Tacos de desamor Capítulo 27 — La semifinal
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Capítulo 27 — La semifinal

El viernes por la noche, la doctora Corazón hizo algo que nunca había hecho: pedir un favor.

No lo planeé. Lo decidí en el camino, sentada en la silla de la plancha, con el micrófono en la mano y la carta de Sabor de barrio sobre la barra, pensando que la semifinal se votaba por internet y que la Doctora necesitaba votos, y que yo, que le hablaba a miles de corazones rotos todas las noches, tenía la manera de conseguirlos.

El problema era cómo pedirlo sin decir que era mía.

Porque si la doctora Corazón decía "voten por mi taquería", el barrio entero iba a conectar los puntos.

La doctora era una voz sin cara, sin barrio, sin plancha.

Si de pronto tenía taquería, la voz se volvía persona, y la persona se volvía Marisol, y Marisol se quedaba sin su anonimato, y mi podcast, mi refugio, mi otra vida, se iba a la mierda.

Así que encendí el micrófono y dije:

—Buenas noches, corazones rotos. Esta noche no les voy a hablar de amor. Les voy a hablar de algo más urgente: de una taquería.

—Hay una taquería en la colonia Doctores —dije, y mi voz salió firme, como la había ensayado—.

Se llama La Doctora, y su letrero dice que ahí se cura.

Y es verdad: cura crudas, cura penas, cura corazones rotos.

Yo he visto a gente entrar llorando y salir con el estómago lleno y el alma remendada.

El suadero es de otro nivel. La salsa tiene un punto que no se encuentra en ningún restaurante de mantelería.

Y la taquera… la taquera es de las que se quedan hasta tarde, de las que le sirven un taco a un niño que no trae dinero, de las que cierran la cortina y todavía se quedan a escuchar al que llora.

—Esa taquería está en la semifinal de un concurso —dije—.

Y necesita votos. Votos de gente que sabe lo que es un taco bueno y un corazón roto.

Si ustedes me quieren, si todo lo que les he dicho estas noches les ha servido de algo, hagan una cosa por mí: voten por la taquería que cura.

Es lo único que les voy a pedir en mucho tiempo.

—Y recuerden: aquí se cura.

Apagué el micrófono con las manos temblando.

Había pedido el voto sin decir que era mía.

Era una mentira a medias, de esas que se sienten menos sucias porque la mitad es verdad: la taquería existía, curaba de a deveras, y la taquera era yo.

Lo único que no dije era que la taquera y la doctora eran la misma persona.

—Mentira a medias —me dije, en la taquería vacía—. La doctora Corazón, dando consejos de amor con una mentira a medias.

Y me reí sola, porque el universo tenía un sentido del humor de la chingada.

El sábado por la mañana, la votación estaba cerrada y la Doctora estaba en la final. No me lo creía. Lo leí en la página del concurso, con Luz pegada a mi espalda, gritando cada vez más fuerte, hasta que el grito se oyó en toda la cuadra y Don Beto llegó corriendo con su caja de jitomates.

—¡A LA FINAL! —gritó Don Beto—. ¡LA DOCTORA A LA FINAL! ¡EL SUADERO A LA FINAL!

—¿Ya viste cuántos votos sacamos? —gritó Luz, mostrándome el celular—. ¡Miles, prima, miles! ¡Más que las de la Roma, más que las del centro, más que todas!

—¿Y quién votó? —pregunté, porque no me cabía en la cabeza—. ¿Quién votó por nosotras?

—¡El barrio, prima! ¡Todo el barrio! ¡Hasta la señora del jugos votó, y ella no vota ni en las elecciones!

Y el barrio, sí. El barrio votó. Lo supe por la fila que se formó afuera desde el mediodía, por los vecinos que cruzaban la calle solo para felicitarme, por Don Beto, que se quedó toda la tarde en la esquina presumiendo con su caja de jitomates, como si el triunfo fuera suyo.

