Tacos de desamor Capítulo 13 — La rutina
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Capítulo 13 — La rutina

A las once de la noche, la Doctora cambia de clientela.

Se van los de la cena, los del antojo de las nueve, los que vienen en bola con la familia. Y se queda el barrio de las once: los que salen del trabajo, los que no tienen prisa por llegar a ningún lado, los que vienen a contarse la vida con un taco de por medio. Y él. Siempre él.

El señor de las once llegó un lunes. Y el jueves.

Y el sábado. Y el domingo no, porque la Doctora cierra los domingos.

Y el lunes siguiente, y el martes, y el miércoles, hasta que la mesa del rincón se volvió suya sin que nadie lo decretara.

La mesa de plástico que da a la calle, la que ve pasar el camión, la que está a dos pasos de la plancha para que yo pueda platicar con él mientras trabajo.

—¿Lo de siempre? —le pregunté una noche, y él asintió con esa seriedad suya, como si le hubieran tomado la orden en un restaurante de mantelería.

—Lo de siempre.

Uno de suadero, una coca, y se queda. No se va después de comer: se queda.

Se toma su tiempo, me pregunta cómo me fue, me cuenta que su día fue "de oficina, nada interesante", y yo le digo que el día de la plancha nunca es aburrido porque siempre hay un borracho nuevo que llora con su taco.

Él se ríe de mis historias con esa risa chiquita que se le escapa como si no quisiera.

Y yo, que llevo meses sin contarle mis días a nadie —bueno, a un micrófono—, me descubro contándoselos a él.

—¿Y usted en qué trabaja, ya en serio? —le pregunté una noche, porque ya llevábamos una semana de "algo así" y "de oficina" y yo quería, no sé, un dato de verdad.

—En restaurantes —dijo él, y se le notó que era una respuesta ensayada—. Trabajo en el mundo de los restaurantes.

—¿Cocinando?

—No. Más bien… opinando. Digamos que trabajo cerca de la comida, no con la comida.

—Ah —dije, y me quedé con la sensación rara de que me había dicho la verdad a medias, como quien sirve una tortilla y esconde el guiso.

—¿Y usted? —preguntó él, rápido, como quien cambia de plato—. ¿Usted siempre quiso ser taquera?

—Yo no quise ser taquera —le dije, y me salió sin pensar—. Yo nací taquera. Mi abuela puso la plancha, mi mamá la heredó, y yo… yo no me acuerdo de un día de mi vida en que no supiera que esto era mío. Es lo único que sé hacer, y lo hago bien.

—Qué suerte —dijo él, y era la segunda vez que lo decía, con esa cara de quien no tiene algo así—. Saber lo que uno es.

—¿Usted no lo sabe?

Se quedó un momento en silencio, viendo su taco.

—Estoy aprendiendo —dijo.

—¿A saber qué es? —pregunté, y me salió sin pensar.

—A saber qué soy —dijo él, y me miró de una manera que no supe leer, como si yo tuviera la respuesta—. Hace tiempo que sé qué hago. Pero no sé qué soy. Y usted… usted lo sabe. Por eso la envidio un poco.

—¿Me envidia? —dije, y me reí—. ¿A la taquera que se levanta a las cinco de la mañana? ¿Que huele a cebolla todo el día?

—A la que se levanta a las cinco de la mañana —dijo él—. A la que sabe qué es. A la que tiene un lugar que es suyo.

Me quedé callada, porque no sabía qué contestar a eso. Y él se comió su taco, y yo lo vi comer, y por un momento, por un momento largo, los dos nos quedamos callados, como dos personas que se acaban de dar cuenta de algo que todavía no saben decir.

La rutina se volvió nuestra. Él llegaba a las once, yo le tenía su mesa, Luz le gritaba "¡ya llegó el de las once!

" desde la cocina, y Don Beto, que cierra su puesto a las diez pero se queda a chismear, le decía "buenas noches, joven misterioso" con una sonrisa de gato.

El barrio lo adoptó sin adoptarlo: lo saludaban, lo dejaban en paz, y todos sabían que la mesa del rincón era de él.

—Oye —me dijo Luz una noche, en la cocina, con esa voz de comadre que usa cuando va a decir algo importante—. ¿Tú sabes cómo se llama?

—¿Quién?

—El de las once, pues. El misterioso.

Me quedé con el trapo en la mano.

—No sé —dije—. Nunca me dijo su nombre.

—¿Y tú no se lo has preguntado?

—Pues… no.

—¿Llevas dos semanas sirviéndole tacos a un tipo que viene todas las noches, te cuenta su vida, se ríe de tus chistes, y no sabes cómo se llama?

—Él no me cuenta su vida —dije, y sonó más defensivo de lo que quería—. Me cuenta que su día fue de oficina.

—Mija, eso es su vida. Eso es lo que te está diciendo: "no tengo nada interesante que contar, pero vengo todas las noches a contártelo".

Me quedé callada, porque Luz, con todo y su manera de decir las cosas, a veces tiene razón.

Esa noche, cuando él terminó su taco y se levantó a pagar, me salió la pregunta antes de que pudiera detenerla:

—Oiga, señor de las once.

—¿Mande?

—¿Usted cómo se llama? Nomás pa' saber, porque ya llevamos un buen rato de clientes y clienta y no sé ni cómo saludarlo.

Él se quedó viéndome un momento, y por un segundo vi algo raro en sus ojos, algo que no supe leer. Abrió la boca. La cerró. Y luego soltó esa media sonrisa suya, la de cuando no quiere contestar.

—¿Sabe qué? —dijo—. Llevo un buen rato viniendo y usted no me había preguntado. Y me he sentido como de aquí, sin necesidad de nombre. ¿Le molesta si sigo siendo el señor de las once?

—No me molesta —dije, y no supe si estaba diciendo la verdad o nomás siendo amable.

—Entonces así quedamos —dijo él, y pagó, y se fue por la puerta con esa caminata suya de quien conoce el camino de memoria.

Me quedé parada en la puerta, viéndolo alejarse por la calle vacía, con la moneda de la propina en la mano y una duda nueva en el pecho: un hombre que no quiere decir su nombre, o tiene un nombre feo, o tiene un nombre que dice demasiado.

—¿Y qué? —gritó Luz desde la cocina, que había estado espiando, como siempre—. ¿Te lo dijo?

—No —dije—. Dice que prefiere ser el señor de las once.

—Pos es que no quiere que lo busques en internet, prima. Los que no quieren que los busquen en internet, siempre esconden algo.

Me quedé con la duda de Luz pegada, como la grasa en el mandil. Esa noche, subiendo a mi departamento, me pregunté qué escondería un hombre que viene todas las noches a comerse un taco solo, que se ríe de mis chistes, que me dice que estoy aprendiendo a saber lo que es.

—A lo mejor no esconde nada —me dije, acostándome—. A lo mejor nomás es un tipo tímido con un nombre aburrido.

Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que los hombres que no dicen su nombre en las taquerías de barrio, casi siempre están comiendo algo que no deberían.