Tacos de desamor Capítulo 15 — Los corazones rotos
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Capítulo 15 — Los corazones rotos

El miércoles, el podcast casi me gana.

Llevaba toda la semana con el especial de Sazón y circo en la cabeza.

El tipo del programa de la mañana, el que ya me había criticado la taquería, ahora me dedicaba una hora entera a mí: la doctora Corazón bajo la lupa.

"Vende humo con sabor a miel", había dicho.

Y yo, desde mi taquería, con el radio puesto, había oído cada palabra: sus burlas, sus citas sacadas de contexto, su tonito de superioridad.

—No le hagas caso —me dijo Luz esa mañana, viéndome picar la cebolla con más coraje del necesario—. Ese wey es un amargado que no conoce ni tu cara.

—No me hace caso a mí —dije—. Me hace caso a mi podcast. Y se está burlando de mi gente.

—¿De tu gente?

—De los corazones rotos. De la oyente que le escribió a las tres de la mañana porque su marido la dejó con tres hijos.

Del señor que me escribió que lleva diez años sin poder dormir.

De todos los que me mandan mensajes pidiendo que les diga que van a estar bien.

Ese tipo se está burlando de ellos, Luz. De la gente que me necesita.

Luz se quedó callada un momento, y luego dijo, con una voz que no era la suya:

—¿Y tú qué les vas a decir?

—No sé —dije—. Todavía no sé.

Esa noche, con la cortina a medio bajar y el micrófono en la mano, abrí los mensajes como todas las noches, para leerlos antes de grabar.

Hay cientos: historias de abandonos, de engaños, de amores que se fueron sin avisar, de gente que se siente rota y no sabe cómo volver a armarse.

Yo los leo todos. Algunos me los sé de memoria.

Y esa noche, uno me paró el corazón.

*Doctora: la dejé ir hace un año porque tenía miedo de no ser suficiente. Ahora ella es feliz con otro, y yo me alegro, pero me alegro con una tristeza que no me deja dormir. Usted dice que aquí se cura. ¿Cómo se cura uno de haberse ido?*

Me quedé viendo el mensaje un buen rato, con el teléfono temblando en la mano.

Porque yo sabía exactamente cómo se sentía ese hombre.

No por haberse ido: por haber sido la que se quedó.

Porque cuando el que me dejó se fue, en julio, con su "necesito vivir mi verdad", yo me quedé sentada en la banqueta de mi propia taquería, con la cortina a medio bajar, pensando que no había sido suficiente.

Que si yo hubiera sido más, o menos, o distinta, él se habría quedado.

Que el amor se me había ido de las manos como se me va el agua cuando no cierro bien la llave de la cocina.

Nunca lo conté en el podcast. Lo lloré sola, en mi departamento, con el olor a cebolla en el pelo. La doctora Corazón era la que curaba; la taquera era la que se curaba sola, a escondidas, sin que nadie la viera.

Pero esa noche, con el mensaje del hombre que se fue en la pantalla, algo se me rompió por dentro.

Encendí el micrófono.

—Buenas noches, corazones rotos —dije, y mi voz salió rara, más baja de lo normal—. Hoy recibí un mensaje que me llegó adentro. Un hombre me escribe que dejó ir a alguien por miedo, y que ahora se alegra por ella con una tristeza que no lo deja dormir. Y me pregunta cómo se cura uno de haberse ido.

Hice una pausa. La taquería vacía me devolvió el silencio.

—Yo no sé cómo se cura uno de haberse ido —dije, y sentí que la voz se me quebraba—.

Pero sé cómo se siente el que se queda. Yo fui la que se quedó, una vez.

Y les voy a decir algo que nunca les he dicho: cuando me dejaron, yo también me sentí rota.

Me sentí como un plato que se cayó y que ya nadie iba a querer pegar.

Me sentí menos. Me sentí… no suficiente.

Se me quebró la voz de a deveras. Sentí el calor en los ojos, el nudo en la garganta, y por un momento quise apagar el micrófono y fingir que no había pasado nada.

No lo apagué.

—Y entonces aprendí algo —dije, y mi voz sonó distinta, más entera, como si lo estuviera descubriendo en ese mismo momento—.

El amor no se pide a domicilio. Se va a recoger.

Nadie te lo va a traer a la puerta con una sonrisa y una propina.

El amor se va a buscar, se va a cocinar, se va a esperar.

Y lo que se va, se fue por algo: porque no era para quedarse, o porque todavía no era el momento, o porque tú todavía no estabas lista para recibirlo.

Tomé aire. Me limpié los ojos con el dorso de la mano.

—Usted que se fue, amigo: no se cure de haberse ido. Agradezca haber tenido algo que valiera la pena irse. Y usted que se quedó: no se cure de haberse quedado. Siéntese, coma algo caliente, y espere. Porque el que se queda, también tiene derecho a que lo busquen.

—Y recuerden: aquí se cura.

Apagué el micrófono y me quedé temblando, con las lágrimas corriéndome por la cara, en la taquería vacía, a la una de la mañana.

No había llorado así desde que se fue Óscar.

El episodio salió al día siguiente. Y explotó como nada que yo hubiera hecho antes.

"El amor no se pide a domicilio. Se va a recoger." La frase se volvió viral en horas: memes, comentarios, gente compartiendo sus propias historias. Los corazones rotos se sintieron vistos. La doctora, por primera vez, había hablado de sí misma sin nombre, y la habían abrazado por eso.

—Mija —me dijo Luz esa tarde, leyendo los comentarios con los ojos brillantes—. Lloraste en el micrófono.

—Sí.

—¿Y cómo te sientes?

—Rara —dije—. Como si me hubiera quitado un mandil que no sabía que traía puesto.

—Pues yo te digo una cosa —dijo Luz—. Ese episodio es el mejor que has hecho. Porque por primera vez no estabas curando a nadie: estabas curándote tú, y la gente lo sintió.

Y tenía razón. Por primera vez, la doctora Corazón y Marisol habían hablado con la misma voz.

Esa noche, en la taquería, el señor de las once llegó a su hora de siempre. Yo lo atendí como siempre, con su suadero y su coca, y él me vio rara, me preguntó si estaba bien, y yo le dije que sí, que había tenido un día largo.

—¿Y usted? —preguntó él, con esa seriedad suya—. Usted también tiene derecho a que la busquen.

Me quedé helada.

—¿Por qué dice eso?

—No sé —dijo él, y se le escapó una sonrisa, y la frase le salió entera, como si la trajera guardada desde hace rato—. Se me ocurrió. ¿Usted no lo oye seguido?

—No —dije—. No lo oigo seguido.

—Pues debería —dijo él, y se levantó a pagar—. La gente que da tanto, también merece que le den.

Se fue, y yo me quedé detrás de la barra, con el corazón dando vueltas, pensando que el señor de las once tenía una manera rara de decir las cosas, como si estuviera citando algo que había oído en alguna parte.

Y esa noche, subiendo a mi departamento, con el olor a cebolla en el pelo, me quedé pensando en sus palabras, sin saber todavía por qué me sonaban tan conocidas.