Tacos de desamor Capítulo 22 — La noche del karaoke
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Capítulo 22 — La noche del karaoke

El sábado, Don Beto cumplió años, y el barrio entero lo celebró en la Doctora.

—¡Cincuenta y nueve! —gritó Don Beto, con el sombrero de cumpleaños puesto sobre el pelo canoso, y el barrio entero aplaudió—. ¡Cincuenta y nueve años de vender jitomates y de aguantar a mi yerno!

—¡Salud, don Beto! —gritó Luz, y le puso el pastel en la mesa, uno que le compramos entre todos, con velas de plástico que se rehusaban a prender.

—¡Pídase un deseo, don Beto! —gritó alguien.

—¡Ya estoy muy grande para deseos! —gritó él, pero cerró los ojos igual, y sopló, y las velas no se apagaron todas, y el barrio entero aplaudió de todas formas, porque en este barrio los deseos se aplauden aunque no se cumplan.

—¿Qué pidió? —le preguntó Luz.

—Si lo digo, no se cumple —dijo Don Beto, y me miró a mí un segundo, un segundo nada más, con una sonrisa que no supe leer.

Y yo, desde la barra, pensé que los deseos de Don Beto siempre tenían que ver con el barrio, y que esa noche, con la taquería llena y el karaoke encendido, el barrio entero estaba cumpliéndole el deseo sin saberlo.

La taquería se llenó como en los mejores sábados: mesas juntas, sillas prestadas, el radio a todo volumen y, en la esquina, el karaoke que Don Beto insistió en rentar "porque a esta edad uno ya no pide regalos, pide desmadre".

Y el barrio, que no necesita que le pidan dos veces, se formó para cantar.

Cantó Doña Meche, con una ranchera que le salió de las entrañas y que terminó con medio barrio llorando.

Cantó Luz, que no tiene voz pero tiene valor, y desafinó con tanta convicción que fue un éxito.

Cantó el carnicero de la esquina, que se sabe todas las canciones de memoria pero ninguna en el tono correcto.

Cantó hasta mi abuela, que se levantó del banquito, tomó el micrófono, y cantó una de las de antes, de esas que hablan de amores perdidos, con la voz ronca y los ojos cerrados, y nadie se rió, porque cuando canta mi abuela, hasta el radio se calla.

—¡Y ahora —gritó Don Beto, señalando la mesa del rincón—, el joven misterioso! ¡El de las once! ¡A ver si nomás viene a comer!

El señor de las once levantó la vista, con los ojos grandes, como un venado en los faros.

—Yo no canto —dijo.

—¡Todos cantan! —gritó el barrio entero.

—Yo no.

—¡Es su cumpleaños! —gritó Luz—. ¡No le haga esto a Don Beto!

—Yo no canto —repitió él, pero ya se veía perdido, porque el barrio entero lo rodeaba, y Don Beto le ponía el micrófono en la mano, y hasta mi abuela lo miró con esa cara de "cante, mijo, que aquí no se hace más que eso".

Yo, desde la barra, me moría de risa viéndolo negociar: primero dijo que no sabía la letra, luego que tenía que irse temprano, luego que le dolía la garganta.

Cada excusa era peor que la anterior, y el barrio, que no se rinde, la tumbaba una por una.

"¡Todas las excusas son mentira, joven! ¡Aquí se canta y ya! ", gritó Don Beto.

Tomó el micrófono. Lo sostuvo como quien sostiene un animal peligroso. Y cuando empezó la música —una de esas rancheras que todo mundo se sabe—, el señor de las once abrió la boca y cantó.

Y cantó mal.

Mal de a deveras, de esos que desafinan hasta el estribillo.

Pero cantó con el corazón, con la cara roja, con los ojos cerrados, como si nadie lo estuviera viendo, como si en ese momento no importara nada más en el mundo que terminar la canción.

Y el barrio, que al principio se rio, dejó de reírse y empezó a aplaudirle el valor.

Yo, desde la barra, me moría de risa. No de burla: de esa risa que te agarra por sorpresa y no te suelta, de la que te dobla, de la que te hace doler la panza.

Porque el señor de las once, el misterioso, el de traje y corbata, estaba parado en medio de la taquería cantando una ranchera con la peor voz de la historia, y era lo más bonito que había visto en meses.

Cuando terminó, el barrio entero aplaudió. Él hizo una reverencia torpe, con la cara colorada, y me buscó con la mirada entre la gente.

Y yo, desde la barra, le aplaudí con todas mis fuerzas.

Más tarde, cuando la fiesta empezaba a bajar y Don Beto se había quedado dormido en su silla, con el sombrero de cumpleaños puesto y la sonrisa de felicidad intacta, él se acercó a la barra, con el pelo revuelto y la camisa desabotonada del calor.

—No se ría —dijo, pero se estaba riendo él también.

—No me río —dije, y me estaba muriendo de risa por dentro—. Cantó muy bonito.

—Mentira.

—Bueno —dije—. Cantó con valor. Que es más de lo que hace la mayoría.

—La mayoría no lo vio cantar —dijo él—. La mayoría se esconde.

—¿Y usted por qué no se esconde?

—Porque —dijo él, y se quedó pensando, con esa seriedad suya de siempre—, con usted no me sale. Aquí, en esta taquería, se me olvida que tengo cosas que esconder.

Se me hizo un nudo en la garganta. Una cosa era que me dijera que le gustaba mi suadero. Otra, muy distinta, era que me dijera que conmigo se le olvidaba esconderse.

—Eso es bonito —dije, y la voz me salió bajita.

—¿Sabe cuál es mi talento? —dijo él, y bajó la voz, casi un susurro, para que nadie más lo oyera—. Hacerla reír.

Se me hizo un nudo más grande.

—¿Cómo dice?

—Hacerla reír —repitió él, y esta vez no se le escapó la media sonrisa: se le quedó puesta, entera—. Es lo único que sé hacer bien. Y con usted, funciona.

—¿Y desde cuándo sabe que es su talento?

—Desde hace un rato —dijo él—. Desde que la vi reírse en una banqueta a las doce de la noche. Ahí supe que era eso.

Me quedé sin palabras. Yo, que siempre tengo palabras, me quedé sin palabras, parada detrás de la barra de mi propia taquería, con el corazón haciendo un desmadre que no tenía nombre.

—Oiga —dije al fin, para decir algo, para no ahogarme—. Ya casi no queda nada de comer, pero le guardé su taco. Su suadero, con su salsa, como a usted le gusta.

—¿Me lo guardó? —dijo él, y se le iluminó la cara.

—Claro —dije—. Quien te quiere, te guarda el último taco.

Se quedó viéndome un momento, con esa mirada suya que todo lo ve, y luego dijo, bajito:

—Entonces ya sé cómo se siente.

—¿Cómo se siente qué?

—Que te quieran —dijo él. Y se fue a la mesa del rincón, a comerse su último taco, el que le había guardado.

Me quedé parada detrás de la barra, con el trapo en la mano, viéndolo comer, con la taquería llena de gente cantando y de risas y de cumpleaños, y pensé que esa noche, esa noche de karaoke y de rancheras desafinadas, había sido la más bonita en mucho tiempo.

No sabía que yo, sin darme cuenta, le había contado al mundo —a su mundo— el secreto más grande de mi vida.