Capítulo 6 — Vuelve el jueves
El jueves no fue un buen día.
La taquería estuvo tranquila —demasiado tranquila para un jueves—; el hielo se acabó a medio turno, y Don Beto me contó por tercera vez la historia de su yerno, que es una historia larga, triste y con moraleja que él nunca termina de contar.
Algo sobre un muchacho que se fue a trabajar a Tijuana, que le fue bien, que le fue mal, que volvió, que se volvió a ir, y que al final resultó que el que se fue era el suegro. La verdad, ya no la seguí.
—Mija, ¿me está oyendo? —preguntó Don Beto, ofendido.
—Sí, don Beto. El yerno.
—¿Y qué opina?
—Que los yernos son como los aguacates: nunca se sabe si están buenos hasta que los abre.
Don Beto se quedó pensando, asintió con la cabeza, y se fue satisfecho, creyendo que le había dado la razón. El barrio es así: hay que saberle dar la vuelta a las conversaciones.
Para rematar el día, el tipo del programa de la mañana, el crítico de Sazón y circo, había hecho otro comentario sobre mi podcast. Esta vez no se burlaba, pero tampoco daba el brazo a torcer. "La doctora responde con frases bonitas", había dicho. "Bonitas, pero frases."
—Ese wey no me conoce —le dije a la cebolla, picándola con más coraje del necesario—. Si me conociera, no andaría con esas.
—¿Qué dijo? —preguntó Luz, con el celular en la mano.
—Que mis consejos son frases bonitas.
—¿Y no lo son?
—¡Luz!
—Nomás pregunto, mija. A mí me funcionan, pero yo ya te conozco.
A las once de la noche, cuando ya estaba cerrando, cuando ya había bajado la cortina a medias y estaba guardando las salsas, sentí esa corriente de aire que anuncia que alguien entró. Levanté la vista, lista para decir "ya cerramos, mañana con más gusto", y me encontré con él.
El tipo de traje. El del lunes. El que se comió el suadero como quien pide perdón.
Se quedó parado en la puerta, con la corbata un poco floja y el pelo revuelto, como si hubiera corrido para llegar. Nos miramos. Y yo, que tengo quince años de taquería y he visto a medio barrio en sus peores momentos, hice algo que no hice el lunes: le sonreí.
No sé por qué lo hice. A lo mejor era el cansancio.
A lo mejor era que había tenido un día de mierda y él era lo único familiar que había aparecido en él.
A lo mejor era que, entre la reseña de las dos estrellas y el crítico de la mañana, necesitaba ver a alguien que llegara a mi taquería por gusto y no por opinar.
—Ya íbamos a cerrar —le dije.
—Sé —dijo él, y se quedó ahí, sin moverse, como si esperara permiso—. ¿Alcanzo?
Lo dejé pasar. No sé por qué lo dejé pasar. En quince años he mandado a más de uno a su casa a esa hora, con todo y taco a medio comer. Pero a este lo dejé pasar, y él se sentó en la misma mesa de siempre, y pidió lo mismo de siempre:
—Uno de suadero, por favor.
—¿Nada más?
—Y una coca, si tiene.
—Tenemos.
Mientras le calentaba la tortilla, lo observé de reojo.
Tenía las manos limpias, sin callos, de alguien que nunca ha picado cebolla en su vida.
Pero esa noche no me pareció un tipo con historia: me pareció un tipo cansado.
Con los hombros caídos. Con esa mirada de quien ha pasado el día peleando con algo y perdió.
—¿Le fue mal en el trabajo? —le pregunté, sirviéndole el taco.
—Algo así —dijo, y sonrió sin ganas—. Los trabajos de oficina son así: malos lunes, peores jueves.
—¿Usted trabaja en oficina?
—Algo así también.
—Usted es muy misterioso —le dije, y no supe por qué lo dije.
—¿Yo? —dijo él, y por primera vez se le iluminó la cara—. Soy el tipo más aburrido que conozco. Trabajo, como, duermo. No tengo misterio.
—Todo el que dice que no tiene misterio, tiene misterio.
—¿Y usted? —preguntó, mordiendo el taco—. ¿Usted tiene misterio?
Me quedé callada un segundo, pensando en el micrófono de karaoke, en la silla de la plancha, en los miles de corazones rotos que me escuchaban sin saber mi cara.
—Claro que sí —dije—. Soy taquera. Toda taquera tiene misterio.
—¿Y cuál es el suyo?
—Si se lo dijera, dejaría de ser misterio.
—Ah, no —dijo él, y por un momento se le escapó una sonrisa de a deveras, de las que no tienen filtro—. Usted sí sabe jugar.
—Quince años de plancha. Aprendí a no dar puntada sin hilo.
Él se rió. Una risa chiquita, como si no estuviera acostumbrado a reírse, y yo, desde la plancha, sentí algo raro en el pecho, algo que no sentía desde hacía mucho, algo que no iba a admitir ni delante de Luz.
Mi abuela, que llevaba un rato sentada en su banquito de la entrada, sin decir nada, levantó la vista del quinto de la tarde —siempre está tejiendo un quinto que nunca termina— y se quedó mirando al tipo de traje un momento largo.
Luego volvió a su tejido, sin expresión, como si hubiera confirmado algo que ya sabía.
Cuando él se fue, ya pasada la medianoche, mi abuela se levantó del banquito sin decir nada y se metió a la casa de atrás. Yo la vi irse, y supe que algo en ella había cambiado, aunque no supiera qué.
—Abuela —le dije cuando el tipo se fue, ya pasada la medianoche—. ¿Por qué se quedó viendo al cliente?
—Por nada —dijo ella, y siguió tejiendo—. Nomás miraba.
Cuando el tipo se fue, Luz salió de la cocina con los brazos cruzados y esa cara de "yo te vi".
—¿Ese era el del lunes?
—Sí.
—¿Y por qué le sonreíste?
—Porque soy amable con los clientes.
—Mija, a Don Beto le cobras hasta el saludo. A ese le sonreíste como si te hubiera contado un chiste.
—No seas tonta.
—Yo no soy tonta —dijo Luz, subiendo la cortina de a deveras—. Ese tipo no come tacos, mija: los estudia. Y tú lo sabes.
—¿Y qué? —dije, subiendo la cortina también, porque ya era tarde y no tenía ganas de discutir.
—Nada —dijo Luz—. Nomás te digo que los tipos que estudian los tacos, tarde o temprano escriben reseñas.
—Los tipos que estudian los tacos —repetí, probando la idea—. ¿Y qué estudiarían de un taco, si me lo puedes decir?
—Pos no sé, prima. El sabor. La textura. La historia. Lo que sea que estudie la gente que no nomás come.
Me quedé helada en la puerta, con la llave en la mano, viendo a Luz alejarse por la calle vacía. Su comentario se me quedó pegado, como la grasa en el mandil.
—Cálmate, Marisol —me dije a mí misma, subiendo a mi departamento—. El tipo nomás viene a comer.
Pero esa noche, mientras me dormía, volví a ver sus ojos. Y en algún lugar de mi cabeza, muy al fondo, una vocecita me preguntó por qué un tipo de Polanco, con traje y manos limpias, se tomaba el tiempo de venir a la Doctores a las once de la noche a comerse un taco solo.
Y la vocecita no tenía respuesta.
O sí la tenía, pero yo no estaba lista para oírla.