Tacos de desamor Capítulo 23 — El que se atreve
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Capítulo 23 — El que se atreve

El domingo, mi ritual de culpable volvió a cumplirse: café, sillón, y el episodio nuevo de la doctora Corazón.

La escuchaba todas las noches, desde hacía semanas.

Era mi penitencia y mi vicio: la voz que me curaba, la misma que mi programa se burlaba de curar.

Los domingos, con el café y el silencio del departamento, la escuchaba entera, sin interrupciones, como quien va a misa sabiendo que no merece estar ahí.

Ese domingo, el episodio se llamaba "El que se atreve".

—Buenas noches, corazones rotos —dijo su voz, y yo me acomodé en el sillón, como siempre—.

Anoche viví algo que no me esperaba. Fue en un karaoke de barrio, de esos donde todos cantan mal y nadie se avergüenza.

Y en medio del desmadre, un hombre se paró a cantar.

Un hombre que no canta, se los juro: desafinó hasta el estribillo.

Pero cantó con el corazón, con los ojos cerrados, como si nadie lo estuviera viendo.

Se me heló la sangre.

—Y cuando terminó —siguió la voz—, se acercó a mí y me dijo algo que no me esperaba.

Me dijo que su talento era hacerme reír.

Y yo, que llevaba meses sin reír de a deveras, me reí hasta que me dolió la panza.

Y pensé: qué suerte, que alguien haga de eso su talento.

Hacer reír a alguien. Qué oficio tan bonito.

El mundo se detuvo.

No. No podía ser. No podía ser ella. La doctora Corazón hablaba de un karaoke, de un hombre que cantó mal, de una frase que yo le había dicho a una sola persona en toda mi vida.

"¿Sabe cuál es mi talento? Hacerla reír.

" Se lo dije a ella. Solo a ella. En la barra de la taquería, el sábado por la noche, mientras el barrio cantaba y nadie nos oía.

Y ahora esa frase estaba en el podcast de la doctora Corazón, que tenía miles de oyentes, y que yo estaba escuchando en mi departamento, con el café derramándose en la mano.

La taquera es la doctora.

Marisol es la doctora Corazón.

La mujer que me sirve el mejor taco de mi vida es la misma que da consejos de amor a todo México.

La que me hace reír en la banqueta es la que cura corazones rotos en el micrófono.

La que me mira con esos ojos cansados y bonitos es la voz que me acompaña todas las noches, la que dice "aquí se cura" como quien dice una oración.

Y yo soy el hombre que la hundió.

Se me cayó el café. Me quedé sentado en el sillón, temblando, con el teléfono en la mano, repasando todo: el episodio del lunes, el de los clientes que miran como platos.

El episodio del domingo, el de los que ayudan a cerrar.

Las frases que me sonaban conocidas. Las voces que no me atrevía a juntar.

Todo estaba ahí, todo el tiempo, y yo no había querido verlo. O no había querido aceptarlo.

Porque aceptarlo era esto: que la mujer de la que me estaba enamorando era la misma a la que yo le había arruinado la vida.

La doctora Corazón. La que se volvió viral defendiendo a los que opinan sin amar la comida —defendiéndose de mí, de mi programa, de mi especial.

La que lloró en el micrófono hablando del que se queda —porque ella se quedó, cuando su ex se fue.

La que en una sola noche se hizo tan famosa con una frase que hasta los taxistas la repetían, mientras mi programa seguía burlándose de ella.

La que le dijo al mundo, sin nombre, sin cara, que un hombre le había confesado que su talento era hacerla reír.

Y ese hombre era yo.

Me acordé de todo, de golpe, como quien abre una puerta y encuentra la casa llena de cosas que no recordaba haber comprado: la noche que la conocí, cuando me dio el suadero sin conocerme y me dijo que el amor era como la carne, que había que darle su tiempo.

La voz del podcast diciendo casi lo mismo, semanas después, y yo pensando "qué casualidad".

