Capítulo 25 — El arreglo
El lunes, llegué al estudio con una hora de anticipación y la decisión de la madrugada todavía ardiéndome en la boca.
No había dormido. Me había quedado despierto viendo el techo hasta que la ciudad empezó a clarear, repitiendo el discurso, ensayando las palabras, imaginando la cara de Memo cuando le dijera la verdad.
Porque la verdad era una cosa grande, de esas que no caben en una frase: yo era R.
, el crítico que hundió la taquería de la mujer que me servía tacos todas las noches.
Y esa mujer, la que me hacía reír en la banqueta, era la doctora Corazón, la del podcast que mi programa se burlaba de criticar.
La misma mujer. Todo el tiempo, la misma mujer.
—¿Qué te pasa? —me dijo Memo en cuanto me vio entrar, con el café en la mano y el guion del día bajo el brazo—. Tienes cara de funeral, y no es martes.
—Necesito decirte algo —dije—. Y necesito que me escuches sin interrumpirme, porque si me interrumpes, no lo voy a poder decir.
Memo me vio un momento. Vio mis manos, que no dejaban de temblar, y el café que no me había llevado a la boca, y la manera en que estaba parado, como quien se prepara para saltar. Y asintió, despacio, y se sentó en la silla de la sala de edición.
—Dime.
Y se lo dije. Todo. Que hacía ocho meses había escrito una reseña firmada con una sola letra sobre una taquería de la Doctores, y que esa reseña había hundido el negocio de una mujer que no conocía.
Que hacía un mes había entrado a esa taquería por culpa, para ver el daño que había hecho, y que la mujer de la plancha me había mirado como se mira a un cliente, y yo le había mentido sobre quién era desde la primera noche.
Que ella era la doctora Corazón, la del podcast que nos daba rating, la que yo fingía criticar mientras la escuchaba todas las noches con los audífonos puestos.
Que me había enamorado de ella sin que ella supiera mi nombre, sin que supiera que yo era el hombre que la hundió, y que la mentira me estaba comiendo vivo.
Cuando terminé, la sala de edición estaba en silencio. Memo me vio un rato largo, con el café enfriándose en la mano, y luego dijo, con una calma que no le conocía:
—Déjame ver si entendí bien. Tú eres el crítico que la hundió.
—Sí.
—Y también eres el cliente misterioso que se come sus tacos todas las noches.
—Sí.
—Y ella es la doctora Corazón, la del podcast que tú críticas en el aire.
—Sí.
—Entonces —dijo Memo, y soltó una risa corta, sin humor, y sacudió la cabeza—, eres su peor enemigo y su mejor cliente. Qué bonito, carnal. Qué bonito.
—Memo.
—No, espérame —dijo él, levantando la mano—. Déjame procesar. Tú, Emiliano Rivas, el crítico que no le perdona nada a nadie, el que se burló de la doctora en un especial de una hora, el que nunca se equivoca… estás enamorado de la mujer que destruiste, y no se lo has dicho.
—No se lo he dicho.
—¿Y qué piensas hacer?
—Decírselo —dije, y la frase me salió entera, sin temblar, como la había ensayado toda la noche—. Decírselo y aceptar lo que venga. Pero antes quiero arreglar el daño. Quiero que su taquería esté bien, que ella esté bien, aunque después me odie.
Memo se quedó callado un momento, viéndome, con esa cara suya de hermano mayor que lo ha visto todo.
—¿Y cómo piensas arreglarlo? —preguntó al fin—. ¿Con una disculpa? ¿Con flores? ¿Con una reseña nueva?
—Con algo más grande —dije—. Hay un concurso, Sabor de barrio. El de los 200 mil pesos. El premio es para la mejor taquería de la ciudad.
—¿Y?
—Quiero inscribirla. Sin que ella se entere de que fui yo. Quiero que entre a la semifinal, que gane si puede ganar, que el barrio la vea ganar. Quiero que el concurso le devuelva lo que yo le quité.
Memo me vio otro rato largo, y luego se pasó la mano por la cara, como quien se quita algo de encima.
