Capítulo 10 — El taco de las dos
El domingo, mi departamento es un desastre y yo no salgo de pijama.
Es mi único día de descanso, mi única mañana sin alarma, mi única tarde sin micrófono. Y sin embargo, desde hace un par de semanas, los domingos tienen un ritual nuevo: a las diez de la mañana me preparo un café, me siento en el sillón, y pongo el último episodio de la doctora Corazón.
Empecé a escucharla por el beef. Así, sin más: el programa la convirtió en personaje, el público empezó a hablar de ella, y yo, que soy el que firma las burlas, tuve que saber de qué estaba hablando. "Investigación de mercado", le dije a Memo. "El enemigo hay que conocerlo."
Mentira. La empecé a oír por la noche, después del primer taco, cuando me di cuenta de que no sabía nada de la mujer que me lo había servido.
Busqué en internet "taquería La Doctora Doctores" para aprender algo de ella, y lo que apareció fue el podcast. La doctora Corazón, anónima, con miles de seguidores, dando consejos de amor desde algún lugar de la ciudad.
Y la escuché. Esa misma noche escuché el episodio del lunes, el de "los clientes que te miran como si fueran un plato", y me quedé helado.
Porque describía a un hombre que me sonaba demasiado: uno que se come un taco como quien pide perdón, uno que estudia la comida en vez de comerla, uno que mira el plato como si ahí estuviera la respuesta.
Me quedé con el corazón en la mano, a punto de llamar a Memo, a punto de gritar.
Y luego respiré. Porque la doctora no había dado ningún detalle: no dijo la colonia, no dijo el nombre del local, no dijo la hora.
Dijo "un cliente que llegó a las once", y a las once llegan miles de clientes a miles de taquerías en esta ciudad.
Dijo "un hombre de traje", y en la Ciudad de México hay más trajes que estrellas en el cielo.
—Cálmate, Emiliano —me dije, guardando el teléfono—. Hay miles de taquerías. Y millones de tipos de traje.
La coincidencia me puso los pelos de punta, pero la descarté.
La descarté porque tenía que descartarla: porque si la doctora era la taquera, entonces la mujer que me servía el mejor taco de mi vida era la misma a la que yo le había arruinado la vida con dos estrellas, y yo no estaba listo para esa verdad. Todavía no.
Así que los domingos, con mi café, escucho su episodio nuevo. Es mi ritual de culpable: el que escucha, sin saberlo, a la mujer a la que destruyó.
Este domingo, el episodio se llamaba "El que ayuda sin que le pidan".
—Buenas noches, corazones rotos —dijo su voz, esa voz suave que me acompaña los domingos, y yo me acomodé en el sillón—.
Hoy quiero hablarles de la gente que llega a tu vida a ayudar sin que le pidas nada.
Del que se queda cuando ya todos se fueron.
Del que ayuda y no dice que ayudó, del que lo hace y se va, como si no fuera con él.
Se me cayó el café.
No. No podía ser. Eso había pasado anoche: lo de las mesas, lo de la camisa, lo de la banqueta.
Y la doctora no había dicho nada de eso —no dijo mesas, no dijo camisa, no dijo banqueta—, y aun así me vi a mí mismo en cada palabra.
Eso es lo que hace un hombre con la conciencia sucia: se ve en todas partes. A menos que…
—No voy a decir nombres —siguió la voz—, ni lugares, ni a qué hora pasó.
Porque no importa. Lo que importa es esto: cuando alguien se queda a ayudarte sin que se lo pidas, no es porque le sobre tiempo.
Es porque se está quedando. Y el que se está quedando, tarde o temprano, te va a pedir que te quedes tú también.
Me quedé sentado en el sillón, con el café derramado en la pierna y el pulso desbocado. Y entonces, en vez de calmarme, hice lo que haría cualquier idiota con acceso a internet: busqué.
"Doctora Corazón foto": nada. Solo un avatar genérico, una silueta de mujer con un corazón en la mano. Nadie sabe quién es. Ni siquiera los medios que la entrevistaron, porque no da entrevistas.
"Taquería La Doctora": fotos de tacos, del letrero pintado a mano, de la plancha echando humo. Ninguna de la dueña. En una reseña de hace años, alguien escribió: "la doctora es la doña de la plancha, una chava joven". Chava joven. Eso era todo.
Busqué "doctora Corazón crítico" y apareció mi propio programa burlándose de ella.
Me quedé viendo el titular con una sensación rara: el enemigo público número uno de la doctora era yo, y yo estaba sentado en mi sillón tratando de probar que era la mujer de la que me estaba enamorando.
Si esto no era una comedia, no sé qué era.
Busqué el episodio del lunes, el de los clientes que miran como platos, y lo volví a escuchar con audífonos, cerrando los ojos, tratando de comparar la voz del micrófono con la voz que grita "¡dos de suadero!
" en mi memoria. Sonaban parecidas. Sonaban a la misma ciudad.
Pero las voces no se comparan así nomás: la del podcast era pausada, dulce, con registro de doctora; la de la plancha era rápida, ruda, con registro de mandil.
Podían ser la misma mujer. Podían ser dos mujeres de la misma colonia.
No había manera de saberlo desde un sillón.
—Seré el único memo en la ciudad que ayuda a cerrar taquerías y luego oye a una desconocida contarlo —me dije, y casi me río, pero no me dio la risa.
Casi llamo a Memo para contarle. No llamé. Porque si se lo contaba a Memo, Memo iba a querer investigar, y si Memo investigaba, iba a encontrar, y si encontraba, ella se iba a enterar por un tercero. Y yo no estaba listo para eso.
El episodio terminó con su cierre de siempre, esa frase que ya conocía de memoria:
—Y recuerden: aquí se cura.
Apagué el teléfono y me quedé viendo el techo, con el café frío en la pierna y la cabeza hecha un nudo.
"El que se está quedando, tarde o temprano, te va a pedir que te quedes tú también."
—Casi, doctora —dije en voz alta, a mi departamento vacío—. Casi me convences.
Porque si juntaba las piezas de verdad, si aceptaba que la voz del micrófono era la misma de la plancha, tendría que enfrentar lo que ya sabía en el fondo: que la mujer que me servía el mejor taco de mi vida era la misma a la que yo le había arruinado la vida con dos estrellas.
Y yo no estaba listo para eso. Todavía no.
Y lo peor, lo que no me atrevía a reconocer ni en mi propia cabeza, era que en el fondo quería que fuera ella.
Quería que la doctora fuera la taquera, porque entonces la mujer que me hacía reír y la mujer que me curaba las noches serían la misma, y yo podría…
no. Mejor no seguir por ahí. Mejor pensar en otra cosa.
No pensé en otra cosa.
Al final me quedé dormido en el sillón, con el teléfono en la mano y el episodio en pausa. En algún lugar de mi cabeza, la voz de la doctora y la voz de la plancha se seguían buscando. Todavía no se encontraban. Pero ya se estaban oyendo.