Capítulo 9 — El que ayuda
El sábado por la noche, la Doctora es un hormiguero.
Llega la gente de la colonia, llegan los de a fuera, llegan los que salen del antro y los que van para el antro, llegan los que lloran y los que festejan y los que nomás tienen hambre.
La plancha no da abasto, Luz grita los pedidos como si fuera un deporte, y yo me muevo entre la parrilla y las mesas con la precisión de quien lleva quince años haciendo lo mismo.
—¡UNO DE SUADERO PARA EL DE LA MESA DEL RINCÓN! —gritó Luz desde la barra, y yo ya sabía quién lo había pedido antes de levantar la vista.
Ahí estaba él. Sentado en su mesa de siempre —la del rincón, la que da a la calle—, con el traje del viernes y la corbata floja, mirándome con esa calma suya de quien ha llegado a un lugar conocido.
Se había quitado el saco y se lo había puesto en el respaldo de la silla.
Los codos sobre la mesa. Como si fuera de aquí.
—¿Sabe que hoy es sábado? —le dije, llevándole el taco—. Los sábados esta taquería es otra cosa.
—Ya me di cuenta —dijo, viendo el desmadre alrededor—. Está buena la vibra.
—¿Vibra? —dije, y me reí sin querer—. ¿Usted dice "vibra"?
—¿Qué tiene? —dijo él, y le subió el color—. Es una palabra válida.
—Claro, sí. Muy de Polanco, ¿eh?
—¿Por qué asume que soy de Polanco?
—Por el traje, el reloj y la manera de decir "vibra".
Se rió. Esa risa chiquita suya, como si no estuviera acostumbrado. Y yo, que llevaba todo el día con el paliacate nuevo y sin ganas de admitir por qué, sentí que el sábado por fin tenía sentido.
La noche pasó rápido. Vendimos hasta la última tortilla, Don Beto se llevó a un borracho que quería pelear con el letrero —"¡dice que aquí se cura, pero a él ni la penicilina!
"—, un muchacho le propuso matrimonio a su novia con dos tacos al pastor a modo de anillo, y ella dijo que sí, y el barrio entero aplaudió.
A las once y media, cuando ya casi no quedaba nadie, vi algo que no esperaba: el tipo del traje, con las mangas de la camisa arremangadas, estaba recogiendo las mesas de plástico.
—¿Qué hace? —le pregunté, con el trapo en la mano.
—Ayudar —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Son las once y media y ustedes siguen aquí. Eso no es cerrar, es sobrevivir.
—No tiene por qué.
—Ya sé. Pero me caen bien las mesas.
Me quedé viéndolo un momento: el tipo de Polanco, con las manos limpias, doblando mesas de plástico en la banqueta de una taquería de la Doctores, con la camisa cara manchándose de grasa.
Luz me miró desde la puerta con los ojos como platos.
Don Beto, desde su puesto, asintió con una lentitud de sabio.
—Échele una mano, mija —dijo mi abuela, que llevaba un rato sentada en su banquito, viéndolo todo—. No todos los días un cliente le ayuda a una a cerrar.
El tipo levantó la vista, sorprendido de oírla hablar. Mi abuela lo miró un segundo, sin expresión, y luego volvió a ver la calle, como si no hubiera pasado nada.
Terminamos de recoger entre los tres —Luz, él y yo—, con las mesas apiladas contra la pared y la cortina a medio bajar.
Yo estaba muerta de cansancio, con el pelo pegado a la frente y el mandil hecho un desastre.
Él tenía la camisa manchada de grasa y el pelo revuelto, y se veía más real que en todo el tiempo que llevaba viniendo.
—Gracias —le dije—. De a deveras.
—No hay de qué —dijo él—. Es lo mínimo.
—¿Lo mínimo de qué?
Hizo una pausa, como si hubiera dicho algo de más.
—De… nada —dijo—. De ser buen cliente.
—Buen cliente, buen vecino —dijo Luz, apareciendo de la nada—. Ya hasta ayuda con las mesas. ¿Qué sigue, barrer?
—Si me dan una escoba —dijo él, y Luz se quedó sin respuesta.
—Ya, ya —dije, empujando a Luz hacia la puerta—. Váyase a dormir, comadre. Mañana abrimos tarde.
Luz se fue, no sin antes hacerme una seña de "ese tipo me gusta" que él no vio —espero—. Y me quedé yo sola con él, en la banqueta, con la cortina a medio bajar y la calle vacía.
—¿Usted siempre se queda hasta el final? —preguntó.
—Siempre —dije—. Soy la dueña. Me toca.
—¿Y no se cansa?
—Claro que me canso. Pero es mi taquería. La taquería de mi abuela, de mi mamá, de mi familia. No la cambio por nada.
Él me miró un momento, con una expresión que no supe leer, algo entre la tristeza y el respeto.
—Qué suerte —dijo, bajito, más para él que para mí—. Tener algo que no cambiarías por nada.
—¿Usted no tiene algo así?
—No —dijo él, y su voz sonó rara, como si le costara—. Creo que no.
Y ahí, en la banqueta, con la cortina a medio bajar y el olor de la grasa en el aire, me reí.
No una risa de cortesía. Una risa de a deveras, de esas que salen solas, que te agarran por sorpresa y te sacuden los hombros.
Me reí porque el tipo de Polanco con el traje caro estaba parado frente a mí con la camisa manchada diciendo que no tenía nada que no cambiaría por nada, y porque eso era tan triste y tan gracioso al mismo tiempo que no pude aguantarlo.
Él me vio reír y se le iluminó la cara. Se rió también, sin saber de qué, contagiado.
—¿De qué se ríe? —preguntó.
—De nada —dije, secándome los ojos—. De que hace meses no me reía así.
—¿Y yo soy el chiste?
—No —dije—. Usted es lo más gracioso que me ha pasado en meses.
Se quedó callado, con esa media sonrisa suya, y yo me di cuenta de lo que había dicho, y de que lo había dicho en serio, y de que eran las doce de la noche y estaba parada en la banqueta con un desconocido que me hacía reír.
—Ya me voy —dijo él, como si también se hubiera dado cuenta—. Buenas noches, doña.
—Me llamo Marisol —dije, y no sé por qué se lo dije, porque no se lo digo a nadie, porque aquí todo el mundo me dice "jefa" o "doña" o "la doctora".
Él se detuvo en la esquina y me miró.
—Marisol —repitió, probando el nombre, como quien prueba un bocado nuevo—. Me gusta.
—¿Le gusta?
—Sí. Sabe bien.
Y se fue, caminando por la calle vacía con la camisa manchada, y yo me quedé en la puerta de mi taquería, viéndolo alejarse, con el corazón haciendo un desmadre que no tenía nombre.
Me quedé un rato más en la banqueta, con el trapo en la mano, viendo la esquina por donde se había ido.
El olor de la grasa en el aire, la calle vacía, el silencio del barrio dormido.
Y por un momento, por un momento tonto, deseé que volviera.
Que regresara por cualquier excusa: por un vaso de agua, por la corbata que se dejó, por lo que fuera.
No volvió.
—Marisol —me dije a mí misma, bajando la cortina—. Te estás metiendo en problemas.