Capítulo 49 — El que no se va
El domingo por la mañana, Emiliano Rivas se paró enfrente de la taquería La Doctora y no se fue.
Sabía que estaba cerrada. La Doctora cerraba los domingos, como cerraba desde que la abuela la fundó, como cerraba el mundo entero para ella, que era su único día de descanso.
Lo sabía, y fue de todas formas, porque desde el sábado —desde el destape, desde el "usted no sabe quién soy yo", desde que la vi caminar entre el barrio callado sin darse la vuelta— yo no sabía hacer otra cosa que venir a pararme enfrente de su puerta.
La cortina de colores estaba bajada. El letrero de "AQUÍ SE CURA" estaba apagado.
No había luz arriba —en el departamento donde ella vivía con la abuela—, pero yo sabía que estaba ahí, porque se sentía, porque la taquería entera la respiraba, porque yo había aprendido a leer esa casa como se lee una receta: por el olor.
Me quedé parado en la banqueta, con las manos en los bolsillos y la culpa en el pecho, sin saber qué hacer conmigo.
No había traído flores. No había traído discurso —lo había tirado a una caja de tortillas vacía, y era lo mejor que había hecho en semanas.
No había traído nada, nomás la verdad, que ya no servía de nada porque ya la había dicho.
—¿Y tú qué haces aquí, cabrón?
Don Beto. Apareció de la esquina, con su caja de jitomates y su camisa de los domingos, y se quedó parado a mi lado, viendo la taquería cerrada, sin mirarme.
—Vine a ver si… —empecé, y no supe cómo terminar.
—¿Si qué? —dijo Don Beto—. ¿Si te perdonó? ¿Si la cortina se levantó sola? ¿Si el milagro de los jitomates te cayó encima mientras dormías?
—No sé —dije—. Nomás vine.
—Nomás viniste —repitió Don Beto, y se quedó un momento en silencio, viendo la cortina bajada, con esa calma de los que han visto de todo—.
Pues te voy a decir una cosa, crítico. El que critica y vuelve, o es muy valiente, o está muy enamorado.
Y tú, con esa cara de perro apaleado, no pareces valiente.
Me quedé callado, con la banqueta enfrente y la cortina bajada, sin saber cuál de las dos cosas era.
—¿Y usted qué cree que soy? —pregunté al fin, bajito.
—Yo no creo nada, joven —dijo Don Beto, y se encogió de hombros—.
Yo nomás vendo jitomates. Pero te voy a decir lo que veo: veo a un hombre parado enfrente de una taquería cerrada, en domingo, sin nada que venderle, sin nada que pedirle.
Y eso, en mi barrio, se llama estar enamorado, aunque el enamorado no sepa.
—¿Y si no me perdona?
—Pues entonces estás bien jodido —dijo Don Beto, con una franqueza que me llegó a los huesos—. Pero mírala desde aquí: estás parado, ¿no? No te fuiste. Eso ya es algo.
Y se fue, con su caja de jitomates, dejándome parado en la banqueta, enfrente de la taquería cerrada, sin saber qué hacer.
Arriba, en el departamento, se movió una cortina.
Apenas. Un movimiento chiquito, de tela, como si alguien la hubiera apartado con el dedo para mirar hacia abajo y la hubiera soltado de inmediato.
Me quedé viendo la ventana, con el corazón en la garganta, esperando que se moviera otra vez. No se movió.
—Ya sé que me viste —dije, en voz baja, para mí, para ella, para la ventana—. Ya sé que me viste. Y no me voy.
Y no me fui.
Me quedé parado en la banqueta, enfrente de la taquería cerrada, el domingo entero, desde que llegué hasta que el sol se puso.
El barrio pasó, me vio, y algunos se quedaron un momento, como quien ve una exhibición rara.
La señora del jugos me trajo un jugo verde "para el susto".
Doña Meche me vio y negó con la cabeza, pero me dejó un tamal envuelto en servilleta en la orilla de la banqueta, sin decir nada.
Y un muchacho que no conocía, de esos que andan en bici, frenó a mi lado y me dijo:
—¿Usted es el del programa, no? El que salió en el video de la final.
—Sí —dije, y no me escondí, porque ya no sabía hacerlo.
—Pues qué feo la hizo, jefe —dijo el muchacho, y me vio con una mezcla de lástima y de curiosidad—. Pero qué bonito que esté ahí, parado. Mi papá dice que el que espera afuera de una casa, es porque la casa le importa. ¿Le importa?
—Me importa —dije, y la verdad me salió sin pensarla, con el muchacho de la bici y el tamal de Doña Meche y el jugo verde en la mano—. Me importa más que nada.
—Pues entonces aguante —dijo el muchacho, y arrancó, y se perdió calle abajo, dejándome con la frase encima: aguante.
Y aguanté.
Arriba, la cortina no se volvió a mover.
No bajó. No salió. No me gritó que me fuera. No me mandó nada. Yo me quedé, y ella no bajó, y eso —que no bajara— fue lo más difícil de aguantar, porque significaba que me había visto y que todavía no quería verme.
Cuando el sol se puso, me fui. Caminé de vuelta a mi departamento, con el tamal de Doña Meche en la mano y el jugo verde en el estómago, pensando que Don Beto tenía razón: que el que critica y vuelve, o es muy valiente o está muy enamorado.
Y yo, que no era valiente, ya sabía cuál de las dos cosas era.
Esa noche, en mi departamento, me quedé un rato en la ventana, viendo la calle, pensando en ella.
En cómo me había mirado desde la plancha en la final, sin saber que yo era el del templete.
En cómo me había buscado entre el público sin encontrarme.
En cómo me había dicho, en la banqueta, la noche de la víspera, que si ganaba, me iba a deber una disculpa.
Y en cómo yo, en lugar de la disculpa, le había dado la verdad, y la verdad le había roto el corazón.
—Mañana —me dije, apagando la luz—. Mañana vuelvo.
Y volví.
El lunes, la taquería estaba abierta —la Doctora abría los lunes, como siempre, como si el destape no hubiera pasado, como si el sábado no hubiera existido—, y yo me quedé parado en la banqueta de enfrente, sin atreverme a cruzar.
La vi detrás de la plancha, con el paliacate rojo, sirviendo tacos.
La vi reírse con un cliente, y el corazón me dio un vuelco, y luego me di cuenta de que no me había visto, o de que me había visto y había decidido no mirarme, que era peor.
No crucé. Me quedé en la banqueta, viéndola trabajar, hasta que cerró.
Y al día siguiente volví.
Y al otro.
—Ya llegó el enamorado —decía Don Beto, cuando me veía llegar.
—Ya llegó el cabrón —decía Luz, con los ojos echando chispas.
Y yo me quedaba en la banqueta, sin cruzar, sin pedir nada, sin saber hacer otra cosa que estar. Porque lo único que había aprendido en años de crítico era a opinar de los demás. Y lo único que me faltaba aprender, lo único que valía la pena, era quedarme.