Capítulo 29 — El radar
El martes, le pregunté directo.
No fue una decisión de un día: fue una semana entera dándole vueltas, desde la carta color crema hasta la final, pasando por los votos de los corazones rotos y por la frase de mi abuela, la de los milagros con dueño.
Una semana entera mirando al señor de las once desde la plancha, viéndolo llegar a las once en punto, comerse su suadero, quedarse un rato de más en la mesa del rincón, y pensando que tenía una manera rara de aparecerse justo cuando algo bueno me pasaba.
Así que el martes, cuando la taquería se vació y él se quedó solo en su mesa, con el suadero a medio comer, me limpié las manos en el mandil y me senté enfrente de él, por primera vez en todas esas noches.
—Necesito preguntarle algo —dije—. Y necesito que me diga la verdad.
Él levantó la vista del taco. Me vio un momento, con esos ojos que todo lo veían, y luego dijo, con una voz que se le había quedado rara:
—Pregunte.
—¿Usted tiene algo que ver con el concurso?
Se quedó muy quieto. Vi cómo se le detenía la mano a medio camino, con el taco en el aire, y cómo le costaba un segundo —un segundo largo— volver a ponerlo en el plato.
—¿Con el concurso? —repitió, como si la palabra le quedara grande.
—Con Sabor de barrio —dije—. Con la carta que llegó. Con los votos. Con todo esto que me está pasando y que yo no pedí. ¿Usted tiene algo que ver?
—No —dijo él.
Lo dijo rápido. Demasiado rápido. Lo dijo con la voz entera, mirándome a los ojos, y por un momento, por un momento nada más, quise creerle.
—¿Está seguro? —pregunté, y mi voz salió bajita—.
Porque usted sabe cosas que no debería saber.
Porque me mandó alcatraces sin firmar. Porque cuando le hablé de los milagros, se puso nervioso.
Porque el día de la reseña de Salvador Ortega, usted llegó con el pelo revuelto y no me preguntó cómo estaba.
—Eso no tiene que ver con el concurso —dijo él, y su voz sonó más firme de lo que debía, como la de los que ensayan respuestas—. Las alcatraces fueron un regalo. La reseña de Salvador Ortega fue del crítico. Yo no tengo nada que ver con ninguna de las dos.
—¿Y con qué tiene que ver usted, entonces? —pregunté, y la pregunta me salió sin pensarla, y él se quedó callado, y yo también, y en la taquería vacía se hizo un silencio largo, de los que pesan.
—Con nada —dijo él al fin, bajito—. No tengo que ver con nada. Nomás vengo a comer tacos.
—¿Y por qué viene todas las noches?
—Porque… —empezó, y se detuvo, y yo lo vi tragar saliva, y por un momento, por un momento nada más, vi en sus ojos algo que no supe nombrar, algo que se parecía a la rendición—. Porque es lo único que hago bien. Venir aquí. Comer sus tacos. Verla trabajar.
Me quedé sin palabras, parada enfrente de la mesa, con el corazón haciendo un desmadre que no tenía nombre.
—Eso no es tener que ver con nada —dije al fin, bajito—. Eso es tener que ver conmigo.
Y me di la vuelta, y volví a la plancha, con las manos temblando, sin saber qué acababa de pasar, sin saber si había ganado algo o lo había perdido todo.
Cuando él se levantó para irse, pasó lo que tenía que pasar.
Mi abuela estaba en su banquito, como siempre, con su quinto de tejido, sin mirar a nadie.
Llevaba semanas sin decirle una sola palabra al señor de las once, como se lo decía a todos los que no eran del barrio: nada.
Pero esa noche, cuando él pasó por enfrente de ella, mi abuela levantó la vista del tejido, lo miró por primera vez, y dijo, con esa voz suya que no admite discusión:
—La mentira se orita, mijo.
Él se detuvo en seco, como si le hubieran puesto un pie enfrente.
—¿Cómo dice, señora?
—La mentira se orita —repitió mi abuela, y volvió a su tejido, como si no hubiera dicho nada importante—. Se agria, se pone fea, y al final se le sale el sabor a cualquiera que la pruebe. Usted, que sabe de sabores, me va a entender.
Él se quedó parado en medio de la taquería, con la mano en la puerta, mirando a mi abuela como quien mira un abismo. Yo, desde la plancha, lo vi quedarse sin color, vi cómo le temblaba la mano en la cortina, vi cómo abría la boca y no le salía nada.
—Yo… —dijo él, y se le quebró la voz, y por un momento, por un momento nada más, lo vi como lo que era: un hombre parado en medio de una taquería, con una mentira encima que ya no le cabía en el pecho—. Yo no…
—No me diga nada, mijo —dijo mi abuela, sin mirarlo—. Yo no soy juez. Yo nomás veo. Y lo que veo es que usted lleva meses viniendo a esta taquería a comerse un taco que no necesita, con una culpa que no le cabe en los bolsillos. Y que la culpa, cuando ya no cabe, se le sale por los ojos.
Él se quedó sin palabras, con la mano en la cortina, y yo, desde la plancha, vi cómo le temblaba el hombro, vi cómo tragaba saliva, vi cómo juntaba fuerzas para decir algo que al final no dijo.
—Buenas noches, señora —dijo al fin, con una voz que no era la suya.
—Buenas noches, mijo —dijo mi abuela, sin mirarlo—. Y que Dios lo acompañe con lo que trae.
Él se fue. La cortina sonó detrás de él, y yo me quedé detrás de la plancha, con el cucharón en la mano, viendo la puerta por donde se había ido, y luego viendo a mi abuela, que seguía tejiendo como si nada.
—Abuela —dije—. ¿Por qué le dijo eso?
—Porque ya era hora —dijo mi abuela—. Porque ese hombre trae una mentira encima desde hace meses, y las mentiras, mija, se oritan solas. No necesitan que nadie las ayude.
—¿Y cómo sabe que trae una mentira?
—Porque los que vienen todas las noches a comerse un taco que no necesitan —dijo mi abuela, y por primera vez levantó la vista, y me miró a mí—, siempre traen algo. Y ese, mija, trae algo grande. Algo que no le cabe en los bolsillos.
Me quedé sin palabras, detrás de la plancha, con las palabras de mi abuela dándome vueltas en la cabeza.
Y yo, que le había preguntado directo al señor de las once, y que le había creído, me di cuenta de que mi abuela no le había creído a él: le había creído a la mentira, a la que se le notaba en la voz, en las manos, en la manera de decir "se lo juro" demasiado rápido.
Esa noche, subiendo a mi departamento, me quedé mucho rato despierta, viendo el techo, pensando en él. En cómo me había mirado cuando le pregunté lo del concurso. En cómo se le había quedado la mano en el aire. En cómo había dicho "no" como quien dice "ojalá".
Y pensé que el señor de las once, el misterioso, el que me hacía reír en la banqueta, me había mentido.
Y que mi abuela, desde su banquito, lo sabía antes que yo.