Capítulo 19 — El ramo anónimo
El lunes, el señor de las once llegó con flores.
No llegó con flores de esas de florero de supermercado: llegó con un ramo de Doña Meche, la de las flores, la que vende "ramos para crudas del alma" en la esquina de Dr. Navarro. Un ramo de alcatraces, blancos, envueltos en papel periódico, con un moño de rafia que solo Doña Meche sabe hacer.
—¿Esto qué es? —le pregunté, con el trapo en la mano, viendo el ramo como si fuera un objeto sospechoso.
—Flores —dijo él, con esa seriedad suya—. De un admirador.
—¿De un admirador? ¿Y quién es el admirador?
—No sé —dijo él, y se le escapó esa media sonrisa que ya conocía—. Nomás me encargaron que se las diera. Yo soy el mensajero.
—¿El mensajero no sabe quién las manda?
—El mensajero sabe muchas cosas —dijo él, y me miró un segundo de más—. Pero no las dice. Es parte del código de los mensajeros.
Me quedé viendo el ramo, con las alcatraces blancas y el papel periódico, y sentí algo raro en el pecho, algo que no sentía desde hacía mucho, algo que no quería sentir.
—¿Y por qué alcatraces? —pregunté, porque las alcatraces son las flores de mi abuela, las que ella compraba en el mercado los sábados, las que puso en el altar cuando se murió mi mamá. Nadie me había regalado alcatraces nunca, fuera de mi abuela.
—No sé —dijo él—. Dijo el admirador que le quedaban bien. Que le quedaban a usted.
Y se sentó en la mesa del rincón, y pidió su suadero, y se comió su taco como si no acabara de entregarme un ramo de flores de parte de un misterioso admirador que, según Luz, tenía su misma cara.
—¡Es él, es él, es él! —gritó Luz en la cocina, en cuanto él se fue, con el ramo en las manos como si fuera una prueba del crimen—. ¡El de las once te mandó flores! ¡Es él!
—No seas tonta —dije, pero la voz me salió menos segura de lo que quería.
—¿Tonta yo? Mija, ¿quién más te va a mandar alcatraces? ¿Don Beto? ¿El de los jitomates? ¿Doña Meche, que no le regala flores a nadie porque cobra hasta el moño? Nadie más, prima. Nadie más.
—A lo mejor es un cliente agradecido.
—¿Un cliente agradecido manda flores ANÓNIMAS a las once de la noche, por medio del tipo que viene todos los días a verte, y que se queda media hora más después de comerse su taco? —Luz me miró con esa cara de "no me hagas decirlo"—. Prima, el mensajero es el admirador. Es EL. Es él.
—No seas tonta —repetí, y esta vez sí me salió con fuerza, porque necesitaba creérmelo.
Pero Luz no me dejó creérmelo. Se quedó un rato más en la cocina, acomodando las alcatraces en un vaso de agua, como si fueran un paciente recién llegado a la sala de urgencias, y luego me dijo, con una voz que no era la suya:
—¿Y qué vas a hacer?
—¿Hacer qué?
—Cuando se lo agradezcas —dijo Luz—. Porque un hombre que te manda flores sin firmar, no espera que le digas gracias. Espera que lo veas.
—¿Que lo vea cómo?
—Que lo veas como lo que es, prima. —Luz me dio el vaso con las flores—. Como el que te está buscando sin decirte que te está buscando.
Pero esa noche, con las alcatraces en un vaso de agua sobre la barra de la taquería, no pude dejar de mirarlas. Blancas, frescas, oliendo a algo que no sabía nombrar. Mi abuela las vio, se quedó viéndolas un momento, y luego dijo, sin mirarme:
—Alcatraces. Esas no las manda cualquiera.
—¿Por qué dice eso, abuela?
—Porque las alcatraces son para la gente que uno ve de lejos —dijo ella, y volvió a su banquito—. Para la que uno admira sin atreverse a tocar.
Me quedé sin aire, con las alcatraces en la mano.
—¿Y eso quién se lo dijo?
—Nadie —dijo mi abuela, sentándose en el banquito, con su quinto de tejido—. Se sabe.
—¿Y usted cree que…? —empecé, y me detuve, porque no sabía cómo terminar la pregunta.
—¿Que si el de las once? —dijo mi abuela, y por primera vez en mucho tiempo la vi sonreír, una sonrisa pequeña, de las que no se gastan—.
Yo no creo nada, mija. Yo nomás veo. Y lo que veo es que ese hombre lleva semanas viniendo a comerse un taco que no necesita, y que hoy mandó flores que no firmó. Eso, para mí, ya es una declaración.
—¿Una declaración de qué?
—De que quiere estar —dijo mi abuela—. Sin decir que quiere estar. Que es como quieren los que tienen miedo.
Me quedé sin palabras, y mi abuela se levantó, con su tejido, y se fue a la casa de atrás, dejándome con las alcatraces en el vaso y la cabeza hecha un nudo.
Esa noche no pude dormir. No por las flores —bueno, sí por las flores—, sino por lo que significaban.
Porque si Luz tenía razón, y si mi abuela también, entonces el señor de las once, el misterioso, el que no dice su nombre, me había mandado flores sin firmarlas.
Y eso era, no sé, demasiado. Demasiado bonito. Demasiado como para ser verdad.
—A lo mejor es un cliente agradecido —me dije, acostándome—. A lo mejor es de la feria. Alguien que probó mi suadero y quiso agradecer.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía quién era. Lo sabía desde que vi el papel periódico y el moño de rafia, y el señor de las once parado en la puerta con su sonrisa de siempre, diciendo "el mensajero sabe muchas cosas, pero no las dice".
—Mensajero —me dije, y me reí sola en la oscuridad de mi departamento—. Mensajero de qué.
Al otro día, el martes, el señor de las once no llegó a las once.
Llegó a las once y media, con el pelo revuelto y cara de haber tenido un día largo, y yo, que había estado mirando el reloj desde las diez —sin querer, sin querer de a deveras—, le serví su suadero sin decir nada, con las alcatraces todavía en la barra, mirándonos a los dos.
Él las vio. Se quedó un momento en silencio. Y luego dijo, bajito, sin mirarme:
—¿Le gustaron?
—No sé —dije, con el corazón brincándome—. No sé de quién son.
—Pues… —dijo él, y se quedó con la frase a medio decir, como si hubiera querido decir algo y se hubiera arrepentido—. Pues que le gusten. Sean de quien sean.
—¿Y usted cree que me las mandó él? —pregunté, y no sé de dónde me salió la pregunta—. El admirador, digo.
—Pues… —dijo él, y por un segundo lo vi dudar, como si estuviera a punto de decir algo y se hubiera arrepentido a la mitad—. No sé. A lo mejor sí. A lo mejor nomás quería que usted supiera que alguien la ve.
—¿Y para qué quiere que sepa eso?
—Porque —dijo él, y esta vez no se le escapó: me miró de frente, y yo sentí que el piso se me movía—, hay gente que merece saber que la ven. Aunque no se atreva a decírselo de frente.
Me quedé sin palabras, con las alcatraces entre los dos, y él se comió su taco, y yo lo vi comer, y ninguno de los dos dijo nada más, pero los dos supimos que esa conversación había sido otra cosa.
—Son bonitas —dije al fin, bajito.
—Sí —dijo él, y se le escapó la sonrisa más grande que le había visto en semanas—. Son muy bonitas.