La taquería estaba de fiesta, y yo, detrás de la plancha, con el paliacate rojo y el mandil manchado, no sabía si reírme o llorar.

A las cinco, Don Beto se me acercó con el celular en la mano y una cara que no le conocía.

—Mija —dijo, bajando la voz—. Mire esto.

Me enseñó el celular: la página del concurso, con la votación de la semifinal. Y debajo de la lista de finalistas, en letras chiquitas, decía que la votación había sido la más alta en la historia del concurso, y que una de las finalistas había recibido votos de todo el país, no nomás del barrio.

—¿De todo el país? —pregunté, sin entender.

—Del país —dijo Don Beto—. Y usted sabe de dónde salieron, ¿verdad, mija?

Me quedé helada, con el celular en la mano. Porque yo sí sabía. Los sabía por los comentarios que me llegaban desde la madrugada, por los mensajes de los corazones rotos, por las voces que me escribían "ya voté, doctora" sin imaginar que la doctora era la taquera que les servía el suadero.

—Del podcast —dije, bajito—. Salieron del podcast.

—¿Y cómo sabe el podcast de la Doctora? —preguntó Don Beto, y me vio con esos ojos de gato que lo veían todo—. ¿Quién le pidió el voto a esa gente?

—No sé —dije, y la mentira me salió rápida, como me salían todas las últimas semanas—. A lo mejor la oyeron en la radio. A lo mejor fue la casualidad.

—Ajá —dijo Don Beto, y no insistió, pero yo vi en sus ojos que no me había creído, y que la pregunta se le iba a quedar guardada, como se le quedaban todas.

Y esa tarde, mientras la fiesta seguía, yo me quedé detrás de la plancha con el corazón a mil, pensando que había pedido el voto sin decir que era mía, y que los corazones rotos lo habían dado por lealtad a la doctora, y que el barrio lo había dado por lealtad a Marisol, y que las dos lealtades, sin saberlo, habían votado por la misma taquería.

Pero lo que me faltaba entender era lo de los corazones rotos.

Me enteré por los comentarios del podcast. Miles de mensajes, desde la madrugada: *ya voté, doctora*, *fui a la página y voté por la taquería que cura*, *si usted lo dice, es porque es verdad, yo voto*.

Los corazones rotos, los que me escuchaban todas las noches, los que me escribían a las tres de la mañana pidiendo que les dijera que iban a estar bien, habían votado por una taquería que no conocían, solo porque yo se los pedí. Por lealtad a la doctora.

Y el barrio, los que me conocían de toda la vida, los que me habían visto crecer detrás de esa plancha, habían votado por mí. Por lealtad a Marisol.

Dos lealtades distintas, dos mundos distintos, votando por la misma taquería, sin saberlo.

—Prima —me dijo Luz esa noche, con los ojos brillantes, cuando la taquería se estaba vaciando—. ¿Sabes qué es lo más bonito de todo esto?

—¿Qué?

—Que la doctora pidió el voto por una taquería que cura —dijo Luz—. Y el barrio votó por la taquería que cura. Y los dos tienen razón, nomás que no lo saben.

Y se quedó viéndome un momento, con esa mirada suya que a veces ve de más, y yo me quedé callada, con el corazón latiéndome fuerte, pensando que Luz no sabía lo cerca que estaba de la verdad.

Porque los corazones rotos y el barrio habían votado por la misma taquería, por las mismas razones, sin saber que la doctora y la taquera éramos la misma persona.

Y esa noche, subiendo a mi departamento, con el olor a cebolla en el pelo y la final a dos semanas, pensé que la mentira a medias me había dado el mejor regalo de mi vida: la certeza de que había gente que me quería en los dos mundos.

Todavía no sabía que en uno de esos mundos, el que me quería era el mismo hombre que me había hundido, y que me estaba arreglando la vida por la espalda, taco a taco, voto a voto, mentira a mentira.