La acusación
Antes de preparar nada, Rufus pidió hablar con el duque.
Sarya seguía en la habitación del niño, sin pronunciar palabra. Sabía que, cuanto más se alargara su permanencia en aquel lugar, más difícil sería salir con libertad… o siquiera con vida.
El capitán lo escoltó sin decir nada hasta una cámara lateral anexa al salón de armas. Las paredes estaban cubiertas de escudos antiguos, lanzas ceremoniales y estandartes que ya no ondeaban. En el centro, el duque leía informes junto a un brasero apagado, con una copa de vino oscuro en la mano. El aire tenía olor a cuero curtido y a metal frío. Nada allí era suave.
Ni el mármol.
Ni el silencio.
—Habla —dijo el duque sin levantar la vista.
Rufus tragó saliva. Su voz no tembló. Pero venía desde muy hondo.
—Creo que su hijo fue envenenado… pero no como se cree. Lo que veo es una inflamación en la cabeza. Una fiebre del cerebro. Provocada por un mal que entró en el cuerpo, tal vez por la sangre, tal vez por el aire o por una herida que nadie vio. Pero creo que no ha sido casual.
Eso hizo que el duque alzara la vista lentamente. No interrumpió.
—Pero lo peor no es la fiebre. Es el remedio. El tratamiento que le están dando no lo ayuda. Lo está hundiendo.
Un silencio denso. El duque giró el rostro hacia el capitán.
—¿En qué te basas?
—En que los ingredientes que usa no atacan el origen de la fiebre —dijo Rufus—. Empujan al cuerpo en la dirección equivocada y debilitan las defensas que aún le quedan. El mal se extiende sin que el cuerpo pueda defenderse. En alguien con inflamación en la cabeza, eso puede ser mortal.
—El tratamiento lo ha diseñado el médico de esta casa desde antes de que yo tomara este título —dijo el duque, sin ocultar el filo en su voz—. Un hombre en quien confío más que en la mayoría de los guardias personales bajo mi estandarte.
El duque dejó la copa sobre la mesa, despacio. Luego se irguió.
—¿Estás acusando a mi médico personal?
Rufus no se echó atrás.
—No lo acuso, señor. Pero sí sospecho que el tratamiento está agravando el estado de su hijo. Tal vez comenzó como un error… o tal vez no. Pero lo que se le está dando no es una cura. Es un catalizador. Y, si sigue tomándolo, su hijo no despertará. Nunca.
El duque dio un paso hacia él. Su sombra cayó sobre la piedra del suelo, amplia, como un juicio ya dictado.
—¿Tú? ¿Un muchacho de rostro lampiño y manos manchadas de hierba? ¿Vienes a enseñarme quién miente y quién se equivoca bajo mi propio techo?
Rufus sostuvo la mirada. Su voz seguía serena. No era insolencia. Era certeza.
—No quiero enseñarle nada. Solo quiero salvar a su hijo. Pero, para hacerlo, debe ver lo que yo vi. No bastan mis palabras. Puedo probarlo.
El duque no respondió. Esperaba más.
—He recibido ingredientes equivocados en la botica del médico —añadió Rufus—. No por error. No por confusión. Sino con intención. Componentes alterados cuya combinación puede ser letal.
Un silencio afilado llenó la sala.
—¿Estás diciendo —dijo el duque, cada palabra más lenta— que mi médico quiere que fracases?
Rufus respiró una sola vez, hondo.
—Peor aún, mi señor. Creo que quiere que… mate a su hijo.
Algunos de los ingredientes que me ha dado no solo eran incorrectos. Eran potencialmente letales.
Las últimas palabras no cayeron al suelo.
Quedaron suspendidas en el aire, como un filo sin dueño.
El capitán cambió de postura, incómodo, porque sabía hacia dónde se dirigía la conversación y presagiaba que acabaría muy mal.
Durante un segundo, el silencio fue total.
El tipo de silencio que precede a los castigos públicos.
O a una ejecución sin juicio.
El duque avanzó un paso. Luego otro. Cada uno medido, cargado de una tensión contenida que no necesitaba gritos para hacerse sentir. Su voz, cuando habló, fue tan baja que casi pareció más peligrosa que un rugido:
—¿Vienes a mi casa, a la sala donde he enterrado a traidores y aliados por igual, y me dices que mi propio médico, al que he confiado la salud de mi sangre, está envenenando a mi hijo… y que tú, un desconocido, has venido a salvarlo?
