Tacos de desamor Capítulo 17 — El evento
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Capítulo 17 — El evento

El sábado, la ciudad huele a feria.

"Sazón capital" es el evento del año para los que vivimos de la comida: una feria de barrio en la alameda, puestos de toda la ciudad, música, gente, y un jurado de críticos famosos que recorre los stands calificando.

Yo fui invitado, como siempre, a ocupar mi lugar en la mesa del jurado, con mi nombre en una tarjetita y mi opinión como moneda.

La alameda amaneció llena: toldos de colores, banderines, el olor a masa y a carbón mezclado con el de los puestos de juguetes y las algodoneras.

De un lado, los puestos de comida: carnitas de un pueblo del Estado de México, mariscos de Guerrero, quesadillas de la Condesa, barbacoa de Texcoco.

Del otro, el templete con la mesa del jurado, con nuestras tarjetitas en fila y una botella de agua para cada uno, como si fuéramos árbitros de algo que no se puede arbitrar: el gusto.

Debí decir que no. Debí inventar una gripe, un compromiso, una emergencia familiar. Pero no dije que no, porque desde que vi el cartel con la lista de puestos participantes, supe que ella iba a estar.

Y ahí estaba.

Vi el puesto desde lejos, entre la multitud: la lona roja, el letrero pintado a mano que decía TACOS LA DOCTORA, la fila de gente que ya se estaba formando a las diez de la mañana. Y detrás de la plancha, con el paliacate rojo en el pelo y el mandil manchado, estaba ella. Marisol.

Me detuve en seco, a mitad del pasillo de puestos, y me quedé viéndola sin poder moverme.

La organizadora del evento, una mujer con portapapeles y prisa, me tocó el brazo para avisarme que la mesa del jurado estaba al fondo, junto al templete.

Yo le dije que sí, que ya iba, pero no me moví. No podía.

La vi atender con esa rapidez suya que siempre me sorprende: gritando pedidos, volteando tortillas, riéndose con un cliente, regañando a Luz con el cucharón.

La vi en su elemento, y me di cuenta de que nunca la había visto así: en su taquería, de noche, ella es la que cierra, la que se queda, la que me sonríe cansada.

Aquí, en la feria, con el sol y la gente, era otra cosa.

Era la dueña. Era la reina de su propio desmadre.

—¿Emiliano? —dijo Salvador, mi colega, tocándome el hombro—. ¿Estás bien? Te quedaste viendo el puesto de tacos.

—Estoy bien —dije—. Solo… reconocí el letrero. Esa taquería me suena.

—¿La Doctora? —Salvador miró el puesto—. Es famosa en el barrio. Dicen que su dueña es una leyenda. ¿La has probado?

—No —mentí—. Nunca.

Salvador es crítico como yo, pero de los buenos: de los que de verdad aman la comida, de los que se emocionan con un guiso bien hecho.

Es amigo de mi familia desde siempre —mi papá lo respeta, que es más de lo que puedo decir de mí— y a veces pienso que es el único crítico de esta ciudad que no tiene el alma podrida.

—Deberías probarla —dijo Salvador—. Dicen que el suadero es de otro nivel.

—Sí —dije, con el corazón en la garganta—. Dicen.

El evento arrancó. El jurado recorrió los puestos, probando, calificando, sonriendo para las fotos. Yo hice mi trabajo: probé, opiné, califiqué. Pero mis ojos, todo el tiempo, volvían al puesto de la lona roja.

El jurado era un desfile de nombres conocidos: la crítica de un diario nacional, un chef de la Roma con dos estrellas en el saco, el dueño de una cadena de restaurantes que opinaba de todo como si todo fuera su restaurante, y Salvador, que caminaba a mi lado con su libreta y su lápiz, anotando como siempre, sin alarde.

Yo, entre ellos, con mi tarjetita en el bolsillo, fingiendo que probaba con atención cuando en realidad mi atención entera estaba a treinta metros, detrás de una plancha.

Probé las carnitas de Texcoco —buenas, jugosas, con su cuerito— y anoté algo que no recuerdo.

Probé los mariscos de Guerrero —frescos, con su limón— y dije algo que no recuerdo haber dicho.

El chef de la Roma me preguntó mi opinión sobre un guiso de mole, y yo le contesté cualquier cosa, y él asintió, y yo no supe qué había dicho, porque en ese momento ella se había reído con un cliente, con esa risa que yo conocía, y el mundo se me había ido a la mierda por un segundo.

Ella estaba a treinta metros de mí. Treinta metros y un traje de jurado de por medio.

Podía acercarme. Podía caminar hasta su puesto, fingir que era mi primera vez, pedir un suadero, verla sonreír, escucharla decir "¿y usted por aquí?" con esa voz que ya conocía de memoria. Podía hacerlo. Nadie lo notaría: un crítico más probando un puesto de la feria.

Pero no pude.

Porque si me acercaba, si ella me veía de cerca con el traje de jurado, con la tarjetita que decía "Emiliano Rivas, Sazón y circo", podía conectar los puntos.

Podía recordar que el crítico que la hundió se llamaba Emiliano Rivas.

Podía recordar el programa de la mañana, el especial, las burlas.

Y todo lo que habíamos construido en esas noches, en la mesa del rincón, se iba a derrumbar en un segundo.

Así que me quedé a treinta metros, con las manos en los bolsillos, viéndola triunfar sin mí.

—¿No vas a probar la Doctora? —me preguntó Salvador, que me vio parado, viendo el puesto, sin moverme—. Está ganando el público, fíjate. La fila no se acaba.

—No tengo hambre —dije.

—¿Emiliano Rivas sin hambre en una feria de comida? ¿Desde cuándo?

—Desde hoy —dije—. Se me quitó el apetito.

Salvador me miró raro, pero no insistió. Y yo me quedé ahí, a treinta metros de ella, viéndola ser feliz en su elemento, con la mentira creciéndome adentro como una planta que ya no podía controlar.

Ella se veía feliz. Eso fue lo que más me dolió.

—Señor Rivas —me dijo la organizadora del evento, tocándome el codo—. Lo buscan para la foto del jurado.

—Ya voy —dije.

Y mientras caminaba hacia la mesa del jurado, me crucé con el puesto de la lona roja por segunda vez, esta vez más de cerca.

La fila seguía larga. Ella seguía detrás de la plancha, con el paliacate rojo un poco más suelto y el sudor en la frente, sirviendo tacos como si no hubiera un mañana.

Un cliente le pidió "otro de suadero, pero bien doradito, doctora", y ella le contestó, sin dejar de voltear tortillas:

—Doradito, pero no quemado, que el suadero no se hace de un día para otro.

Y el cliente se rio, y yo, a tres metros, con la tarjetita en el bolsillo y el corazón en la garganta, pensé que esa mujer era capaz de convertir una orden de tacos en una sentencia de vida.

—Señor Rivas —dijo la organizadora otra vez, con paciencia—. La foto.

—Ya voy —repetí.

Y me fui, dejando atrás el puesto de la lona roja, con su olor a cebolla y a masa y a todo lo que no me atrevía a tocar.