Tacos de desamor Capítulo 14 — El crítico y la doctora
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Capítulo 14 — El crítico y la doctora

—El especial va a ser tuyo —me dijo Memo el martes por la mañana, con el guion en la mano—. La doctora Corazón, bajo la lupa. Una hora de Sazón y circo dedicada a la señora de las frases bonitas.

—No quiero hacerlo.

—No me digas que no quieres hacerlo. Dime que no te da miedo hacerlo, y ahí sí platicamos.

Memo tiene razón en una cosa: me da miedo.

No por ella —ella no sabe quién soy, y una burla más de mi programa es una gota en el mar de burlas que ya le hemos hecho—.

Me da miedo por mí. Porque hace semanas que la oigo todas las noches, y porque cada vez que la critico en el aire, la crítica me sabe a traición.

Pero el especial salió igual. Porque así funciona mi mundo: el beef da rating, el rating da pauta, la pauta paga el programa, y el programa es lo único que soy.

Cuando Memo me dijo "el público la odia, Emiliano, y odiar en conjunto es divertido", no pude contradecirlo: es verdad.

El público odia a la doctora Corazón con el mismo cariño con el que odia a los que triunfan sin pedir permiso.

Una mujer anónima, sin cara, sin título, que da consejos de amor y se volvió más famosa que muchos programas con presupuesto. Mi programa incluido.

—Bienvenidos a Sazón y circo —dije al aire, con la sonrisa de crítico puesta—. Hoy, edición especial: la doctora Corazón bajo la lupa. La mujer que cura corazones rotos sin título, sin cara y sin receta. ¿Será que cura de verdad, o será que vende humo con sabor a miel? Analicemos.

Y la analizamos. Durante una hora entera, mi programa diseccionó sus episodios, sus frases, su éxito.

Yo leí sus citas con el tonito de quien lee un prospecto médico: "usted no está roto, usted está en reposo", "los corazones rotos también necesitan reposo", "aquí se cura".

El público llamó para burlarse: "¿esa vieja cree que va a curar a alguien con frases bonitas?

", dijo un señor de la Del Valle, y la cabina entera se rio.

Otro oyente, una mujer, llamó para defenderla: "a mí sí me ha ayudado, y ustedes nomás se burlan porque no entienden", y Memo la cortó antes de que el segmento se les saliera de control.

Los críticos de la ciudad se subieron al tren: en las redes, los columnistas de comida escribieron piezas sobre "el fenómeno de la doctora Corazón y su cura milagrosa", unas a favor, otras en contra, todas con mi programa como ring de fondo.

El especial fue un éxito de rating. El más escuchado del mes. Memo estaba feliz.

—¡Eso, Emiliano, eso! —me dijo, dándome una palmada en la espalda cuando salimos del aire—. Ese es el Emiliano que yo conozco. El que no le perdona nada a nadie.

—Sí —dije—. Ese soy.

Memo se quedó un momento en silencio, viéndome, y su sonrisa se le fue apagando despacio.

—¿Qué te pasa? —preguntó—. Ganamos. El especial fue un éxito. ¿Por qué pones cara de funeral?

—Cara de funeral por el rating —mentí—. Es mucha responsabilidad.

—Emiliano —dijo Memo, y me puso la mano en el hombro—. A mí no me mientas. Yo te conozco desde la prepa. Yo sé cuándo algo te está comiendo. Y desde que empezamos con esto de la doctora, te veo raro. Como si… no sé. Como si la criticaras con la boca y la defendieras con los ojos.

—¿Defenderla yo? —dije, y la risa me salió forzada—. Yo fui el que la destrozó en el aire.

—Por eso mismo —dijo Memo—. Se te nota que la oyes, cabrón. Y no me refiero a que la oigas: me refiero a que la oyes de verdad. Con atención. Como quien escucha algo que le importa. Y se te nota más que te gusta. Ya párale, se te nota que la oyes.

Se fue a su escritorio, sin esperar respuesta, y yo me quedé en la cabina vacía, con el micrófono apagado y el corazón latiéndome fuerte.

—Eres un hipócrita —me dije, mirándome en el cristal del estudio—. La oyes todas las noches. La oyes y te cura. Y hoy la vendiste por rating.

Esa tarde, en mi departamento, sonó el teléfono. Mi papá.

—Vi tu especial —dijo Don Arturo, sin saludar, con esa voz suya que no felicita nunca—. Sigues siendo el que reseña lo que otros cocinan. Ahora hasta te burlas de una podcastera. ¿Eso es a lo que le llamas carrera, Emiliano?

—Es rating, papá.

—Es ruido. Tú naciste para dirigir Rivas & Cía, y te dedicas a perseguir a una mujer que da consejos de amor desde un micrófono. Qué vergüenza.

Colgó sin despedirse. Como siempre. Me quedé con el teléfono en la mano, con el departamento oliendo a nadie, como siempre, y pensé en que mi papá tenía razón en una cosa: yo perseguía a esa mujer.

La perseguía de noche, en su taquería, sentado en la mesa del rincón.

La perseguía de madrugada, con sus episodios en los audífonos.

Y esa misma mañana la había vendido por rating delante de todo México.

Esa noche, a las once, fui a la taquería.

Ella me vio llegar y me sonrió desde la plancha, con esa sonrisa cansada que vale más que todo mi programa.

—¿Ya vio mi especial? —me preguntó como al descuido, mientras me servía el suadero, y yo me quedé helado.

—¿Qué especial?

—El del programa de la mañana. El de Sazón y circo. Le dedicaron una hora entera a la doctora Corazón, la del podcast. ¿Usted la oye?

—No —mentí, con el pulso desbocado—. No la oigo.

—Pues no se la pierda —dijo ella, y en su voz había un coraje disimulado que yo conocía bien—. Dice que vende humo con sabor a miel. Ya quisiera yo vender humo que cure a medio barrio.

Y se rió. Una risa pequeña, con filo. Y yo, que esa mañana la había vendido por rating, me quedé sentado en la mesa del rincón con mi suadero y mi mentira, sintiendo que el taco me sabía a ceniza.

—¿Y usted qué opina? —me preguntó ella, de pronto, apoyándose en la barra—. ¿Usted cree que la doctora vende humo?

Me quedé sin aire. La pregunta me agarró desprevenido, con la mentira a medio masticar.

—No lo sé —dije al fin—. Nunca la he oído. Pero… dicen que cura. Y si cura, aunque sea a uno solo, no es humo.

—¿Y usted cree en esas cosas? —preguntó ella, y por un segundo, por un segundo nada más, vi algo raro en sus ojos, como si estuviera escuchando algo más que mis palabras—. ¿En que un podcast pueda curar a alguien?

—Creo que la gente se cura cuando se siente escuchada —dije—. Y esa mujer escucha. Eso ya es más de lo que hace la mayoría.

Ella se quedó callada un momento, viéndome, y luego asintió, despacio, y volvió a la plancha.

—Pues sí —dijo, bajito, casi para sí misma—. Eso ya es más de lo que hace la mayoría.

Esa noche, de vuelta en mi departamento, puse su último episodio y lo escuché entero, con los audífonos, como quien pide perdón.

—Y recuerden: aquí se cura —dijo su voz al final.

Y yo, desde mi sillón, con el especial del día todavía ardiéndome en la garganta, le pedí perdón en voz baja a una mujer que no sabía que yo existía.