la noche.
—Hoy se acaba —me dije, apretando el paso, viendo ya las lonas de la alameda a lo lejos—. Hoy se acaba la mentira.
Vi la lona roja de su puesto, allá al fondo, con la plancha ya encendida y el humo subiendo. Y por un momento, un momento nada más, quise cruzar la alameda corriendo, llegar antes de que el concurso empezara, tomarle las manos y decírselo todo, antes de que el miedo me ganara.
No pude. Me quedé parado en la esquina, con el discurso en el bolsillo y el corazón en la garganta, viéndola cocinar desde lejos.
Porque tenía miedo. Porque la verdad, la que llevaba once versiones, pesaba más que todas las mentiras juntas.
Y porque, en el fondo, sabía que el momento de decirla no era ese: era después de la final, cuando ella hubiera ganado o perdido, cuando ya no hubiera nada más que proteger.
—Después de la final —me dije, y la frase me sonó a excusa, pero era la única que me dejaba seguir caminando—. Después.
Y no supe —todavía no— que tenía razón, pero no como yo creía.
No supe que la mentira se iba a acabar, sí, pero que con ella se iba a acabar también todo lo que habíamos construido en esas noches, en la mesa del rincón, en la banqueta, en las once de la noche.
No supe que la verdad, la que llevaba en el bolsillo, iba a llegar tarde.
Porque en la alameda, a esa hora, Marisol ya estaba encendiendo su plancha.
Y el día más importante de su vida, el de la final, el del taco para enamorar, el del premio de 200 mil pesos, estaba a punto de empezar.