Capítulo 31 — La plancha
El viernes, la Doctora estrenó plancha, y la taquería entera brilló como no brillaba desde hacía años.
No es que la plancha vieja estuviera mala: estaba viva, como los animales viejos, con su carácter y sus mañas y su punto exacto en la esquina.
Pero la plancha nueva era otra cosa. Era acero de los buenos, de los que no se rajan, con un calor parejo que repartía el fuego como quien reparte pan.
Desde la primera tortilla, lo sentí: la masa se doraba parejo, el suadero se sellaba como debía, y la cocina entera olía a lo que olían las taquerías de las que hablan las crónicas.
—Prima —dijo Luz, parada enfrente de la plancha, con los brazos cruzados y los ojos brillantes—. Esto es como tener un carro nuevo. Le brillan hasta las manchas.
—Todavía no tiene manchas —dije, pasándole el trapo—. Cuidádmela.
—¿Y quién te la mandó? —preguntó Luz, bajando la voz, porque ya sabía que era tema—. ¿Nunca dijiste.
—No sé —dije—. La tarjeta no trae nombre. Nomás dice "regalo de cumpleaños adelantado".
—¿Y tú cuándo cumples años, prima?
—En agosto —dije.
Luz se quedó callada un momento. Luego me miró, con esa mirada suya que a veces ve de más, y dijo, bajito:
—Entonces no es regalo de cumpleaños, prima. Es regalo de otra cosa.
No le contesté. No podía, porque no sabía qué era: no sabía si era un admirador, o un milagro con dueño, o el universo que por fin se había acordado de nosotras.
Lo único que sabía era que la plancha nueva, la que me había llegado sin nombre, hacía que mi taquería se sintiera otra vez como la de antes.
Como la de las filas en la esquina. Como la de mi abuela en sus años buenos.
Y esa mañana, con la plancha nueva cantando bajo el cucharón, me sentí capaz de todo. De la final. Del premio. De la vida.
Hasta probé la primera tortilla de la plancha nueva, caliente, con su sal, y se me ocurrió que las tortillas saben distinto cuando las hace una plancha feliz. Y que la Doctora, después de ocho meses de capa caída, por fin tenía una plancha feliz.
El viernes fue un día largo y bueno: la fila no se acabó, el suadero voló, y hasta Don Beto vino a probar un taco "para ver si la plancha nueva era de a deveras".
Yo atendí como no atendía desde hacía meses, con el cuerpo encendido, con la risa fácil, con la certeza de que algo estaba cambiando, de que la Doctora estaba volviendo.
—¿Sabes qué me gusta de la plancha nueva? —me dijo Luz, cuando la fila por fin se acabó y nos quedamos las dos solas, con la cocina oliendo a taco bueno—. Que no tiene memoria.
—¿Memoria?
—La vieja tenía memoria —dijo Luz—. Se acordaba de los años malos, de las noches que cerramos sin vender nada, del día que llegó la reseña.
Se sentía, ¿sabes? Como si la plancha también estuviera triste.
Y esta —dijo, acariciando el acero nuevo—, esta no sabe nada.
Esta nomás está lista para lo que venga.
Me quedé viendo la plancha nueva, con la frase de Luz dándome vueltas en la cabeza, y pensé que ojalá yo fuera como ella.
Ojalá yo pudiera estrenar, olvidar los años malos, empezar de cero sin memoria.
Pero yo sí tenía memoria. Yo me acordaba de la reseña, del año de capa caída, de las noches que no cerraban las cuentas. Yo me acordaba de todo.
—Ojalá —dije, bajito—. Ojalá yo también pudiera estrenar.
—Tú no necesitas estrenar, prima —dijo Luz, y me puso la mano en el hombro—. Tú necesitas que alguien te vea como se ve esta plancha: lista para lo que venga. Y yo conozco a alguien que te ve así.
—¿Quién?
—El de las once —dijo Luz—. Ese te ve así. Y tú lo sabes.
Me quedé sin palabras, y Luz se fue a la cocina, con su risa y su sabiduría de barrio, y yo me quedé detrás de la plancha nueva, con el corazón haciendo un desmadre, pensando en él.
Y esa noche, con la taquería cerrada y el micrófono en la mano, no pude evitar contarlo.
—Buenas noches, corazones rotos —dije, y mi voz salió distinta, más ligera, como la de los días buenos—.
Hoy me pasó algo raro. Alguien, desde la sombra, me mandó un regalo sin nombre.
Una plancha nueva, de las buenas, de las que duran.
Y yo no sé quién fue, ni por qué, ni qué espera.
Pero les voy a decir una cosa: a veces el universo te manda una plancha nueva.
Justo cuando ya no podías más con la vieja.
Justo cuando estabas a punto de rendirte.
Hice una pausa. La taquería vacía me devolvió el silencio, y por un momento, por un momento nada más, me dieron ganas de decir más.
De decirles que la plancha me la había mandado alguien que me debía algo.
De decirles que sospechaba de un cliente misterioso que llegaba a las once.
De decirles que tenía miedo de descubrir quién era, porque si era quien yo pensaba, se me iba a caer todo.
No lo dije. No pude.
—Y recuerden: aquí se cura —dije, y apagué el micrófono.
Me quedé un rato en la taquería vacía, con la plancha nueva brillando bajo la luz, acariciándola con la punta de los dedos, pensando en el dueño del regalo.
Pensando en él. En el señor de las once, que había llegado esa noche con una cara que no supe leer, y que se había quedado más tiempo que nunca en la mesa del rincón, viéndome acariciar la plancha, sin decir nada.
—Mañana le pregunto —me dije, subiendo a mi departamento—. Mañana, sin rodeos, le pregunto si fue él.
Pero mañana no llegó. Llegó el ensayo, llegó la final, llegó todo lo demás. Y la pregunta, la que tenía que hacerle, se me fue quedando en el fondo, como se quedan las cosas que una no quiere oír.
· · ·
Esa misma noche, en su departamento, Emiliano escuchó el episodio.
Se quedó sentado en el sillón, con los audífonos puestos, oyendo su voz decir "a veces el universo te manda una plancha nueva", y sintió que se le hacía un nudo en la garganta, y que los ojos se le llenaban, y que no sabía si reírse o llorar.
Porque ella no sabía que la plancha era suya.
No sabía que el universo, esa vez, había tenido su nombre y su culpa y su recibo en la mano.
No sabía que la estaba bendiciendo sin saber a quién.
Y él, desde su sillón, con los audífonos puestos, era el único que sabía toda la historia: el que la hundió, el que la levantó, el que le mandó la plancha y el que la escuchaba agradecerla sin poder decirle que era él.
—Perdón —dijo Emiliano, en voz baja, en su departamento vacío, con los audífonos puestos y el episodio en pausa—. Perdón por no decirte quién soy.
Y se quedó mucho rato sentado, con la voz de ella todavía en los oídos, pensando que la final estaba a ocho días, y que después de la final todo iba a cambiar.
No sabía que iba a cambiar antes.