Tacos de desamor Capítulo 24 — La sentencia
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Capítulo 24 — La sentencia

El domingo por la noche, la Doctora duerme, pero el barrio no.

Es la costumbre: los domingos, cuando la cortina baja y la plancha se enfría, el barrio se queda en la calle, sentado en las banquetas, viendo pasar la noche.

Yo salí a la banqueta de la entrada, con un vaso de café, y me senté al lado de mi abuela, que estaba en su banquito, con su quinto de tejido, viendo la calle como quien ve una película que ya se sabe de memoria.

—Abuela —le dije, sin saber por qué lo decía—. ¿Usted cree que la gente puede querer a alguien sin conocerlo de a deveras?

Mi abuela no contestó de inmediato. Siguió tejiendo un rato, con esa calma suya, y luego dijo, sin mirarme:

—¿Y ustedes ya se conocen de a deveras?

—¿Quiénes?

—Usted y el de las once.

Me quedé muda, con el café a medio camino.

—Abuela, yo no… nosotros no somos…

—No digo que sean nada —dijo ella, y siguió tejiendo—. Digo que usted lo conoce de las once a las doce, y él la conoce a usted de la plancha para acá. Y que los dos se quedan con lo que ven de noche, que no es lo mismo que lo que se ve de día.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir —dijo mi abuela, bajando el tejido un momento para mirarme—, que ese de las once no come tacos.

—¿Cómo que no come tacos? Se come dos todos los días.

—No come tacos —repitió mi abuela, con esa seguridad suya que no admite discusión—. Te come con los ojos.

Me reí. Me reí, porque era mi abuela, porque era domingo, porque llevaba una semana entera con el corazón hecho un desmadre y necesitaba reírme de algo.

—Abuela —dije, secándome los ojos—. Usted está viendo telenovelas de más.

—Yo no veo telenovelas —dijo ella, con dignidad—. Yo veo la calle. Y en la calle se ven cosas más ciertas que en las telenovelas.

—¿Y qué ve en la calle?

—Veo a un hombre que viene todas las noches a comerse un taco que no necesita —dijo mi abuela—.

Que se queda después de comer, aunque no tenga hambre.

Que la mira a usted cuando usted no lo mira, y que se le ilumina la cara cuando usted le habla.

Que se aprendió su horario, su suadero, su salsa, y que no se sienta en otra mesa que no sea la del rincón, esa que usted le guarda.

Eso no es hambre, mija. Eso es otra cosa.

—¿Y qué cosa?

—Eso —dijo mi abuela, y volvió a su tejido—, es lo que pasa cuando uno encuentra a alguien que le sabe a hogar. Y le voy a decir una cosa más, porque ya es tarde y mañana hay que trabajar.

—Dígame.

—El amor es como la cebolla —dijo mi abuela—. Pica si no la sabes cortar. Y usted, mija, lleva años cortando cebolla sin llorar. Pero con ese hombre… con ese hombre yo la he visto parpadear.

Me quedé sin palabras, sentada en la banqueta, con el café enfriándose en la mano y el corazón haciendo un desmadre que no tenía nombre.

En la calle, una vecina pasó con su perro y me saludó, y yo le contesté sin saber qué había dicho. El barrio empezaba a apagar sus luces: la de la carnicería, la de la tienda de la esquina, la del puesto de Doña Meche. Solo la luna, alta y blanca, se quedó a verme.

Me quedé un rato más en la banqueta, con el café ya frío, viendo la cortina cerrada de la taquería.

Adentro estaban todas las cosas que me hacían ser yo: la plancha, el cucharón, el letrero, el micrófono escondido en el cuarto de atrás.

Y afuera, en la calle, estaba la única cosa que me hacía preguntarme si quería seguir siendo yo: la pregunta de mi abuela sobre el señor de las once.

—Abuela —dije al fin, bajito—. ¿Usted cree que él es de fiar?

Mi abuela se quedó muy quieta un momento. El tejido se le detuvo en las manos. Y luego dijo, con una voz distinta, más baja, más seria:

—No sé si es de fiar, mija. Pero sé que esconde algo.

—¿Cómo sabe?

—Porque los que vienen todas las noches a comer a una taquería de barrio sin decir su nombre, siempre esconden algo —dijo mi abuela—.

Puede ser algo feo. Puede ser algo que le duela.

Pero esconde algo. Y usted tiene que decidir si quiere quererlo con lo que esconde, o si quiere quererlo nomás de las once a las doce.

Se levantó del banquito, con su tejido, y se metió a la casa de atrás, sin mirar atrás.

—Buenas noches, mija —dijo desde la puerta—. Y piénselo. Porque la cebolla no espera a que uno decida: se pica, y ya.

Me quedé sola en la banqueta, frente a la cortina cerrada de mi propia taquería, con el café frío en la mano y las palabras de mi abuela dándome vueltas en la cabeza.

El de las once no come tacos: te come con los ojos. El amor es como la cebolla: pica si no la sabes cortar. Los que esconden algo, siempre esconden algo.

Y yo, que había pasado la noche entera riéndome de sus sentencias, me di cuenta de que esa noche no me había reído de a deveras.

Porque mi abuela no sentencia por gusto: sentencia porque ve.

Y esa noche, sentada en la banqueta, con el barrio durmiendo a mi alrededor, empecé a preguntarme qué era lo que el señor de las once escondía.

Empecé a preguntármelo, y no pude dejar de preguntármelo.

Repasé todo, en silencio, como quien repasa las cuentas del día: cómo llegó la primera vez, sin nombre, sin prisa, como quien llega a un lugar que ya conocía.

Cómo se fue convirtiendo en parte de la noche, de mi noche, de la mesa del rincón que ya le guardaba sin pensarlo.

Cómo me dijo que trabajaba en restaurantes, sin decirme en cuáles.

Cómo sabía de comida más que cualquier cliente que hubiera tenido, cómo opinaba de los guisos con una seguridad que no era de aficionado.

Cómo se quedó callado cuando le pregunté su nombre, y cómo yo, tonta, nunca volví a preguntárselo.

Y cómo, esa noche, se había ido sin decir "hasta mañana".

—Cálmate, Marisol —me dije, levantándome—. Nomás es un cliente que viene a comer.

Pero la frase me sonó hueca, como una olla sin guiso.

Antes de meterme, apagué la luz de afuera, la del letrero.

Me quedé un momento parada en la banqueta, con la mano en el interruptor, viendo la calle vacía, pensando que mañana iba a abrir, y que a las once iba a llegar él, con su traje y su misterio, y que yo iba a servirle su suadero como si nada, con la pregunta de mi abuela quemándome por dentro.

—Mañana —me dije, y entré—. Mañana le pregunto su nombre.

Pero esa noche, por primera vez, me quedé dormida pensando en el señor de las once no como el misterio bonito que me hacía reír, sino como la pregunta que no quería hacerme.

Porque las abuelas no se equivocan. Y la mía acababa de decirme, sin decírmelo, que el hombre que me hacía reír a las once de la noche tenía un secreto.

Y que yo, tarde o temprano, iba a tener que decidir si quería quererlo con lo que escondía.

· · ·

Esa madrugada, en mi departamento, con la camisa todavía oliendo a taquería, me quedé despierto hasta que la ciudad empezó a clarear.

Y ahí, con el primer camión pasando por la calle, tomé una decisión: ya no podía esperar al mañana.

No podía seguir mintiéndole. Iba a la taquería.

Iba a decirle la verdad. Aunque me odiara.

Aunque me aventara la plancha a la cabeza.

Iba a decirle quién era.