Tacos de desamor Capítulo 30 — La final se acerca
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Capítulo 30 — La final se acerca

El jueves, le compré una plancha a la mujer que no sabía que yo existía.

No fue una decisión de un día. Fue la culpa, que venía creciendo desde el martes, desde la noche en que su abuela me miró desde su banquito como quien mira un abismo y me soltó su sentencia de las que no se olvidan.

Fue la culpa, que me despertaba a las tres de la mañana con la frase de la vieja en la cabeza, con la cara de Marisol cuando me preguntó lo del concurso, con el "se lo juro" que me salió tan rápido que hasta yo me lo creí.

Fue la culpa, y fue la manera que encontré de callarla un rato: una plancha nueva.

La suya tenía cuarenta años. La había visto todas las noches, con su acero gastado, con el punto de siempre, con la mancha de la esquina que ya no salía ni con piedra pómez.

Marisol la cuidaba como se cuida a un animal viejo: con cariño, con paciencia, con la certeza de que un día se iba a morir y no había dinero para otra.

Y yo, que le había quitado tanto, podía al menos devolverle eso: una plancha de acero, de las buenas, de las que duran otros cuarenta años.

La compré el jueves por la mañana, en la tienda de equipo de la Merced, la que usan los restaurantes de verdad.

El señor de la tienda me vio llegar con traje y me preguntó si era para un restaurante, y yo le dije que sí, que era para una taquería, y él me preguntó el nombre, y yo le dije que el nombre no importaba, que era un regalo.

Y él me vio un momento, con esa cara de los que han visto de todo, y dijo que los regalos de plancha eran raros, y que solo se los regalaban a la gente que cocinaba de a deveras.

—Es para alguien que cocina de verdad —dije—. Y que no sabe que se lo regalo.

El señor no dijo nada más. Me cobró, me ayudó a cargar la plancha a la camioneta de reparto, y me dio una tarjeta para escribir la dedicatoria. Yo la tomé, la sostuve un momento, y luego la dejé en blanco, porque no podía firmar con mi nombre, y no quería firmar con una mentira.

—¿Y por qué no le pone su nombre? —me preguntó el señor, que no se callaba nada—. Si es un regalo, se firma. Eso es lo que distingue a un regalo de una deuda.

Me quedé viendo la tarjeta en blanco, y por un momento, por un momento nada más, tuve la tentación de escribir mi nombre.

De escribir "Emiliano Rivas" y dejar que el destino hiciera lo suyo: que ella viera el nombre, que lo buscara, que lo conectara con la reseña, que supiera todo de un golpe, sin esperar a la final.

No pude.

—Porque si lo firmo —dije, y la voz me salió chueca—, se entera de quién soy. Y todavía no estoy listo para que se entere.

El señor me vio un momento, con esa cara de los que han visto de todo, y dijo, nomás:

—Pues apúrele, joven. Porque los regalos sin nombre, cuando el nombre sale, se sienten como mentiras. Y las mentiras, aunque vengan envueltas en papel de regalo, huelen a mentira.

—Póngale nomás "regalo de cumpleaños adelantado" —le dije al repartidor—. Sin nombre. Sin nada más.

—¿Y si preguntan quién la mandó? —me dijo el repartidor.

—Va a preguntar —dije—. Pero no le va a contestar nadie.

La plancha salió a la colonia Doctores esa misma tarde.

Yo me quedé en mi departamento, con el recibo en la mano, viendo la cifra, pensando que era la cantidad más grande que había gastado en alguien en años, y que no se la podía dar de frente.

Que mi regalo, como mi amor, como mi culpa, tenía que llegar sin nombre, porque si llegaba con nombre, se caía todo.

—Qué bonito, Emiliano —me dije, en voz baja, en mi departamento vacío—. Le regalas una plancha a escondidas, como le regalaste alcatraces a escondidas, como la inscribiste al concurso a escondidas. Todo lo tuyo llega a escondidas.

Y me quedé viendo el techo, con el recibo en la mano, pensando que Memo tenía razón: la verdad no tenía buen momento. Pero la mentira tenía fecha de caducidad, y la mía ya se estaba poniendo vieja.

Esa noche, a las once, fui a la taquería.

No debía. Debía quedarme en mi departamento, con la culpa, esperando a que la final pasara. Pero no pude quedarme, porque necesitaba verla, necesitaba ver si la plancha le había llegado, necesitaba ver su cara cuando la viera.

La encontré detrás de la plancha nueva.

La plancha nueva brillaba en medio de la taquería, enorme, de acero, con su tapa reluciente y su mancha de nada. Y Marisol estaba parada enfrente, con los brazos cruzados, viéndola como quien ve un animal que no sabe si acariciar o correr.

—¿Y esa plancha? —pregunté, sentándome en la mesa del rincón, con una voz que ensayé para que sonara casual.

—Apareció —dijo ella, sin mirarme—. Llegó esta tarde, en una camioneta de reparto, con una tarjeta que dice "regalo de cumpleaños adelantado". Sin nombre. Sin remitente. Sin nada.

—¿Y quién cree que la mandó?

—No sé —dijo ella, y por fin me miró, y en sus ojos había algo que no supe leer, algo que me llegó hasta los huesos—.

Primero la reseña de Salvador Ortega. Después el concurso.

Ahora una plancha nueva de las caras. Todo llega sin nombre, señor de las once.

Todo llega como si alguien me estuviera pagando algo.

Se me cayó el corazón a los pies. Se me cayó, y lo recogí, y seguí sonriendo.

—A lo mejor es un admirador —dije—. De los que mandan alcatraces.

—A lo mejor —dijo ella, y se quedó viendo la plancha un momento, y luego dijo, bajito, casi para sí misma—. O a lo mejor es alguien que me debe algo. Y que no tiene valor para decírmelo de frente.

Me quedé sin aire, sentado en la mesa del rincón, con mi suadero y mi mentira, viéndola acariciar la plancha nueva con la punta de los dedos, sin saber que era mía, sin imaginar que yo la había comprado con la culpa, sin tener idea de que esa plancha era mi manera de decir "perdón" sin tener los huevos de decirlo.

—Va a ser una buena plancha —dije al fin, con una voz que me salió de donde pude—. De las que duran.

—Sí —dijo ella, y por primera vez en toda la noche le salió una sonrisa, pequeña, cansada, pero sonrisa al fin—. Ojalá que sí.

—¿Y ya tiene nombre? —pregunté, sin saber por qué lo pregunté—. La plancha, digo.

—¿Nombre? —dijo ella, y se rio—. Las planchas no tienen nombre, señor de las once. Tienen historia. Y esta —dijo, pasándole la mano al acero nuevo—, esta apenas va a empezar a hacer la suya. Mañana, en la final.

—Pues que mañana sea una buena historia —dije, y la frase me salió de donde pude, con el nudo en la garganta.

—Ojalá —dijo ella—. Ojalá que mañana sea de las que se cuentan.

Y esa noche, de vuelta en mi departamento, con el recibo en la mano y la culpa a tope, pensé que la plancha era el regalo más caro que había hecho en mi vida. Y que no valía nada comparado con lo que le debía.