La reseña que escribí hace ocho meses, la que la hundió, y el episodio de la doctora sobre los críticos que opinan sin amar la comida, el que el barrio entero aplaudió.

La feria, donde la vi triunfar a treinta metros sin atreverme a acercarme.

El ramo de alcatraces, que mandé sin firmar, con el papel periódico y el moño de rafia.

Y el karaoke. La noche en que canté mal frente a medio barrio solo para verla reír, y en que le dije, bajito, que mi talento era hacerla reír. La noche en que ella me guardó el último taco, sin saber que me estaba guardando a mí también.

Todo. Todo era ella. Y todo era yo.

—No —dije en voz alta, en mi departamento vacío—. No puede ser.

Pero sí podía. Y era. Y todo lo que había construido con ella —la mesa del rincón, las alcatraces, el karaoke, la risa en la banqueta—, todo eso era una mentira con mis iniciales.

Y lo peor no era la mentira. Lo peor era que la mentira me había dado lo más bonito que había tenido en años: a ella, de las once a las doce, sin que supiera quién era yo. Y yo no sabía si, al decirle la verdad, iba a perder solo su confianza, o iba a perder también esas once y doce.

Pensé en mi papá, en su "qué vergüenza" del otro día, y por primera vez entendí que no me daba vergüenza perseguirla: me daba vergüenza no decírselo de frente. Porque mi papá nunca lo entendería —él, que opinaba de todo sin probar nada—: que a veces el que reseña, también se come el plato.

Me quedé mucho rato sentado, con el café frío en la pierna y el teléfono apagado, pensando en lo que debía hacer.

Decírselo. Ir ahora mismo a la taquería —no, está cerrada, es domingo—.

Esperar a mañana y decírselo. Decirle: "soy R.

, soy el crítico, soy el que te hundió, y me enamoré de ti mintiéndote".

Pero no pude. No esa noche.

Esa noche, lo único que pude hacer fue quedarme sentado en el sillón, con el peso del secreto encima, sintiendo que la mentira que yo mismo había sembrado me estaba creciendo por dentro, como una planta que ya no podía arrancar.

No se lo dije a nadie. Ni a Memo. Porque si se lo decía a Memo, Memo me iba a obligar a hacer algo, y yo no estaba listo para hacer nada. Todavía no.

—Mañana —me dije, como me decía todas las noches desde hacía semanas—. Mañana se lo digo.

Pero esa noche, por primera vez, la promesa me sonó a lo que era: a una mentira más. A la mentira más grande de todas.

Porque yo ya sabía, en el fondo, que no iba a decírselo mañana. Que iba a seguir yendo a la taquería, a la mesa del rincón, a comerme mi suadero y a verla sonreír, con el secreto creciéndome adentro, noche a noche, hasta que fuera demasiado tarde.

Y que cuando ella lo descubriera —porque lo iba a descubrir, siempre se descubre—, me iba a mirar como se mira al hombre que la hundió.

Y yo, que ya la quería, iba a merecer esa mirada.

Me quedé despierto hasta muy tarde, con el episodio en pausa en el teléfono, mirando el techo.

A veces pensaba en ir esa misma noche a tocarle la puerta.

A veces pensaba en desaparecer, en dejar de ir a la taquería, en dejar que el tiempo se comiera la mentira.

A veces pensaba en lo que diría Memo, en lo que diría mi papá, en lo que diría el público cuando supiera que el crítico que se burló de la doctora era el mismo que se comía sus tacos todas las noches.

Y todas las veces, al final, volvía a lo mismo: a su risa, a la mesa del rincón, al suadero con su salsa, a las once de la noche.

A ella.

—Mañana —me dije, cuando el reloj pasó de las dos de la mañana—. Mañana se lo digo.

Y me quedé despierto, viendo el techo, con la mentira puesta, como quien duerme con la ropa de trabajo: sabiendo que al día siguiente iba a tener que quitársela. O que iba a tener que decírsela de una vez.