Tacos de desamor Capítulo 26 — La lista
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Capítulo 26 — La lista

El martes, el cartero dejó una carta que no esperaba nadie.

No era la primera carta que llegaba a la Doctora —llegaban las del banco, las de la luz, las de la señora que quería quejarse del ruido—, pero esta era distinta: un sobre grueso, color crema, con un membrete grabado que decía Sabor de barrio y un sello de esos que se abren con el dedo, como las invitaciones de boda.

—¿Esto qué es? —dijo Luz, que la recogió de la cortina y me la trajo a la plancha con una cara de "no abrí nada, juro"—. Parece de esos sobres de cuando alguien se casa.

—Si fuera de boda, traería la foto de la pareja —dije, y abrí el sobre con el cucharón, porque en la cocina todo se abre con el cucharón.

Y me quedé sin aire.

*Estimada taquería La Doctora: nos complace informarle que ha sido seleccionada para participar en la semifinal del concurso Sabor de barrio 2026, que se llevará a cabo el sábado 31 de enero...*

Lo leí tres veces. Tres veces, con el sobre color crema en la mano y el corazón haciendo un desmadre, porque yo no había inscrito a la Doctora en ningún concurso.

Yo no sabía ni que existía un concurso llamado Sabor de barrio.

Yo me enteraba de los concursos cuando ganaba el de la esquina, no cuando me escribían cartas con membrete.

—¿Qué dice? —preguntó Luz, que me vio parada, con el sobre en la mano y la boca abierta.

—Dice —dije, y mi voz salió rara, como si me la hubieran prestado—, que la Doctora está en la lista de la semifinal de un concurso de tacos. Con premio de 200 mil pesos.

Luz se quedó callada un segundo. Luego soltó un grito que se oyó hasta en la carnicería, y me abrazó, y el grito se le volvió risa, y la risa se le volvió llanto, y yo me quedé ahí, parada en medio de la taquería, con el sobre en la mano, sin saber si reírme, llorar o esconderme.

Porque un concurso de 200 mil pesos podía cambiarlo todo.

Podía pagar las deudas, arreglar la cortina, ponerle techo al departamento de atrás, comprar una plancha nueva.

Podía hacer que la Doctora volviera a ser la taquería de antes, la de las filas en la esquina, la que el barrio presumía.

Podía devolverle la luz a mi abuela, que seguía sentada en su banquito, tejiendo, como si el mundo no acabara de darnos una noticia de esas que se cuentan años.

—Abuela —dije, llevándole el sobre—. Mire esto.

Mi abuela lo tomó, se puso sus lentes de leer, y lo leyó despacio, sin prisa, como leía todas las cosas importantes. Y cuando terminó, lo dobló con cuidado, se lo devolvió, y dijo, sin mirarme:

—¿Y tú cuándo lo inscribiste?

—No lo inscribí, abuela. Yo no lo inscribí.

—Ajá —dijo ella, y volvió a su tejido—. Entonces los milagros no llegan solos, mija. Tienen dueño.

—¿Y quién es el dueño?

—Eso es lo que tienes que averiguar —dijo mi abuela, y en su voz había algo que no supe nombrar, algo entre la advertencia y la esperanza—. Pero los milagros con membrete no se piden gratis. Alguien los paga, o los debe. Y el que los manda, tarde o temprano cobra.

Me quedé con la frase de mi abuela pegada, como la grasa en el mandil.

Los milagros tienen dueño. Don Beto me lo había dicho la semana pasada, con su sonrisa de gato, cuando la reseña de Salvador Ortega me puso la fila de vuelta en la puerta.

Y ahora mi abuela me lo repetía, con el sobre color crema en la mano, como si los dos supieran algo que yo todavía no quería ver.

La noticia corrió por el barrio como pólvora.

Don Beto llegó con su caja de jitomates y su celular, leyendo la convocatoria en voz alta para quien quisiera oírla.

Doña Meche vino con un ramo de flores "para la semifinalista".

Hasta la señora del puesto de jugos, que nunca hablaba con nadie, cruzó la calle para preguntarme si era cierto.

—¡La Doctora en el Sabor de barrio! —gritó Don Beto, con los brazos en alto—. ¡La taquería que cura, a la final! ¡Esto es lo más grande que le ha pasado a la colonia desde que pusieron el semáforo!

—Todavía no ganamos nada, don Beto —dije—. Nomás estamos en la lista.

—¡Y la lista es el comienzo, mija! ¡El que está en la lista, ya está en la pelea!

—¿Y quién la inscribió? —preguntó Luz, que se había quedado callada un rato, viendo el sobre color crema—. Porque yo no fui. ¿Ustedes fueron?

—Yo no —dijo Don Beto.

—Yo tampoco —dijo Doña Meche.

—¿Y entonces?

El barrio entero se quedó callado un momento, mirándose entre sí, y yo sentí que algo se me helaba por dentro.

Porque era la pregunta que yo no quería hacerme, la que llevaba desde que abrí el sobre, y el barrio, sin darse cuenta, acababa de ponerla en la mesa: si nadie la inscribió, ¿entonces quién?

—A lo mejor fue el crítico —dijo Luz, encogiéndose de hombros—. El de la reseña buena. Salvador Ortega. A lo mejor le gustó tu suadero y quiso darte una mano.

—¿Y por qué no iba a firmar? —dije—. ¿Por qué mandar una carta sin nombre, como quien esconde la mano?

—Porque los que hacen favores escondidos —dijo Don Beto, con esa sonrisa de gato que me conocía—, siempre esconden algo más, mija. Los milagros con membrete no llegan solos.

Y el barrio entero asintió, y yo me quedé callada, con la frase de Don Beto pegada, como la grasa en el mandil, sintiendo que todos sabían algo que yo todavía no quería ver.

Pero esa noche, con la taquería cerrada y la carta sobre la barra, la fiesta se me fue apagando. Porque yo no había inscrito a la Doctora. Luz no la había inscrito. Mi abuela no. Y el barrio, que se enteró por el grito de Luz, tampoco.

Entonces, ¿quién?

Me quedé viendo la carta, con el membrete grabado y el sello de invitación, y empecé a hacer la lista de los que sabían lo que valía mi suadero.

Don Beto, que me presumía con todo mundo.

Doña Meche, que no salía de la esquina. Salvador Ortega, el crítico de la reseña, que había probado mis tacos hacía una semana y no había vuelto.

Y él. El señor de las once. El que llegaba todas las noches a las once en punto, se comía su suadero, me miraba con esos ojos que lo veían todo, y nunca, nunca me decía cómo se llamaba.

El señor de las once, que me había mandado alcatraces sin firmar. Que había dicho "los milagros no llegan solos" cuando le pregunté por la reseña de Salvador. Que se había puesto nervioso, muy nervioso, cuando le pregunté si sabía algo de los milagros que tienen dueño.

—Cálmate, Marisol —me dije, en voz baja, en la taquería vacía—. A lo mejor es el crítico. Salvador Ortega. A lo mejor le gustó tu suadero y quiso devolverte algo.

Pero la vocecita que me contestó no me dijo que me calmara. Me dijo, nomás, que los milagros con membrete no llegan solos.

Y que el señor de las once, el misterioso, el que no dice su nombre, tenía una manera rara de aparecerse justo cuando algo bueno me pasaba.