Capítulo 18 — La feria
La vi todo el día.
Eso fue lo peor, y lo mejor, de la feria: que la vi todo el día, a cinco metros, sin que ella se diera cuenta.
Bueno, sin que supiera que la veía. A veces levantaba la vista y miraba hacia la multitud, como buscando a alguien, y yo me escondía detrás de un puesto o me daba la vuelta, con el corazón desbocado, como un adolescente.
A las doce, se le acabó el hielo y la vi salir corriendo, con el delantal puesto, a comprar más al puesto de la esquina.
A la una, la vi regañar a Luz con el cucharón porque se le había quemado una orden.
A las dos, la vi sentarse por primera vez en todo el día, en una silla de plástico detrás de su puesto, con los ojos cerrados, cinco minutos, y levantarse como si nada.
A las tres, la vi servirle un taco a un niño que no traía dinero, y negar con la cabeza cuando la mamá quiso pagarle después.
A las cuatro, la vi reírse con una comadre, con esa risa de verdad que yo conocía de la banqueta, y pensé que la risa más bonita de la ciudad estaba en la alameda, detrás de una plancha, sin que nadie la viera.
A las cuatro y media, pasó algo que me partió en dos.
La vi levantar la vista, justo en mi dirección, y por un segundo, un segundo nada más, creí que me había visto.
Se quedó mirando hacia donde yo estaba, con esa mirada suya de escudriñar, y yo me quedé paralizado, con el corazón en la garganta, sin saber si saludar, esconderme o echarme a correr.
Pero luego ella volvió la cabeza, llamada por un pedido, y yo respiré, y me di cuenta de que había estado aguantando la respiración sin saberlo.
—¿Te sientes bien? —me preguntó uno de los jurados, un señor mayor con lentes—. Estás muy pálido.
—El sol —dije—. Es el sol.
El señor me miró, y luego miró hacia el puesto de la lona roja, y luego me miró a mí otra vez, y no dijo nada, pero yo supe que había visto algo. Los viejos de la comida siempre ven todo.
Yo hice mi trabajo de jurado. Probé puestos, califiqué, sonreí para las fotos. Pero todo el tiempo, como un imán, mis ojos volvían a la lona roja.
A las cinco, cuando el evento empezaba a terminar, pasó lo que tenía que pasar: se acabaron las tortillas.
La vi a ella con las manos en la cabeza, a Luz corriendo, al puesto a punto de cerrar temprano.
Y me vi a mí, parado a cinco metros, con las manos en los bolsillos, queriendo acercarme a ayudar.
Queriendo.
No pude. No me acerqué. Me quedé a cinco metros, viéndola resolver el desmadre sola —porque la vi negociar con el puesto de al lado, conseguir tortillas prestadas, y salvar el día con las uñas—, y pensé que esa mujer no necesitaba que nadie la salvara.
Esa mujer era mejor que yo. Y yo la había hundido.
Cuando el evento terminó, la vi empezar a recoger su puesto. Guardé mis cosas, me despedí de Salvador, y me fui caminando, sin mirar atrás, con el traje oliendo a feria y el alma hecha un nudo. No me acerqué. No le hablé. No la vi de cerca.
Me fui sin que se diera cuenta.
En el camino de regreso, me detuve en un puesto de esquina a comprar un refresco, y me quedé parado en la banqueta, viendo la alameda que se iba vaciando, pensando en ella.
En cómo se había quedado sin tortillas y había resuelto el desmadre sola.
En cómo le había servido un taco a un niño sin cobrarle.
En cómo se reía con los ojos cerrados, como si no hubiera nadie más en el mundo.
—Estás bien pendejo, Emiliano —me dije en voz baja—. Estás bien pendejo.
Y a las once de la noche, como todas las noches, estaba parado en la puerta de la taquería.
—Llegó el de las once —gritó Luz desde la cocina, y ella me sonrió desde la plancha, cansada pero entera, con el paliacate rojo un poco torcido.
—¿Y usted? —le dije, sentándome en la mesa del rincón—. ¿Cómo le fue en la feria? No fui, pero me dijeron que anduvo de manteles largos.
—¡Ay! —dijo ella, y se le iluminó la cara—. Fue un desmadre, pero de los buenos. Vendimos hasta la última tortilla. Bueno, casi: se nos acabaron a las cinco, pero la del puesto de al lado me prestó. El barrio es así: se mata por uno.
—¿Y el jurado? —pregunté, con una voz que no reconocí, y esperé—. ¿Qué tal los críticos?
—Fíjese que hubo uno que me dio cosa —dijo ella, sirviéndome el suadero—. Un jurado, de traje, que se la pasó todo el día mirándome. Pero no de cliente, ¿sabe? De esos que miran como si te estuvieran calificando. Me dio un aire raro. Como si me conociera y no me quisiera saludar.
Se me cayó el corazón a los pies. Se me cayó, y lo recogí, y seguí sonriendo.
—¿Un jurado la miraba? —dije, y mi voz sonó normal, casi aburrida, como si no me importara—. A lo mejor le gustó su suadero.
—Pues que lo venga a decir —dijo ella, y se rió—. Los críticos nomás miran de lejos y luego escriben. Nunca se acercan a decirle a uno las cosas de frente.
—A lo mejor no se atrevió —dije, y la frase se me escapó sin que pudiera detenerla—. A lo mejor tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que usted lo viera bien de cerca —dije, y supe que había dicho demasiado—. Digo. Los críticos son así. Puro misterio.
—Puro misterio, dice —dijo ella, y me miró de una manera que me llegó hasta los huesos—. Como usted, ¿no? Que viene todas las noches, se come su suadero, y nunca me dice cómo se llama.
Me quedé sin aire. Ella siguió sirviendo, sin mirarme, como si no hubiera dicho nada importante.
—Yo sí le digo cómo me llamo —dijo ella, y levantó la vista—. Me llamo Marisol.
—Ya sé —dije, y mi voz salió bajita—. Me lo dijo usted el día que le ayudé a recoger las mesas.
—Ah, ¿y se acuerda?
—Me acuerdo de todo lo que me dice —dije, y me quedé helado, esperando que ella no hubiera notado nada—. Digo. De las cosas que me cuenta. Es un buen recuerdo.
Ella me vio un momento, con esa mirada suya que todo lo ve, y luego se rió, sacudiendo la cabeza.
—Pues que siga con su misterio —dijo—. Yo ya tengo bastante con mis clientes de a deveras.
Y se fue a la plancha, y yo me quedé en la mesa del rincón, con mi suadero y mi mentira, sintiendo que me había ganado el plato más caro del mundo: su confianza, servida caliente, sin saber que yo era el que la miraba desde lejos sin atreverse a decirle la verdad.
Me reí por dentro, como hacía siempre. Y me morí por dentro, como hacía siempre también.
Esa noche, de vuelta en mi departamento, me quedé mucho rato viendo el techo, con el olor a grasa en el traje.
—Mañana —me dije—. Mañana se lo digo.
Pero mañana no llegó. Y al día siguiente, tampoco. Y la mentira siguió creciendo, noche a noche, taco a taco, como una planta que yo mismo regaba con cada visita a la mesa del rincón.