Capítulo 4 — Sazón y circo
A las siete de la mañana, yo no soy Emiliano Rivas. Soy "Sazón y circo": la voz que despierta a la Ciudad de México opinando sobre comida, restaurantes y, cada vez más, sobre todo lo demás.
—¡Buenos días, ciudad! —grité al micrófono, con la energía de quien ha tomado tres cafés y finge que durmió ocho horas—. Hoy en Sazón y circo: ¿los tacos de la esquina pueden ser gourmet? ¿O el gourmet es una mentira de los que cobran caro por poner cilantro bonito? ¡Llamen, opinen, peleen!
Memo, mi productor, me hizo señas desde la cabina: *ya párale, que son las siete y diez*.
Memo tiene treinta y cinco años, la paciencia de un santo y la cara de quien ha escuchado mis peores ideas.
Es el único que me conoce de verdad, el único que sabe que detrás de la voz famosa hay un tipo que cena solo con el podcast de una taquera desconocida.
—¿Sigues con eso? —me preguntó en el corte, señalando mi celular, donde el episodio de la doctora Corazón llevaba puesto el auricular desde la madrugada.
—Es parte de entender el mercado —mentí, guardando el celular.
—Claro, carnal. El mercado de las taquerías de la Doctores que dan consejos de amor. Muy de nicho.
—El beef da rating, Memo. Ya lo sabes.
Eso fue lo que me enseñó el oficio: que la gente no escucha por amor a la comida, escucha por el pleito.
Por eso, cuando una tal "doctora Corazón" se volvió viral en octubre con sus consejos de amor desde no sé dónde, el programa hizo lo que hace cualquier programa con hambre: la convirtió en personaje.
Un segmento aquí, una burla allá, siempre con la medida justa para que el público se ría y nadie se ofenda.
Yo la manejé como manejo todo: con ironía, con distancia, con la armadura de crítico que me enseñó la tele.
Pero hay algo que no le dije a Memo: que esa misma doctora a la que me burlo en el aire, la escucho de madrugada, con el celular pegado a la oreja, como quien reza.
Que sus episodios me acompañan en las noches en que mi departamento se siente más grande de lo que debería.
Que una vez, en uno de esos episodios, dijo que "los que critican sin amar la comida no saben lo que es cocinar para alguien", y yo apagué el teléfono y me quedé viendo el techo hasta las tres de la mañana.
—Y hablando de la doctora —dije al aire, en la segunda hora, con la sonrisa de crítico—.
Resulta que la nueva sensación del podcasting mexicano es una señora que da consejos de amor sin que nadie le haya pedido su título.
Dicen que cura corazones rotos. Yo solo digo: si va a curar, que cure con comida de a deveras, no con frases bonitas. ¡Sazón y circo, ciudad!
El barrio de los críticos se rió. Memo me hizo la señal de "bien". Y yo, que acababa de burlarme en público de la mujer cuyo podcast escucho de madrugada, sentí ese sabor amargo en la boca que conozco bien: el de la hipocresía con punto de cinismo.
Así funciona mi mundo. El programa, la fama, las invitaciones a juzgar concursos, las cenas donde la gente me pregunta "¿y qué opina usted, Emiliano?" como si mi opinión fuera una moneda. Todo eso es mi identidad. Todo eso soy yo.
Y todo eso apesta, si me permiten la franqueza.
Mi departamento huele a nadie: a café recalentado y a trajes que vuelven del lavado.
Cuando critico a la doctora en el aire, la culpa me sabe en la boca como el café que se quedó demasiado tiempo en la lumbre: amarga, tibia, imposible de tomar a sorbos. Y aun así lo tomo. Todos los días.
Todo eso, y una cena de diciembre que no puedo sacarme de la cabeza.
La familia Rivas se reúne en Nochebuena en la casa de Polanco: mi papá, Don Arturo, al frente de la mesa, con la autoridad de tres generaciones de restauranteros que él salvó de la quiebra y después perdió.
Rivas & Cía fue un imperio. Cinco restaurantes, una cocina de autor, un apellido que pesaba en los menús más caros de la ciudad.
Mi papá lo construyó. Mi papá lo quebró.
Y yo, su hijo, el que se fue a estudiar gastronomía para impresionarlo, terminé siendo crítico porque era la única manera de tener voz en una familia donde solo se escucha a mi papá.
Esa Nochebuena, entre el pavo y los brindis, mi papá me miró por encima de los lentes, con esa sonrisa suya que nunca llega a los ojos.
—¿Y tú? —dijo—. ¿Sigues siendo el que reseña lo que otros cocinan?
—Sí, papá.
—El crítico de la familia. El que nunca se ensució las manos.
Mi mamá miró su plato. Mi hermana Sofía, que lleva años practicando, cambió de tema con una habilidad digna de un premio.
Y yo me quedé con la copa en la mano, sonriendo, con el estómago lleno de pavo y de vergüenza, pensando en todas las respuestas que no me atrevía a dar: que yo sí me había ensuciado las manos, que yo sí había picado cebolla, que yo sí había cocinado para alguien alguna vez —y que la persona para la que cociné se fue de todos modos.
Esa noche, caminando por Polanco con el traje de la cena, me acordé de cuando era niño y mi papá me llevaba a la cocina de Rivas & Cía.
"Mira, hijo", me decía, señalando las ollas, "esto es lo que vale.
Lo demás es ruido." Yo tenía diez años y quería ser cocinero.
Quería heredar esas ollas. Después vino la quiebra, después el desprecio, después el silencio, y yo aprendí a opinar de lo que otros cocinaban porque era la única manera de que mi papá me mirara. Siquiera para criticarme.
Esa noche, caminando por Polanco con el traje de la cena, tomé la decisión que me trajo hasta aquí. No fue un arrebato: fue la acumulación de años de "sigue siendo el que". De reseñas que escribía para demostrar que valía algo. De frases bonitas que me hacían famoso y me vaciaban por dentro.
Fui a la taquería que destruí. Comí el mejor taco de mi vida. Y ahora estoy aquí, en la cabina, burlándome en el aire de la doctora Corazón, con el celular en el bolsillo lleno de episodios que escucho como quien reza.
—Memo —le dije al terminar el programa, con el micrófono apagado—. ¿Tú crees que uno puede arrepentirse de verdad de algo que hizo hace ocho meses?
—Depende —dijo Memo, sin levantar la vista de la consola—. ¿Lo arreglaste?
—No. Todavía no.
—Pues entonces no te has arrepentido de verdad. Arrepentirse es regresar a arreglarlo, carnal. Lo otro es nomás sentirse mal.
Me quedé un instante en silencio, con las luces de la cabina apagándose, y pensé en la mujer del paliacate rojo, en su plancha, en su sonrisa cansada.
—¿Y si arreglarlo es peor? —pregunté.
—¿Peor que qué?
—Que seguir sintiéndome mal.
Memo me miró un rato, con esa cara suya de hermano mayor cansado.
—Pues entonces —dijo—, no sé qué te diga. Pero algo me dice que tú ya decidiste hace rato.
Tenía razón. Ya había decidido. Desde el lunes, desde el primer bocado del mejor suadero de mi vida, ya había decidido que iba a volver.
La pregunta no era si iba a volver.
La pregunta era qué iba a hacer cuando ella descubriera quién era yo.