Capítulo 28 — El semáforo
El sábado por la noche, vi la semifinal desde el estudio, y la felicidad de ella casi me mata.
No es que la semifinal se viera en mi programa —Sabor de barrio tenía su propia transmisión, con sus propios conductores y sus propios jurados—.
Pero yo tenía la página abierta en el celular desde el mediodía, con las votaciones cerradas y la lista de finalistas a punto de salir, y cuando la lista apareció, con el nombre de la Doctora en el tercer lugar, se me escapó un aire que no sabía que estaba aguantando.
—¿Ya la viste? —preguntó Memo, que se asomó a la cabina con dos cafés, y me vio con el celular en la mano y la cara de quien acaba de recibir una noticia buena y mala al mismo tiempo—. Pasó. Tu plan funcionó. La Doctora está en la final.
—Sí —dije, y la voz me salió de esas que no saben si celebrar—. Pasó.
—¿Y por qué pones cara de funeral? —dijo Memo, sentándose enfrente—. La inscribiste, pidió el voto, la votaron, está en la final. Todo salió como lo planeaste.
—Por eso mismo —dije—. Todo salió como lo planeé. Y ella no sabe nada.
Memo me vio un momento, con esa calma suya de hermano mayor, y luego dijo, bajando la voz:
—Emiliano, yo te conozco. Dime qué es lo que te está comiendo.
—La vi —dije, y le enseñé el celular—. La transmisión de la semifinal. Grabaron el barrio cuando salió la lista. Mírala.
Memo tomó el celular y vio el video: la Doctora, con el paliacate rojo y el mandil manchado, saliendo de la taquería con los brazos en alto, con Luz pegada a su espalda, con Don Beto lanzando el sombrero al aire, con el barrio entero gritando su nombre.
Y ella, Marisol, riéndose con esa risa que yo conocía de la banqueta, con los ojos brillantes, con la cara de quien no puede creer lo que le está pasando.
—Se ve feliz —dijo Memo, devolviéndome el celular.
—Se ve feliz —repetí—. Y esa felicidad la armé yo, a escondidas, sin que ella lo sepa.
No se la di como se la da un hombre que la quiere: se la di como se la da un hombre que le debe.
Y cuando ella se entere —porque se va a enterar—, esa felicidad se le va a convertir en coraje, y el coraje me lo va a cobrar a mí.
—¿Y piensas decírselo?
—Después de la final —dije—. Cuando ya haya ganado, o perdido, y el daño esté arreglado. Entonces se lo digo.
—¿Y si gana? —preguntó Memo, con esa voz suya que no pregunta por preguntar—. ¿Y si gana el concurso, con el premio, con la taquería llena, con el barrio feliz, y se entera de que todo fue tu culpa y tu mérito al mismo tiempo? ¿Qué crees que va a sentir?
—No sé —dije, y la voz me salió chiquita—. No sé qué va a sentir. Y eso es lo que más miedo me da: no saber. No saber si va a querer abrazarme o aventarme la plancha.
—Pues yo sí sé —dijo Memo—. Va a sentir que no sabe si abrazarte o aventarte la plancha. Y eso, carnal, es peor que el odio. El odio es limpio. Eso que le vas a dejar es un desmadre.
—¿Y qué me recomiendas? —pregunté—. ¿Se lo digo antes? ¿Se lo digo ahora, a dos semanas de la final, y le arruino el momento más grande de su vida?
—No te recomiendo nada —dijo Memo, y se encogió de hombros—. Porque no hay nada que recomendar. Hay dos caminos, y los dos están mal: se lo dices antes, y le quitas la final. Se lo dices después, y le quitas la verdad. Tú nomás escoge qué le quieres quitar primero.
Me quedé callado, con el celular en la mano, viendo la foto de Marisol congelada en la pantalla, riéndose con los ojos cerrados, y pensé que esa mujer, en ese momento exacto, era la persona más feliz de la colonia Doctores.
Y que yo era el que le había dado esa felicidad.
Y que yo era también el que se la iba a quitar.
Esa noche, a las once, fui a la taquería.
No debía. Debía quedarme en mi departamento, con la culpa, pensando en lo que Memo me había dicho. Pero no pude quedarme. Porque desde que la vi en el video, con los brazos en alto, supe que necesitaba verla de cerca, aunque fuera desde la mesa del rincón, aunque fuera mintiéndole otra vez.
La taquería estaba llena. Más llena que nunca: mesas juntas, sillas prestadas, el radio a todo volumen, y Don Beto en medio, con el sombrero de la semifinal todavía puesto, contando la historia del triunfo como si la hubiera vivido él.
Y ella, detrás de la plancha, con el paliacate rojo un poco torcido y el mandil manchado de salsa, atendiendo a todos con esa rapidez suya, gritando pedidos, volteando tortillas, riéndose con cada cliente.
—¡Llegó el de las once! —gritó Luz cuando me vio entrar—. ¡El misterioso! ¡A que no sabe la noticia!
—Sí la sé —dije, sentándome en la mesa del rincón—. La semifinal. La escuché en la radio.
—¡Pues ya ve! —gritó Luz—. ¡Hasta la radio habla de nosotras! ¡La Doctora a la final, 200 mil pesos en juego!
—Va a ser un buen año —dije, y la frase me salió sin pensar, y me supo a mentira, porque yo sabía que el año no iba a ser bueno: iba a ser el año en que se acabara la mentira.
Ella se acercó a la mesa, con su suadero y su coca, y me vio con esos ojos que todo lo veían, y me dijo, bajito, para que nadie más la oyera:
—¿Usted cree que la merezco? La final, digo. ¿Usted cree que la merezco?
Se me hizo un nudo en la garganta. Porque la pregunta, sin que ella lo supiera, era la pregunta equivocada: la que debía hacerme era si yo merecía verla feliz, yo, que le había armado la felicidad por la espalda.
—La merece —dije, y la voz me salió entera, sin temblar, como las cosas que se dicen de verdad—. La merece más que nadie que yo conozca.
Ella me vio un momento, con esa mirada suya, y luego le salió una sonrisa, de las de verdad, y se fue a la plancha, y yo me quedé en la mesa del rincón, con mi suadero y mi mentira, viéndola ser feliz.
Y esa noche, de vuelta en mi departamento, con el celular en la mano y la foto de la semifinal todavía en la pantalla, tomé la decisión que llevaba semanas aplazando: después de la final, le digo la verdad.
Gane o pierda. Me odie o me perdone. Le digo quién soy, y le digo lo que hice, y le digo que la quiero.
—Después de la final —me dije, acostándome—. Se acaba la mentira.
Lo que no sabía es que "después de la final" era una fecha que se me estaba acabando. Que la final no iba a esperar a que yo estuviera listo. Y que la mentira, como las tortillas, no se acaba cuando uno decide: se acaba cuando se quema.