Capítulo 32 — El ensayo
La semana antes de la final fue una semana de veinte versiones del mismo taco.
—¿Y qué lleva un taco para enamorar? —le pregunté a Luz, que me vio probar la versión número seis, con el ceño fruncido y el cucharón en la mano.
—Pues amor, prima. ¿Qué más va a llevar?
—¿Y cómo se pone amor en un taco?
—Eso —dijo Luz, y me vio con esa mirada suya de sabia—, es lo que tienes que descubrir.
La versión uno fue un suadero clásico, con su salsa roja y su cebolla y su cilantro. Estaba bueno, pero no enamoraba: era el taco de siempre, el de todos los días, el que ya conocía todo el barrio.
La versión dos fue con queso. El tres, con frijoles refritos.
El cuatro, con piña, que me miró feo mi abuela desde su banquito y lo descalifiqué al instante.
El cinco, con dos salsas. El seis, con la salsa verde de la casa.
El siete, con tortilla recién hecha a mano.
El ocho, con el suadero bien doradito, como le gustaba a él.
Ahí me detuve. Porque la versión ocho, la del suadero bien doradito, era la de su taco. La del señor de las once, que llegaba todas las noches y pedía lo mismo, el mismo suadero, la misma coca, la misma mesa del rincón.
—¿Y por qué le pones tanto cuidado al de suadero? —preguntó Luz, que me vio dorar la carne con una paciencia que no le había visto en las otras versiones.
—Porque es la que mejor me sale —dije, y era verdad, y no era toda la verdad.
La versión nueve fue con más salsa. La diez, con menos. La once, con la tortilla más chica. La doce, con la carne en trozos más grandes. La trece, con un toque de comino, que me hizo toser. La catorce, con la cebolla caramelizada, que me miró feo mi abuela otra vez.
—¿Qué tiene la cebolla caramelizada? —le pregunté.
—Que es de restaurante —dijo mi abuela, con desprecio—. No de taquería.
—¿Y qué tiene de malo el restaurante, abuela?
—El restaurante te da la cuenta —dijo mi abuela, y siguió tejiendo—. La taquería te da la bendición. Y el que va a enamorar, no va a pedir la cuenta: va a pedir otra.
Me quedé callada, con el cucharón en la mano, con la frase de mi abuela dándome vueltas en la cabeza.
El que va a enamorar, va a pedir otra. Y yo, probando mis veinte versiones, me di cuenta de que ninguna de las que había hecho hasta entonces era para pedir otra: eran para terminar el plato. Para llenar. Para cumplir.
La quince, la dieciséis, la diecisiete. Cada versión me acercaba y me alejaba al mismo tiempo. El taco para enamorar no aparecía, y yo, que había pasado la vida entera convencida de que mi suadero era el mejor de la ciudad, empecé a dudar de todo.
—Abuela —dije el lunes por la noche, con la cocina llena de platitos de prueba y el cansancio encima—. ¿Cómo se hace un taco para enamorar?
Mi abuela no contestó de inmediato. Siguió tejiendo un rato, con esa calma suya, y luego dijo, sin mirarme:
—¿Y tú para quién estás cocinando?
—Para el concurso —dije.
—No —dijo mi abuela—. Para el concurso cocinas para ganar. Eso es otra cosa. Yo te pregunto para quién estás cocinando. Porque desde hace una semana, mija, tú no estás cocinando para el concurso.
Me quedé helada, con el cucharón en la mano.
—¿Y para quién estoy cocinando, abuela?
Mi abuela dejó el tejido un momento. Me miró, con esa mirada suya que lo veía todo, y dijo:
—Estás cocinando para alguien. Para alguien que no está aquí. Para alguien que llega a las once de la noche y se sienta en la mesa del rincón y pide su suadero bien doradito. Para ese, mija. Tú estás cocinando para ese.
Se me cayó el cucharón.
—Abuela, yo no… yo no estoy…
—No digo que lo sepas —dijo mi abuela, y volvió a su tejido—. Digo que lo estás haciendo. Y está bien. El que cocina para alguien, cocina distinto. Le sale mejor. Porque le pone a la comida lo que le pone a la mirada cuando cree que nadie lo ve.
Me quedé sin palabras, parada en medio de la cocina, con los veinte platitos de prueba alrededor, con la frase de mi abuela dándome vueltas en la cabeza.
Estás cocinando para alguien. Y yo, que había estado una semana entera probando versiones, que había estado una semana entera buscando el taco perfecto, me di cuenta de que mi abuela tenía razón: no había probado veinte versiones de un taco para enamorar.
Había probado veinte versiones del taco de él.
Esa noche, cuando el señor de las once llegó a su hora de siempre, yo estaba detrás de la plancha nueva, con el paliacate rojo y el mandil manchado, y le serví su suadero bien doradito, con su salsa y su coca, como todas las noches.
Y él lo probó, y se quedó un momento en silencio, y luego dijo, con esa seriedad suya:
—Está distinto.
—¿Distinto bueno o distinto malo? —pregunté, con el corazón en la garganta.
—Distinto —dijo él, y me miró con esos ojos que lo veían todo—. Como si le hubiera puesto más cuidado. Como si estuviera cocinando para alguien.
Se me hizo un nudo en la garganta. Porque él lo había dicho, sin saberlo, con las mismas palabras de mi abuela. Porque los dos, desde orillas distintas, habían visto lo mismo: que yo estaba cocinando para alguien.
—Estoy ensayando —dije, y mi voz salió rara—. Para la final. El tema es tacos para enamorar.
—¿Y ya lo encontraste? —preguntó él—. El taco, digo.
—Todavía no —dije—. Pero ya sé para quién lo estoy haciendo.
—¿Y quién es? —preguntó él, y la pregunta le salió sin pensarla, y yo lo vi quedarse quieto, como si él mismo se hubiera sorprendido de haberla hecho.
—Alguien que llega todas las noches a las once —dije, y mi voz salió bajita, y no lo miré, porque si lo miraba, se me iba a notar todo—. Alguien que se sienta siempre en la misma mesa. Alguien que pide lo mismo, el suadero bien doradito, y que me mira como si yo fuera el plato principal.
La taquería se quedó en silencio. Un silencio largo, de los que pesan, de los que se pueden cortar con el cucharón.
—¿Y él sabe? —preguntó él al fin, con una voz que no le conocía, una voz chiquita, como la de los que tienen miedo de la respuesta—. ¿Sabe que usted está cocinando para él?
—No —dije—. Todavía no. Pero mañana, o pasado, le voy a decir. Cuando ya no tenga miedo.
—¿Y cuándo va a dejar de tener miedo? —preguntó él.
—Cuando me diga quién es —dije, y por fin lo miré—. Cuando me diga su nombre. Cuando deje de ser el señor de las once y sea él. Ahí se me va a quitar el miedo.
Él me vio un momento largo. Largo de a deveras. Y luego bajó los ojos al taco, y dijo, bajito, con una voz que no le conocía:
—Pues esa persona no sabe la suerte que tiene.
Y se comió su taco, y yo me quedé detrás de la plancha, con el corazón haciendo un desmadre que no tenía nombre, pensando que el taco para enamorar no estaba en las veinte versiones.
Estaba en eso. En él. En las once de la noche. En la mesa del rincón. En la manera en que me miraba cuando creía que yo no lo veía.