Tacos de desamor Capítulo 21 — El favor
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Capítulo 21 — El favor

El miércoles, la Doctora amaneció con una reseña nueva.

Me enteré por Luz, que entró corriendo a la cocina con el celular en la mano, como si le hubieran avisado que ganamos la lotería.

—¡PRIMA! —gritó, y el grito se oyó hasta en la calle—. ¡PRIMA, MIRA ESTO!

—¿Qué? —dije, con el cucharón en la mano—. ¿Otra vez el crítico?

—¡No! ¡Al contrario! ¡Mira!

Me enseñó el celular, y yo leí, y se me cayó el cucharón.

Cinco estrellas. Cinco. De un crítico famoso, de los de a deveras, de los que salen en la tele y tienen nombre y apellido. Salvador Ortega. Y la reseña decía, entre otras cosas:

*He vuelto a la colonia Doctores con la memoria llena de prejuicios y el estómago vacío de razones.

Me voy con el estómago lleno y los prejuicios vacíos.

El suadero de La Doctora es de los mejores de la ciudad: dorado por fuera, jugoso por dentro, con un punto de grasa que se deshace como debe.

La salsa tiene un equilibrio que no se encuentra ni en los restaurantes de mantelería.

Si alguien me hubiera dicho que el mejor taco de mi vida estaba en la esquina de Dr. Balmis con Dr. Navarro, no le habría creído. Ahora lo digo yo.*

Lo leí tres veces. Tres veces, con el cucharón en el suelo y el corazón latiéndome fuerte, porque no me lo podía creer.

Yo llevaba ocho meses enteros escuchando que mi comida "sabía a desamor", ocho meses enteros viendo las mesas vacías y las cuentas que no cerraban, ocho meses enteros preguntándome si la reseña que me hundió tenía razón.

Y ahora, de la nada, un crítico de los de a deveras decía que mi suadero era de los mejores de la ciudad.

—¿Quién es este señor? —pregunté, y mi voz salió rara.

—¡Un crítico famoso, prima! ¡De los de a deveras! ¡Y le dio cinco estrellas a la Doctora!

—¿Y por qué?

—¿Y por qué qué?

—¿Por qué vino? ¿Por qué ahora? ¿Quién lo mandó?

Luz me miró, y luego se encogió de hombros.

—¿Y eso qué importa? ¡Vino, probó, y le gustó! ¡Los milagros existen, prima!

—Los milagros no existen —dije, y la voz me salió seria—. Los milagros tienen dueño.

La noticia corrió por el barrio como pólvora.

Don Beto llegó con su caja de jitomates y su celular, leyendo la reseña en voz alta para quien quisiera oírla.

Doña Meche vino con un ramo de flores "para celebrar".

Hasta los clientes de la tarde, los que llevaban meses sin venir, empezaron a regresar, con la reseña en la mano y una sonrisa de "yo siempre supe que aquí estaba bueno".

—¿Ya vio, mija? —me dijo Don Beto, con los brazos cruzados, viendo la fila que se formaba afuera—. Los milagros en este barrio tienen dueño.

—¿Y quién es el dueño, don Beto?

—Pos no sé —dijo él, con esa sonrisa de gato que me conocía—. Pero los milagros no llegan solos. Alguien los pide. Alguien los paga. Alguien… los encarga.

—¿Y usted cree que un milagro se puede encargar? —pregunté, y no sé por qué lo pregunté—. ¿Como quien encarga un pastel?

—Mija —dijo Don Beto, y se quitó el sombrero, como hacía cuando iba a decir algo serio—.

Yo llevo cuarenta años vendiendo jitomates.

Y le voy a decir una cosa: los jitomates no se dan solos.

Alguien los siembra, alguien los riega, alguien los cuida de las plagas.

Los milagros son igual. Alguien los siembra.

—¿Y quién sembró este?

—Pos —dijo Don Beto, y se puso el sombrero—. Eso es lo que usted tiene que averiguar. Pero no con el que lo sembró enfrente, porque entonces no es milagro: es favor.

Me quedé con la frase de Don Beto pegada, como la grasa en el mandil. Los milagros tienen dueño. Y yo, que no creo en milagros, me pasé la tarde preguntándome quién había encargado el mío.

Esa noche, con la taquería cerrada y el micrófono en la mano, no pude evitar contarlo en el podcast. No con nombres, no con lugares —como siempre—, pero sí con el asombro a flor de piel.

—Buenas noches, corazones rotos —dije—. Hoy me pasó algo raro.

Alguien, desde la sombra, hizo algo bueno por mí.

Algo que no me pidió nada a cambio. Y no sé quién fue, ni por qué, ni qué espera.

Pero les voy a decir una cosa: el bien que se hace sin nombre, se siente más fuerte.

Porque no viene con letrero. Viene con esa puntada en el pecho de saber que alguien te vio sin que tú lo vieras.

—Y recuerden: aquí se cura.

Apagué el micrófono y me quedé pensando, en la taquería vacía, con el olor de la cebolla en el aire.

Y pensé en mi abuela, y en Don Beto, y en la frase que me habían dejado sembrada: los milagros tienen dueño. Y en que yo, que le pedía a mis corazones rotos que confiaran en el amor sin pruebas, no era capaz de confiar en un milagro con dueño.

—Hipócrita —me dije, en voz baja, en la taquería vacía—. Nomás hipócrita.

Y esa noche, cuando el señor de las once llegó a su hora de siempre, me le quedé viendo un momento, con las alcatraces todavía en la barra y la reseña de Salvador Ortega en la memoria.

—¿Usted sabe algo de esto? —le pregunté, sin rodeos.

—¿De qué? —dijo él, con esa cara de inocente que ya le conocía.

—De la reseña. De Salvador Ortega. De los milagros que tienen dueño.

Él se quedó callado un momento. Vi que le temblaba un poco la mano cuando se ajustó los lentes, y que no me miraba a los ojos, y que esa noche, por primera vez en semanas, no me preguntó cómo estaba yo, ni me contó nada de su día. Estaba distinto. Estaba… nervioso.

—¿Y usted qué cree? —dijo al fin.

—Creo que los milagros no llegan solos —dije—. Y que el que los encarga, tarde o temprano se descubre. Como los mensajeros de flores.

—Pues —dijo él, y se le escapó una sonrisa—, cuando se descubra, que le vaya bien. Porque si hizo algo bueno por usted, es porque se lo merece.

—¿Y si lo hizo por culpa? —pregunté, sin saber por qué lo pregunté—. ¿Y si lo hizo para pagar algo que debe?

Él se quedó muy quieto. La sonrisa se le fue apagando, despacio, como se apaga una plancha cuando le cortas el gas.

—Entonces —dijo, bajito—, espero que le alcance para pagarlo.

Y se comió su taco, y yo lo vi comer, con la reseña de Salvador Ortega dándome vueltas en la cabeza, y una sensación rara en el pecho, como si estuviera a punto de descubrir algo que no estaba segura de querer descubrir.

Cuando se fue, me quedé detrás de la barra, viendo la calle por donde se había ido, y me di cuenta de algo: que esa noche, por primera vez, no le había dicho "hasta mañana". Y él tampoco.

Como si los dos supiéramos que el "mañana" se estaba acabando.

Los milagros tienen dueño.

Y yo, por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo de conocer al dueño del mío.