Capítulo 20 — La cata
—Necesito que pruebes una taquería —le dije a Salvador el martes, en la cafetería donde nos juntamos a hablar de comida, que es lo único que hacemos cuando nos juntamos.
—Nada —mentí—. Nada especial. Nomás que… oí que es buena. La Doctora, en la Doctores. Dicen que el suadero es de otro nivel.
—¿La Doctora? —Salvador se quedó pensando, y luego sus ojos se hicieron grandes—. ¿La Doctora? ¿La que reseñaste hace ocho meses? ¿La de "sabe a desamor"?
Se me hizo un nudo en la garganta. Lo había ensayado, claro que lo había ensayado, pero oírlo en voz alta, dicho por otra persona, era otra cosa. Era como oír mi sentencia.
—Sí —dije—. Esa.
—¿Y me pides que la pruebe porque…?
—Porque quiero que la reseñes —dije, y solté la mentira que había estado ensayando—. Quiero que la reseñes tú. Con tu nombre. Con tu criterio. Porque… me equivoqué con esa taquería, Salvador. Me equivoqué feo. Y quiero que alguien de verdad le haga justicia.
—¿Tú? —Salvador se recargó en la silla, con los brazos cruzados, y me vio de arriba abajo—.
¿Tú diciendo que te equivocaste? ¿En serio?
Yo conozco a Emiliano Rivas desde que éramos niños, y nunca, nunca lo he oído decir "me equivoqué" de una reseña.
Ni una sola vez. Has defendido reseñas que escribiste con fiebre. ¿Qué pasó?
—Pasó que me equivoqué —dije—. Y ya.
—No me digas "y ya" —dijo Salvador—. Dime qué pasó.
—Pasó que la conocí —dije, y la verdad se me salió sin pedir permiso—. La conocí sin tener idea de que era ella. Y me cayó bien. Y me cayó mejor. Y ahora… ahora ya no puedo seguir con la mentira.
Salvador me vio un buen rato, con esa calma suya de hombre que ha visto muchas cosas, y luego asintió, despacio.
—Ya decía yo —dijo—. Cuando me dijiste lo de la reseña, pensé: este cabrón no se arrepiente de nada. Tiene que ser otra cosa. Y es esa. Es ella.
—Es ella —repetí, y la palabra me pesó y me alivió al mismo tiempo.
—Y ella no sabe quién eres.
—No.
—¿Y qué piensas hacer?
—No lo sé —dije—. Por eso te pedí la reseña. Para arreglar el daño, aunque sea por fuera. Para que el negocio esté bien. Para que ella esté bien. Y luego… luego ya veré.
—¿Y luego ya verás? —dijo Salvador, y sacudió la cabeza—. Tú no eres de los que "ya ven". Tú eres de los que planean todo. Y me dices "ya veré", y eso, carnal, me dice que tienes más miedo del que me estás enseñando.
—Sí —dije, bajito—. Tengo miedo.
—Pues bien —dijo Salvador, y se levantó—. El miedo es bueno. El miedo es el que te dice que esto sí te importa. Lo malo es cuando el miedo te gana y te quedas callado. Y tú, Emiliano, llevas ocho meses callado.
Se puso el saco, y en la puerta de la cafetería se volteó a verme.
—La reseña te la hago —dijo—. Pero no por ti. Por ella, y por el suadero, que se lo merece. Y tú… tú piensa en lo que te dije. El que ayuda a escondidas, tarde o temprano tiene que decir por qué ayuda.
—¿Y si me odia? —pregunté, y la pregunta me salió sin filtro, con la voz rara de los que piden perdón antes de tiempo—. ¿Y si cuando sepa quién soy, me odia?
Salvador se quedó un momento en la puerta, con el saco a medio poner, y me vio con esa calma suya.
—Pues entonces la pierdes —dijo—. Y vas a merecer perderla, si la pierdes por eso. Pero también la puedes perder por no decírselo. Y esa, carnal, no la mereces ni tú ni ella.
Y se fue, caminando por la calle con esa calma suya de hombre que ha vivido suficiente para no tener prisa.
Esa misma noche, Salvador fue a la Doctora. No me dijo a qué hora, ni qué pidió, ni cuánto se quedó. Me enteré por el resultado.
—Ya la probé —me dijo por teléfono, esa misma tarde, con esa voz suya que no delata nada—. Y te voy a decir una cosa, Emiliano.
—Dime.
—Que eres un pendejo.
—¿Cómo?
—Ese suadero es de los mejores que he probado en años —dijo Salvador—.
La salsa tiene un punto que no se encuentra ni en los restaurantes de tu papá.
La tortilla, caliente y hecha a mano, se deshace en la boca como debe.
Y la taquera… la taquera es de otro nivel, carnal.
No sé cómo pudiste escribir lo que escribiste. Y no sé cómo puedes vivir con eso.
Me quedé callado, con el teléfono en la mano, con el corazón latiéndome fuerte. No me había insultado nadie tan bonito en toda mi vida.
—¿Y la conociste? —pregunté, bajito—. ¿Le hablaste?
—La conocí y le hablé —dijo Salvador—. Le pregunté por su suadero, me dijo que era de las partes nobles, que hay que darle su tiempo, que el fuego no se apura.
Y me contó que una vez un crítico la hundió con una reseña que no era justa, y que desde entonces el negocio anda de capa caída.
Me lo contó sin coraje, ¿sabes? Con una tristeza tranquila.
Como quien cuenta una historia que ya no le duele, pero que todavía le pesa.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que el crítico era un pendejo —dijo Salvador—. Y ella se rio, y me dijo que ya éramos dos.
—¿Dos qué?
—Dos pendejos —dijo Salvador—. Yo, por no haber ido antes. Y el crítico, por no saber lo que tenía enfrente.
—¿Y qué más?
—Nada más —dijo Salvador—. Me comí tres tacos, pagué, y me fui. Pero te voy a decir una cosa, Emiliano: esa mujer no está rota. Está remendada. Y los que están remendados, cuando vuelven a querer, quieren de verdad. Así que piensa bien lo que vas a hacer, porque esa mujer no merece otra remendada.
—La voy a reseñar —dijo Salvador—. Con cinco estrellas. Porque la taquería se lo merece.
—¿Y yo? —pregunté, bajito—. ¿Qué me toca a mí?
—A ti te toca lo que has estado haciendo —dijo Salvador—. Seguir viniendo. Seguir viéndola. Y cuando tengas los huevos de decirle la verdad, decírsela. Pero no me metas en tus líos otra vez, ¿me oíste? Yo nomás vine a probar un taco.
—Gracias, Salvador.
—No me agradezcas —dijo él—. Agradécele a ella, que cocina como los dioses. Y si algún día la pierdes por tu culpa, no digas que no te lo advirtieron.
Colgó. Me quedé en mi departamento, con el teléfono en la mano, y por primera vez en mucho tiempo sentí que algo se movía en la dirección correcta.
Al día siguiente, miércoles, la reseña de Salvador salió publicada. Cinco estrellas. Y yo, desde mi departamento, con el celular en la mano, vi la notificación y pensé que ojalá ella la leyera.
Ojalá supiera, aunque fuera por un ratito, que alguien de verdad la estaba viendo.