Capítulo 7 — El chisme de Don Beto
El viernes fui a la taquería con miedo.
No es que fuera un miedo razonable: era el miedo del tipo que juega a ser invisible y empieza a sospechar que no lo es.
Había estado bien el martes y el miércoles, encerrado en mi departamento, repitiéndome que no iba a volver.
Que era una locura. Que la taquera de la Doctores era un cliente, nada más, y yo un crítico que ya había causado suficiente daño.
El jueves perdí. Fui, me comí mi suadero, y ella me sonrió. Me preguntó por mi trabajo, me dijo que era misterioso, y yo, que llevo años construyendo una armadura de crítico, me encontré contándole mentiras a medias y deseando contarle la verdad.
—¿De nuevo? —me dijo la muchacha de la cocina, esa que siempre está espiando—. ¿Usted no trabaja?
—Sí trabajo —dije—. Pero a esta hora ya salí.
—Pues ya mero cierra, eh. Se lo digo porque es de los buenos.
La taquera salió de atrás, con el pelo recogido y el mandil manchado, y me vio como si yo fuera un viejo conocido. Me sonrió otra vez. Esa sonrisa suya, cansada pero real, me hizo olvidar por un segundo por qué no debería estar ahí.
El viernes, en cambio, no me sonrió nadie. Porque el viernes llegué y, en vez de la taquera, me encontré en la puerta con un señor de sesenta y tantos, sentado en un banco de madera junto a un costal de jitomates, que me miró de arriba abajo como quien revisa una fruta.
—Buenas noches —dijo, sin saludar—. Usted es el del traje.
—¿Perdón?
—El del traje. El que viene a las once. Dicen por ahí que anda un crítico de Polanco merodeando por la Doctores, comiendo de incógnito para escribir reseñas. ¿Usted no sabrá nada de eso, verdad?
Se me fue el aire.
El corazón me dio un brinco que se me oyó hasta en las manos. El señor de los jitomates —Don Beto, me enteré después— me miraba con una sonrisa de satisfacción, como el gato que acaba de cazar un pájaro. No era una acusación: era un juego. Pero a mí me supo a sentencia.
—No —dije, y mi voz salió rara, aguda—. No sé nada de eso. Yo nomás vengo a comer.
—Claro, claro —dijo Don Beto, asintiendo con exageración—. Uno siempre viene a comer a la Doctora a las once de la noche. Con traje. Desde Polanco.
—Yo no dije que fuera de Polanco.
—No, pero yo sí. ¿Ve cómo sí sabe?
—¿Y por qué asume que soy crítico? —pregunté, y me arrepentí al instante, porque la pregunta era una confesión disfrazada.
—Porque los que no son críticos no se ponen nerviosos cuando les hablan de críticos —dijo Don Beto, con una calma terrible—. Usted se puso pálido, joven. Como un jitomate al que le dieron la noticia.
Me salvó la taquera, que salió a la puerta a ver qué pasaba.
—¿Don Beto, ya le anda cobrando el chisme a mis clientes? —dijo ella, con las manos en la cintura—. Éntrele, usted. No le haga caso, es el frutero de al lado, cobra con chisme.
—Nomás platicaba con el joven —dijo Don Beto, inocente, inocente—. Aquí todos somos amigos.
—Sí, como el coyote y el correcaminos —dijo ella, y me hizo un gesto de que entrara.
Entré, y mientras ella me servía el taco, no pude evitar el pensamiento que me perseguía desde la puerta: el barrio habla de mí.
No saben quién soy, pero me notaron. El tipo del traje que llega a las once.
El que come de incógnito. Si el chisme llega a la taquera, si alguien junta las piezas —el tipo del traje, el crítico, la reseña de las dos estrellas—, todo se va a derrumbar.
Y ella me va a mirar como se mira al hombre que la hundió.
Comí mi suadero sin saborearlo. Pagué. Y esa noche, de regreso en Polanco, el chisme de Don Beto me siguió hasta el departamento como un perro sin dueño.
Y a la media noche, desde mi departamento, llamé a Memo.
—Memo —dije, sin preámbulos—. El barrio está hablando. Dicen que anda un crítico de Polanco merodeando por la Doctores.
—¿Y eso qué?
—Que me van a descubrir, Memo. Que la taquera se va a enterar de quién soy.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó Memo, con esa calma suya que me saca de quicio—. A lo mejor hasta es buen momento para decirle la verdad. Llevas un mes con la culpa, carnal. Se nota que ya no puedes más.
—No puedo decirle. Todavía no. Primero… no sé. Primero necesito que me conozca de verdad. Que sepa que no soy solo la reseña.
—Pues si sigues así, la única que va a conocer es al tipo misterioso que llega a las once y se va sin decir su nombre. ¿Eso es conocerla?
—Es un comienzo.
—¿Y cuándo vas a dejar de ser el tipo misterioso? ¿Cuando te case con ella? ¿Cuando te descubra en la boda?
—Memo.
—Te estoy diciendo la neta, carnal. Cuanto más esperas, más grande se hace la mentira. Y las mentiras grandes no se perdonan: se lloran.
—¿Y si la pierdo por decirle la verdad?
—¿Y si la pierdes por no decírsela? —preguntó Memo, e hizo una pausa, dejando que la pregunta respirara—. Porque eso sí va a pasar, Emiliano. Tarde o temprano, el barrio habla. El chisme que oíste hoy, mañana es noticia. Y cuando ella se entere por un tercero, ahí sí que no hay salsa que la cure.
—Carnal —dijo Memo, y su voz se puso seria—. Deja de ir.
—¿Qué?
—Deja de ir a esa taquería. Antes de que sea más tarde. Tú mismo lo dijiste: te van a descubrir. Y cuando te descubran, va a ser peor que si se lo hubieras dicho tú desde el principio. Aléjate. Olvídala.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Me quedé en silencio, viendo el techo de mi departamento, con el olor de la grasa todavía en el traje.
—No quiero —dije.
—Entonces —dijo Memo, con un suspiro largo—, no me llames cuando esto truene. O sí, llámame, pero no digas que no te lo dije.
Colgamos. Me quedé sentado en la oscuridad, con el celular en la mano, y tomé una decisión: no iba a volver.
Al día siguiente, sábado, me levanté a las seis de la mañana con la firme intención de no volver.
Me bañé. Me vestí. Me hice un café. Me senté a leer el periódico.
A las diez de la mañana estaba pensando en ella.
A las doce estaba pensando en el suadero.
A las seis de la tarde estaba calculando cuánto tardaba en llegar a la Doctores en taxi.
A las once de la noche estaba parado frente a la taquería.
No pude evitarlo. Y cuando entré, ella me vio, y me sonrió, y yo, que llevaba todo el día peleando contra mí mismo, supe que Memo tenía razón: esto ya no era una culpa.
Esto era algo mucho más peligroso.
Y lo peor de todo es que, mientras ella me sonreía desde la plancha con el paliacate rojo en el pelo, yo supe que no me importaba. Que valía la pena el peligro. Que valía la pena todo.