—¿Y cómo te diste cuenta? —preguntó Memo, que llevaba un rato sin hablar, procesando—. De que era ella, digo. De que la taquera y la doctora eran la misma.
—Por el karaoke —dije—. El sábado pasado, en el cumpleaños de un señor del barrio, canté.
Mal, horrible, con el corazón. Y ella se rió, y yo le dije, bajito, para que nadie me oyera, que mi talento era hacerla reír.
Solo ella me oyó. Y el domingo, en el podcast, la doctora contó esa misma noche, esa misma frase, como si fuera la anécdota más bonita del mundo.
Memo me vio un momento largo.
—Y ahí supiste.
—Ahí supe —dije—. Y todo lo demás se fue acomodando solo: las frases que me sonaban conocidas, el episodio de los críticos, el del que se queda. Todo era ella. Todo, desde el principio, era ella.
—Y tú, desde el principio, eras el que la hundió —dijo Memo, y no sonó a acusación: sonó a lástima—. Qué pedo, Emiliano. Qué pedo.
—Ya sé —dije—. Ya sé qué pedo.
—Y todavía así la quieres.
—Y todavía así la quiero —dije, y la frase me salió sin pensarla, y me di cuenta de que era la primera vez que se la decía a alguien en voz alta—.
La quiero más que a nada de lo que he tenido.
Y por eso necesito arreglar esto. Por eso necesito que la Doctora gane, o que por lo menos tenga su momento, antes de decirle quién soy.
—¿Y si no le alcanza el momento? —preguntó Memo—. ¿Y si el concurso no le devuelve lo que le quitaste?
—Entonces se lo devuelvo yo —dije—. Con mi nombre. Con mi cara. Con todo lo que tenga. Pero primero, el concurso.
Memo se quedó callado un momento, y luego dijo:
—Estás loco —dijo—. Pero de los que yo conozco, eres el primero que se arrepiente de a deveras. Y eso, carnal, no tiene precio.
—¿Me ayudas?
—¿A qué?
—A inscribirla. Tú conoces a la gente del concurso, conoces a los organizadores. Tú puedes hacer que una taquería de barrio entre a la lista sin levantar sospechas.
Memo se levantó, fue al escritorio, y sacó su celular.
—Tengo un contacto en la organización —dijo—. Un viejo amigo que me debe un favor. La inscribo como nominación de jurado, que es lo que se usa para los lugares que no se enteraron de la convocatoria. No hace falta que ella haga nada: le llega la carta, y si no la rechaza, queda dentro.
—¿Y no va a sospechar?
—Pues claro que va a sospechar, Emiliano. Una taquería que no se inscribió, de pronto está en la lista de un concurso de 200 mil pesos. Va a sospechar, y va a preguntar, y tú vas a tener que decidir si le dices la verdad o le mientes otra vez.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Y tú qué me recomiendas?
—Yo te recomiendo que la verdad salga antes del concurso —dijo Memo—.
Porque si gana y se entera de que fue tu culpa y tu mérito, te va a odiar el doble.
Y si pierde y se entera de que la metiste tú, también.
La verdad no tiene buen momento, carnal.
Pero la mentira tiene fecha de caducidad, y la tuya ya se está poniendo vieja.
Me quedé callado, con el nudo en la garganta y la decisión de la madrugada pesándome en el pecho.
—Después de la final —dije al fin—. Se lo digo después de la final. Cuando ya haya ganado, o perdido, y el daño esté arreglado. Entonces se lo digo.
—Después de la final —repitió Memo, y no sonó a acuerdo: sonó a advertencia—. Espero que la final no sea muy tarde, Emiliano. Porque las mentiras, como las tortillas, se queman si las dejas mucho tiempo en la plancha.
Y se fue a la cabina, con su celular y su favor pendiente, y yo me quedé en la sala de edición, con la decisión tomada y el corazón latiéndome fuerte, sin imaginar que esa decisión —la de esperar— iba a ser la más cara de mi vida.
Porque el lunes por la tarde, Memo hizo la llamada. Y el martes, Memo me confirmó que la carta ya iba en camino hacia la colonia Doctores, con el nombre de una taquería que no había pedido nada, y con el mío escondido en cada línea.