El duque estaba tan cerca que Rufus pudo ver su furia acumulada, contenida detrás de la mandíbula cerrada y de las manos que no temblaban.
Parecía más una estatua tallada por la guerra que un hombre.
—¿Quién te enseñó a hablar así? ¿Quién te dio esa lengua?
Rufus sostuvo la mirada. No como un desafío, sino consciente de que, si la conversación acababa así, su destino y el de sus amigos estaría sellado.
—No busco enemigos, mi señor. Solo vi lo que vi. Y no decirlo sería dejar morir a un niño que aún puede salvarse.
El duque alzó una mano como si fuera a emitir una sentencia.
Luego volvió sobre sus pasos. Su espalda era igual de severa que su rostro. Y, en el breve silencio que siguió, algo se deshizo, no en su autoridad, sino en su convicción inmediata.
Apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla. El vino había quedado olvidado en la mesa.
—¿Tienes pruebas?
—Solo los ingredientes. Y lo que pueden provocar si se dan juntos. Puedo preparar la misma mezcla que el médico me ha dado. Si se la damos a uno de sus sabuesos, sabrá si lo que digo es cierto.
El duque no respondió de inmediato. Lo pensó. Como quien no decide entre dos rutas… sino entre dos ejecuciones.
Finalmente se giró. Su voz ya no era de ira.
Era la de un hombre que había aprendido a reconocer las mentiras… y también a temer las verdades inesperadas.
—Esos ingredientes podrías haberlos traído en tu mochila. No demuestran nada.
Rufus bajó la mirada un instante, como si pensara en la acusación con respeto, no con miedo. Cuando alzó los ojos de nuevo, su voz no se quebró.
—Tiene razón, mi señor. Podría haber traído esos ingredientes conmigo. Podría haberlos escondido. Pero no lo hice.
Hizo una pausa, breve. Calculada.
—Y, si me permite demostrarlo, lo verá usted mismo. Porque no solo tengo los ingredientes. Tengo también los frascos con las flores mal etiquetadas. Y las proporciones exactas que el médico me entregó. Podría haber inventado una trampa, sí… pero no habría tenido tiempo de planearla entre la habitación de su hijo y la galería de la botica. Además, la letra no es la mía. Eso pueden comprobarlo.
Se acercó un poco, sin romper el límite de la prudencia. Habló más bajo, más firme.
—No le pido que me crea. Solo que observe. Y, si me equivoco, no necesitará verdugos. Yo mismo no tendré derecho a seguir con vida.
Entonces añadió con una calma que era totalmente fingida:
—Pero, si no me equivoco… entonces su hijo aún puede salvarse.
El duque dio un golpe en la mesa que asustó incluso al capitán y esbozó una sonrisa que parecía más bien una condena de muerte.
—Muy bien, muchacho. Demuestra lo que dices. Si estás equivocado, yo mismo entregaré tu nombre a los verdugos. Y, si tienes razón… el mundo será un poco más pequeño para mi médico.
El duque se quedó inmóvil. Su rostro no cambió. No preguntó más.
Solo habló, seco:
—Capitán. Traed a un sabueso de las cacerías. Quiero ver qué hace esa medicina… en un cuerpo sano.
—Hay algo más, su excelencia —dijo Rufus, a pesar de que le habría gustado cerrar la conversación ahí—. Puedo preparar la mezcla en unos minutos para que ustedes se la den al perro, pero necesito ingredientes fiables que no vengan del almacén de Vellmar.
—¿De dónde, entonces?
—De la botica de la que me acusaron de haber robado. Durante el tiempo que estuve allí vi que tenían todo lo que necesito.
—No necesitas ir tú.
—Mi señor duque, con su permiso, quisiera salir al herbolario de la ciudad. Con guardias, si hace falta. Necesito ver con mis propios ojos lo que compro. No me fío de las mezclas del boticario del palacio y prefiero que no haya malentendidos. No quiero perder más tiempo antes de tratar a su hijo.
El duque asintió sin mirarlo y se dirigió al capitán.
—Llévate al menos dos guardias. Y no te desvíes ni una calle. No quiero que este adolescente charlatán se pierda.
Rufus hizo una reverencia.
—¿Puedo llevar a mi amiga Sarya conmigo?
—De ninguna manera —contestó de forma taxativa el duque.
