Capítulo 3 — Dos estrellas
El tipo de traje se comió el taco como quien pide perdón.
Lo vi todo desde la plancha: la manera en que lo olió antes de morderlo, la manera en que lo masticó lento, como si estuviera calificando cada bocado. Y luego se quedó congelado, a mitad de la mordida, con los ojos grandes, como si el taco le hubiera dicho algo personal.
Yo seguí picando cebolla, pero no le quité el ojo de encima.
Quince años de taquería te enseñan a leer a la gente por la manera en que come: el que tiene hambre muerde sin mirar; el que está triste mastica lento y le da vueltas al taco; el que viene a pelear pide el de tripa bien dorada y te mira feo.
Pero este era diferente. Este no comía tacos: los estudiaba.
Me preguntó si venía seguido por aquí. Le dije que no, que se notaba, que aquí la gente no llega de traje a las once de la noche. Él me dijo que le habían dicho que aquí curan, y yo le contesté que dependía de qué tuviera. Dijo que un problema con la comida. Uno grande.
"Uno grande." Lo dijo como quien confiesa un crimen, y yo, que he visto confesar a medio barrio entre taco y taco, no supe si era verdad o si era una forma bonita de pedir que lo dejaran en paz. Opté por lo segundo y lo dejé comer.
—¿Está bien? —le pregunté nomás para romper el silencio, porque llevaba como diez segundos sin masticar, congelado con la mordida en la mano.
—Sí —dijo, y su voz sonó rara, como si le costara trabajo—. Está… bien.
Bien. Un hombre que se come un taco como si fuera un examen dice "bien". Claro.
Se comió otro, pagó, y se fue a la calle con el traje oliendo a grasa, como si no le importara. Me quedé viendo la puerta por donde se fue, y Luz, que había estado espiando desde la cocina, salió con los brazos cruzados.
—¿Y ese quién era? —preguntó, con la mirada de comadre que le conozco desde niñas.
—Ni idea. Un cliente.
—Mija, nadie viene de traje a la Doctora a las once de la noche a comerse un taco solo.
—Pues ya ves.
—¿Y por qué te quedaste viéndolo como si te debiera dinero?
—No me quedé viéndolo —mentí, y me puse a lavar la plancha con más fuerza de la necesaria.
La verdad es que sí me quedé viéndolo. No por el traje —los trajes en la Doctores siempre significan problemas, casi siempre de esos que se resuelven con una orden de aprehensión—.
Me quedé viéndolo porque había algo raro en él.
Algo que no cuadraba. Un hombre de traje, a las once de la noche, que pide un suadero y se lo come como si le fuera la vida en eso, no es un cliente normal. Es un tipo con historia.
Y yo, que doy consejos de amor a miles de personas sin saber nada de sus vidas, tengo un radar para las historias.
Es mi maldición: veo a alguien y me invento su pasado.
Con él fue fácil: traje caro, manos sin callos, el aire de la gente que nunca ha tenido que pedir permiso.
Un tipo de Polanco, seguro. De esos que escriben reseñas en internet con tenedor y luego opinan.
—¿Sabes qué? —le dije a Luz mientras apagaba la plancha—. Ese tipo no come tacos.
—¿Ah, no?
—No. Los estudia.
—Pues que estudie bonito, porque ya nos vamos.
Bajamos la cortina y, mientras Luz se ponía el suéter, yo me quedé viendo la mesa del rincón, donde el tipo de traje había dejado su plato limpio y su servilleta doblada en cuadrito, como quien hace la cama antes de irse.
Nadie dobla la servilleta en una taquería.
Ese detalle se me quedó grabado, como se me quedan los detalles raros, los que después resultan importantes.
Luz se fue a su casa, que está a dos cuadras, y yo me quedé en la taquería vacía, como todas las noches, sentada en la silla de la plancha, con el micrófono de karaoke en la mano.
Eso es lo que nadie sabe de la doctora Corazón: que su estudio es una taquería cerrada, que su silla de oficina es una silla de plástico, y que su público la escucha desde una madrugada que apesta a cebolla y a grasa limpia.
Empecé por accidente, una noche de insomnio de junio, hablándole a la taquería vacía del crítico que me había hundido.
Mi abuela me oyó y no dijo nada —solo me dejó un taco en la silla al otro día, como quien deja una medicina—, y yo seguí grabando.
Porque resultó que hablar a oscuras con un micrófono de doscientos pesos era más barato que el psicólogo, y porque resultó que a la gente le hacía falta alguien que les dijera, con voz tranquila, que no estaban rotos.
Encendí el micrófono. Tomé aire. Y empecé a hablar con la voz de la doctora, esa voz más suave, más pausada, que no es la mía pero también es la mía.
—Buenas noches, corazones rotos. Hoy quiero hablarles de los clientes que te miran como si fueras un plato.
Y conté, sin nombres, sin lugares, sin nada que pudiera delatarme, la historia del hombre de traje que se comió su taco como quien pide perdón.
Dije que a veces la gente llega a tu vida con hambre de algo que no sabe nombrar, y que uno, desde la plancha, no sabe si está sirviendo comida o medicina.
Dije que hay miradas que se sienten en la nuca, y que las hay que se sienten en el alma.
Dije que los hombres que estudian la comida en vez de comerla, por lo general, no están estudiando la comida: están buscando algo que no encuentran en su casa.
Al final, como siempre, el cierre. Mi firma. La frase que mis corazones rotos esperan cada episodio:
—Y recuerden: aquí se cura.
Apagué el micrófono. Me quedé un rato en la silla, viendo el humo que todavía flotaba sobre la plancha apagada, y pensé en el hombre del traje. En sus ojos. En esa manera de masticar como si el taco le estuviera diciendo algo.
—Aquí se cura —me dije a mí misma, subiendo a mi departamento—. A ver si me curo yo también.
Subí las escaleras, me acosté con el olor a cebolla en el pelo, y me quedé pensando en el tipo del traje hasta que me ganó el sueño.
Al otro día, el martes, el mundo siguió girando.
La taquería abrió, los pedidos gritaron, la reseña de las dos estrellas siguió ahí, colgada en mi celular como una lápida.
Pero esa noche, mientras me dormía, pensé en una cosa: el hombre del traje dijo que tenía un problema con la comida.
Yo también tengo uno. Se llama reseña, tiene dos estrellas, y la firmó un tipo que ni siquiera se atrevió a poner su nombre completo.
Y me quedé dormida con esa idea dando vueltas. Aún no lo sabía, pero el problema del hombre del traje y el mío eran, en realidad, el mismo.