Tacos de desamor Capítulo 8 — Sábado de mercado
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Capítulo 8 — Sábado de mercado

Los sábados, la Doctora abre tarde.

Es la única tradición que mi abuela defiende con uñas y dientes: el sábado por la mañana, la taquería es de Luz —que se queda al frente con toda la responsabilidad del mundo y la paga del mundo— y nosotras nos vamos al mercado.

Las dos. Como cuando yo era chiquita y Toña me cargaba para que no me perdiera entre los puestos.

El mercado de la Merced un sábado es un animal enorme: gritos, colores, el olor de la fruta y del pescado y de las flores, la señora que vende chiles secos y te regaña si no sabes cuál es cuál.

Mi abuela se mueve por ahí como pez en el agua, con su canasta al brazo, probando jitomates con los ojos cerrados, regateando con la seriedad de quien negocia un tratado de paz.

—Mija —me dijo, parándose frente a un puesto de cebollas—. Elige.

—¿Qué?

—La cebolla. Elige una.

Miré el puesto: cebollas blancas, moradas, amarillas, de todas las formas y tamaños. Elegí una blanca, bonita, redonda.

—¿Esta?

Mi abuela la tomó, la olió, la sopesó en la mano, y la regresó al puesto con un gesto de desprecio.

—Esa está pasada —dijo—. Se siente hueca. Como la gente que presume.

Y agarró una fea, chueca, con la cáscara medio desprendida.

—¿Esa? —dije, incrédula—. ¿Esa fea?

—Esa —dijo mi abuela, pagando—. Las cebollas bonitas se pudren por dentro. Las chuecas aguantan. Como la gente.

Así es mi abuela. Todo lo que toca se le convierte en sentencia.

Por eso el barrio la respeta tanto: porque nunca dice más de lo necesario, pero lo que dice, pesa.

El puesto de los chiles nos regaló una mirada de complicidad cuando mi abuela dijo lo de las cebollas, como quien presencia a una maestra dando cátedra.

Caminamos entre los puestos, ella con su canasta, yo con el sol en la nuca, y por primera vez en mucho tiempo no pensé en la reseña.

No pensé en las dos estrellas. No pensé en el crítico de Sazón y circo ni en sus comentarios de la mañana.

Pensé, en cambio, en otra cosa. En un tipo de traje que se comía los tacos como quien pide perdón.

En sus manos limpias. En esa sonrisa chiquita que se le escapaba cuando menos se la esperaba.

En el puesto de las flores, la señora que vende claveles nos regaló un ramo de alcatraces —"para la doctora del barrio", dijo, y yo sonreí sin saber qué cara poner—, y mi abuela los aceptó con una inclinación de cabeza, como quien recibe un pago.

En el puesto del pescado, el muchacho nos contó que su novia lo había dejado y que oía mi podcast para dormir; yo le dije que la cebolla picada en llanto también cura, y él se fue pensando que le había dado un consejo de la doctora Corazón, sin imaginar que la tenía enfrente.

—¿En qué piensas? —preguntó mi abuela, sin mirarme.

—En nada —dije.

—Ajá.

Compró cilantro, compró limones, compró chiles de árbol.

Yo cargué las bolsas y traté de pensar en otra cosa, pero el tipo del traje se me aparecía entre los puestos, como un fantasma de Polanco.

Me lo imaginaba en su oficina —porque seguro tiene oficina—, con su traje y su reloj, y me preguntaba qué haría un tipo así un sábado: si iría a un restaurante caro, si tendría familia, si alguna vez se habría sentado en una banqueta a ver pasar la tarde.

—Abuela —dije, sin querer—. ¿Usted cree que un crítico de verdad puede venir a comer a una taquería de barrio solo por gusto?

Mi abuela se detuvo. Me miró un momento, con esos ojos suyos que ven de más, y luego siguió caminando.

—El que critica —dijo, despacio, como quien suelta una moneda—, no amasa.

—¿Cómo?

—El que critica, no amasa. El que amasa, no critica. Esa es la regla del oficio, mija. El que opina desde afuera nunca ha sentido la masa entre las manos.

—¿Y qué tiene que ver con mi pregunta?

—Nada —dijo mi abuela—. Nomás te digo que si un crítico viniera a comer aquí, no sería por gusto. Sería por algo más.

Me quedé callada, con las bolsas en las manos, viendo a mi abuela alejarse entre los puestos con su canasta al brazo. A veces creo que Toña sabe cosas que no me cuenta. A veces creo que lo sabe todo y nomás espera.

—¿Por qué me dice eso? —le pregunté, alcanzándola.

—Por nada —dijo—. Porque los sábados me gusta platicar contigo.

—Usted nunca platica, abuela.

—Pues hoy sí. Es sábado.

Nos reímos. Bueno, yo me reí; ella nomás torció la boca, que es su manera de reírse. Y seguimos caminando entre el mercado, ella eligiendo cebollas chuecas y yo cargando bolsas, y por un rato —un rato largo, de esos que saben a domingo—, la reseña no existió.

En el puesto de la esquina, antes de irnos, mi abuela compró un puñito de hierbabuena y me lo dio sin decir nada.

La hierbabuena, según ella, es para los que tienen algo en el estómago que no es hambre.

La guardé en la bolsa del mandado, con el corazón haciendo preguntas que no me atrevía a hacerme en voz alta.

—Gracias, abuela —le dije, y ella nomás asintió, porque mi abuela no acepta agradecimientos: los recibe como quien cobra lo que le deben.

El sábado por la tarde, cuando volvimos, la Doctora estaba reluciente.

Luz había vendido como si le pagaran por eso —"¡vendí hasta la última tortilla, prima, soy una leyenda!

"—, Don Beto había dejado una caja de aguacates "para la casa", y el barrio entero olía a tarde de sábado.

Mi abuela se sentó en su banquito, como siempre, y yo me puse el mandil.

Mientras picaba la cebolla del turno de la noche, repasé lo que me había dicho en el mercado.

El que critica, no amasa. El que amasa, no critica.

La regla del oficio. Y yo, que amaso todos los días de mi vida, que conozco la masa mejor que a mi propia mano, me pregunté por qué me había dicho eso justo hoy, justo cuando yo andaba pensando en un crítico de traje que no criticaba nada: nomás comía, y se quedaba a ayudar.

—¿Y el de las once? —preguntó Luz, con esa sonrisita que ya me conozco.

—¿Quién?

—El del traje. El misterioso. ¿No viene hoy?

—¿Y yo qué sé? —dije, y me puse a lavar la plancha con más fuerza de la necesaria.

—Pues como lo esperabas, no sé —dijo Luz—. Nomás pregunto.

—No lo espero.

—Claro. Por eso traes el paliacate nuevo.

Miré mi pelo: el paliacate rojo, el de los sábados, el que me pongo cuando quiero verme bien. Lo traía puesto. Y no tenía explicación para eso.

—Es sábado —dije—. Los sábados me visto bien.

—Ajá —dijo Luz, y se fue a la cocina cantando.

Me quedé sola con la plancha, con el paliacate nuevo en el pelo y una conversación pendiente conmigo misma que no tenía ganas de tener. Así que no la tuve. Nomás seguí picando, esperando las once, sin admitir que las estaba esperando.

A las once de la noche, la taquería estaba llena, la plancha echaba humo, y yo, sin querer, sin querer de a deveras, levanté la vista hacia la puerta un par de veces.

Y él entró.