Tacos de desamor Capítulo 12 — El que no llegó
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Capítulo 12 — El que no llegó

El domingo por la noche, la ciudad entera sabe a domingo.

Los puestos cerrados, las calles vacías, el olor a comida de casa flotando en el aire. Yo estaba en mi departamento, con el traje colgado en el clóset —no iba a salir, no tenía por qué salir—, y sin embargo, desde las ocho de la noche, no podía dejar de mirar el reloj.

Las nueve. Las diez. Las diez y media.

A las once, la taquería de la Doctores ya estaría cerrada.

Los domingos cierra. Me lo dijo ella el sábado, sin darle importancia: "los domingos la Doctora descansa, como todo el barrio".

Así que no había nada que hacer. No podía ir.

No había taco de suadero esperándome, ni mesa del rincón, ni paliacate rojo.

Y sin embargo, ahí estaba yo, a las once en punto, parado junto a la ventana, viendo hacia el sur, como si la vista pudiera atravesar la ciudad y llegar hasta la cortina metálica pintada a mano.

No ir no me costó nada.

Eso fue lo que me asustó. No el no ir: el no costarme.

Porque llevaba una semana entera peleando contra mí mismo, diciéndome que iba a dejar de ir, que era peligroso, que me iban a descubrir, y cada noche perdía.

Cada noche estaba ahí, en la mesa del rincón, pidiendo mi suadero.

Y ahora, de pronto, no había nada que pelear.

La taquería estaba cerrada. No había decisión que tomar. No había batalla.

Y esa paz, esa paz horrible, me mostró la verdad: no iba a la taquería por el taco. No iba por la culpa. Iba por ella.

Intenté distraerme. Puse el radio, lo apagué.

Me preparé una cena que no me comí. Revisé el teléfono, lo dejé, lo volví a tomar.

Hasta pensé en llamar a Memo, pero ¿para qué?

Memo ya me había dicho todo lo que tenía que decirme: deja de ir, dile la verdad, no me llames cuando truene.

Y yo no estaba listo para ninguna de las tres.

Me senté en el sillón y, sin darme cuenta, mi mano fue al teléfono. El episodio de esta mañana. El de "El que ayuda sin que le pidan". Ya lo había escuchado tres veces hoy, y la frase me seguía dando vueltas en la cabeza como una canción pegajosa:

*"El que se está quedando, tarde o temprano, te va a pedir que te quedes tú también."*

La doctora hablaba de la gente que se queda a ayudar. Y yo, que esa misma mañana me había reído de la coincidencia —"seré el único memo que ayuda a cerrar taquerías"—, ahora, en la noche, en la soledad de mi departamento, ya no me reía.

Porque ella tenía razón. Yo me estaba quedando.

Me estaba quedando en una taquería de la colonia Doctores, en una mesa del rincón, en una sonrisa cansada que valía más que todos los restaurantes que había reseñado en mi vida.

Y quería pedirle que se quedara también.

Quería decirle: "me quedo, y quiero que te quedes, y quiero que esto sea de a deveras".

Pero no podía.

Porque yo era el hombre que la hundió. El de la reseña. El de las dos estrellas. El que escribió que su comida sabía a desamor, y luego llegó a su taquería a comerse el mejor taco de su vida sin decirle quién era.

Cada día que pasa sin decírselo, la mentira se hace más grande.

Cada taco, cada sonrisa, cada "me llamo Marisol" que me dijo en esa banqueta, es un ladrillo más en la pared que voy a tener que derribar.

Y cuanto más me acerco a ella, más alto se pone el muro.

Y cuanto más alto se pone el muro, más me va a doler cuando se caiga.

—Mañana —me dije, con el teléfono apretado en la mano—. Mañana voy a ir. Y voy a encontrar el momento de decirle la verdad.

La frase sonó valiente en mi cabeza. En voz alta, en el silencio del departamento, sonó a lo que era: a una promesa que no sabía si iba a poder cumplir.

Pero las promesas, como las recetas, empiezan siendo un intento.

Y yo, que había pasado la vida opinando de la cocina de otros, estaba a punto de aprender a cocinar mi propia verdad, aunque me quemara las manos.

No sabía cómo. No sabía cuándo. No sabía si ella me iba a perdonar, o si me iba a odiar, o si me iba a aventar la plancha a la cabeza —y en ese momento, sinceramente, no sabía cuál de las tres merecía más.

Pero sabía una cosa: no podía seguir así. No podía seguir comiendo su suadero con la conciencia sucia. No podía seguir escuchando su podcast como quien reza. No podía seguir enamorándome de ella a escondidas, como un ladrón que se enamora de la casa que robó.

Porque sí. Ya estaba enamorado. Lo supe en la banqueta, cuando se rió de verdad y yo sentí que me había ganado algo que no sabía que estaba jugando.

Lo supe cuando dijo "me llamo Marisol" y yo pensé que era el nombre mejor servido que había probado en años.

Lo supe esta noche, cuando no ir me dolió más que todas las críticas que he escrito en mi vida.

Y con el amor vino el plan. Un plan tonto, de esos que se arman a las dos de la mañana, pero un plan al fin: mañana voy a la taquería.

Pido mi suadero. La veo sonreír. Y cuando el momento esté bien, cuando nadie esté mirando y la taquería esté a punto de cerrar, le digo quién soy.

Le enseño la reseña antes de que la encuentre sola.

Le digo: "yo soy R.", y le doy la oportunidad de aventarme la plancha a la cabeza o de perdonarme, lo que ella quiera, porque se lo debo.

Sabía que el plan podía salir mal. Sabía que probablemente iba a salir mal.

Pero también sabía, con esa certeza que no sale de la cabeza sino del estómago, que seguir mintiendo era peor.

Que cada taco que me comiera con la mentira adentro iba a saber a eso: a mentira.

Y que yo, que he escrito sobre el sabor de las cosas toda mi vida, no quería que el último sabor que ella me dejara en la boca fuera ese.

—Mañana —repetí, y me quedé dormido en el sillón, con la ropa del domingo puesta y el olor de la ciudad en el aire.

Soñé con ella. Soñé que estábamos en la banqueta de la taquería, con la cortina a medio bajar, y ella me decía que ya sabía quién era yo, y yo despertaba justo antes de que me dijera si me perdonaba o no.

Me desperté con el corazón a mil, con la madrugada gris entrando por la ventana, y con la certeza de que el sueño era un aviso: el momento se acerca. Con o sin valor, se acerca.

Mañana iba a volver a la taquería. Iba a pedir mi suadero. Iba a verla sonreír. Y en algún momento, entre la plancha y la banqueta, iba a encontrar el valor para decirle quién era.

El lunes, sin que ella lo supiera, el hombre que la hundió iba a volver a pedir un taco.

Y esta vez, iba a intentar saldar su deuda.