Capítulo 5 — La doctora responde
El martes amaneció con la taquería llena y el radio prendido, como siempre. El barrio no escucha noticias: escucha Sazón y circo. Ese programa matutino donde un tipo con voz de locutor opina sobre comida como si la hubiera inventado él.
Yo estaba picando cebolla cuando lo oí.
—Dicen que cura corazones rotos —decía la voz, con ese tonito de superioridad que me eriza—. Yo solo digo: si va a curar, que cure con comida de a deveras, no con frases bonitas.
Me quedé con el cuchillo en el aire.
—¿Ese wey acaba de hablar de la doctora? —preguntó Luz.
—Sí.
—¿Y tú vas a dejar que te hable así?
—No sabe que soy yo —dije, y el cuchillo picó la cebolla con más fuerza.
—¿Y por eso te va a hablar así? —Luz cruzó los brazos—. Se está burlando de tu podcast enfrente de todo México. Aunque no sepa que es tuyo, se está burlando de TI.
Tenía razón. Y me dolió más de lo que debería, porque era verdad: el crítico de Sazón y circo, el mismo que hacía ocho meses me había hundido la taquería con dos estrellas, ahora se burlaba de la doctora Corazón. El mismo hombre, dos veces. Dos heridas en el mismo lugar.
—Ese tipo —dije, y el cuchillo picó la cebolla con más fuerza—. Primero me mata la taquería y ahora me quiere matar el podcast.
—¿Lo conoces?
—No. Pero lo odio.
—Pues entonces haz algo —dijo Luz—. No te quedes callada. Tú eres la que les da consejos a todos. ¿Qué le dirías a una oyente que le pasara esto?
Qué le diría a una oyente. Esa fue la pregunta que me acompañó todo el día, mientras vendía tacos, mientras gritaba pedidos, mientras el sol caía sobre la Doctores como una lámpara cansada.
Qué le diría a una oyente cuyo trabajo está siendo atacado en público por un tipo que ni siquiera conoce su nombre.
Los clientes no ayudaron. El radio siguió puesto toda la mañana, y el barrio, que oye Sazón y circo como quien oye misa, no dejó de comentar.
—¿Ya oyó lo que dijo el crítico de la doctora? —me preguntó Doña Meche, que vino por sus tacos de siempre—. Dice que cura con frases bonitas. Nomás porque no la conoce. Yo le digo: esa doctora me curó a mí cuando se me fue mi Chucho.
—¿De a deveras, doña Meche? —pregunté, sirviéndole el taco.
—De a deveras. Yo le escribí y ella me contestó. Me dijo que el amor es como la masa: si lo aprietas, se pone duro. Y tenía razón. Desde entonces le creo todo.
—Pues a mí me dijo —terció un señor del mostrador— que los corazones rotos también necesitan reposo, como la carne. Y pues, la verdad, me sirvió.
—A mí me salvó de divorciarme —confesó otro, bajando la voz, como si fuera un pecado—. Le escribí y me dijo que el coraje es como el chile: si lo dejas reposar, ya no pica igual.
—¿Y funcionó?
—Pues… ya no me divorcié. Todavía me cae mal, pero ya no me divorcié.
—La doctora cura hasta los matrimonios —sentenció Doña Meche, y el barrio asintió como si fuera ley.
El barrio defendía a la doctora sin saber que era yo. La que estaba parada frente a ellos con el mandil manchado, sirviéndoles tacos. Era extraño y bonito y aterrador al mismo tiempo: mi voz, mi otra voz, era de ellos, y ellos la cuidaban sin saber que yo los cuidaba a ellos.
Esa noche, con la cortina a medio bajar y el micrófono de karaoke en la mano, supe exactamente qué decir.
—Buenas noches, corazones rotos —dije, y esta vez mi voz no salió tan suave.
Salió con filo, como la cebolla bien picada—.
Hoy quiero hablarles de los críticos. De esos que opinan sin amar la comida, que califican lo que nunca se atrevieron a cocinar, que escriben frases bonitas sobre lo que no entienden.
Del que se sienta en su cabina a juzgar platos que jamás va a preparar, y del que cree que una reseña es un acto de valentía cuando es nomás una opinión con corbata.
Tomé aire. Mi registro de doctora se fue quedando atrás, y por primera vez, delante del micrófono, hablé como Marisol: con el coraje a flor de piel.
—Dicen que yo doy consejos de amor sin título.
Tienen razón: no tengo título. Pero sé una cosa: el que critica desde su cabina sin haberse ensuciado las manos, sin haber picado una cebolla, sin haber llorado por alguien, ese no opina: ese nomás hace ruido.
Y el ruido, al final, se apaga. Lo que se queda es la comida: la que se cocina de a deveras, la que se sirve con las manos manchadas y el corazón entero.
Hice una pausa. El silencio de la taquería vacía me devolvió la calma.
—Aquí, en la doctora, atendemos de siete a once... y de once a dos —dije, y casi me río yo misma del chiste interno—. De día curo crudas con salsa. De noche curo penas con palabras. Y las dos cosas las hago de a deveras, no con frases bonitas.
—Y recuerden: aquí se cura.
Apagué el micrófono y me quedé temblando, con el corazón acelerado, como si hubiera gritado algo que llevaba años guardando.
La taquería vacía me devolvió el eco de mis propias palabras, y por un momento tuve miedo de haber dicho demasiado.
Pero luego pensé en el crítico, en su voz de locutor opinando de mi comida sin haberse sentado nunca en mi banqueta, y el miedo se me convirtió en algo más útil: en ganas.
Ese episodio salió el miércoles. Y explotó.
Los corazones rotos lo compartieron como si fuera agua en el desierto: los críticos que opinan sin amar la comida, los que califican sin cocinar, los que escriben frases bonitas sobre lo que no entienden.
El episodio se volvió viral en un día. Los comentarios llegaron por miles: *esto es para Sazón y circo*, *la doctora le dio en la madre al crítico*, *¿alguien sabe quién es la doctora?
*, *yo le mando un taco a la doctora, que se lo merece*, *ojalá el crítico la oiga y se le quite lo creído*.
—Ya la hiciste, mija —dijo Luz, leyendo los comentarios en su celular, con una sonrisa de oreja a oreja—. Le diste en toda la madre.
—No le di en la madre —dije—. Nomás le dije la verdad.
—Eso es darle en la madre, pero con estilo.
El miércoles por la noche, mientras cerraba la taquería, me pregunté si el crítico habría oído mi respuesta. Si se estaría riendo, o enojado, o simplemente ignorándome, porque para él yo era una anónima más.
—¿Sabes qué te digo? —me dijo Luz, ayudándome a bajar la cortina—. Ojalá la oiga. Ojalá le pique. Y ojalá venga a la taquería a pedirte disculpas, porque aquí sí que lo van a curar de a deveras.
—¿Y si viene a pelear?
—Pos que venga —dijo Luz, encogiéndose de hombros—. Tú sabes darle de comer hasta a los enojados. Ese es tu don, prima.
No sabía que él ya había oído mi podcast. No sabía que la oía todas las noches.
Y no sabía que esa misma semana, el jueves, volvería a mi taquería.
El señor de las once iba a volver.