Salieron de allí con la sensación de que, a cada minuto que pasaba, Rufus y sus amigos tenían un futuro más incierto. Quizá el plan de Domer y Sarya de ayudar a sus amigos a escapar de la cárcel, que en su momento le había parecido el peor plan del mundo, ahora ya no le parecía tan malo.
El carro avanzaba despacio por las calles empedradas de Brandelor y, a cada giro, el sonido de los cascos de los caballos marcaba un ritmo que no era marcha militar ni desfile.
Era un aviso.
Tres guardias a caballo, el capitán a su lado, y Rufus encerrado en su propio silencio.
No estaba encadenado.
Pero el mensaje era claro: no eres libre.
El aire matinal olía a bronce, a pan recién hecho… y a algo más: la humedad que se filtra entre las piedras cuando la ciudad lleva demasiadas cosas sin decir.
El carro cruzó la plaza del mercado, ya despejada, salvo por los restos de fruta seca y cántaros rotos. Rufus se fijó en las ventanas. Algunas se cerraban al paso de los soldados. Otras miraban demasiado.
El capitán, de gesto pétreo, no había dicho una palabra desde que partieron del palacio. Solo miraba al frente, la mano siempre cerca del pomo de la espada, como si lo escoltara… o lo midiera.
—¿Botica de la Rosa Negra? —preguntó finalmente, sin mirarlo.
—Calle Olinar, número tres —respondió Rufus.
El capitán asintió, y uno de los jinetes adelantó al grupo para abrir paso.
—No me importa ayudar. Es lo que he hecho desde que tengo memoria —dijo Rufus, sin ocultar la tensión en su voz—. Pero sigo sin entender cómo acabé en medio de una posible conspiración para asesinar al heredero de un duque… siendo un muchacho sin nombre.
Esbozó una sonrisa seca, sin humor.
—¿Qué puede salir mal? Todo, tal vez.
Se volvió hacia el capitán con una mirada más seria.
—Además… si esto termina mal, no solo caerá sobre mí. Usted también me llevó al palacio. Podrían culparlo por haber confiado en alguien como yo.
El capitán no se inmutó. Su respuesta fue directa.
—El duque es mi primo.
Rufus lo miró, sorprendido por la franqueza.
—Los médicos oficiales no se atreven a hablar con claridad —continuó el capitán—. Le temen. Pero algunos, en privado, ya me han insinuado que el niño… no tiene buen pronóstico. Eso tú también lo sabes.
Guardó silencio un instante, antes de añadir:
—Y no confío en Vellmar. Nunca lo he hecho del todo. Hay algo en él que no encaja, aunque lleve décadas sirviendo a esta casa.
Miró a Rufus de forma directa.
—¿Crees que el niño puede sobrevivir?
Rufus dudó un segundo antes de responder. Luego se encogió de hombros, no por indiferencia, sino por honestidad.
—Depende. De si su cuerpo aguanta… y de si lo que le han estado dando durante estas semanas fue fruto de la ignorancia o un diseño deliberado para matarlo.
—¿Y tú qué crees?
—Eso es lo que intento descubrir —dijo Rufus—. Pero usted también debería preguntarse si alguien tan cercano al poder como el doctor tendría motivos para deshacerse de un heredero… y quedarse al lado del dolor. Si el niño muere, ¿qué podría ganar?
El capitán frunció el ceño, cruzando los brazos.
—Ya lo estoy haciendo. Algunos de mis hombres están buscando respuestas. No tardaremos en saber si Vellmar está cometiendo errores…
O crímenes.
El resto del trayecto transcurrió en una calma tensa. La calle Olinar era más estrecha, pavimentada en piedra oscura, flanqueada por balcones con rejas de hierro y toldos descoloridos por el humo de los alquimistas.
Finalmente, se detuvieron frente a la Botica de la Rosa Negra: una puerta baja de madera oscura, sin letrero, sin pomo, sin aldaba. Solo una ranura dorada con forma de hoja y, en su centro, grabado a fuego, un círculo de raíces y un ojo abierto.
Rufus sintió el mismo escalofrío otra vez. Ya casi se había olvidado del símbolo. El mismo del pañuelo que llevaba en el bolsillo y que había visto en el palacio del duque.
—Aquí es —dijo Rufus, más para sí que para los demás.
El capitán bajó primero. Luego hizo un gesto a uno de los guardias.
—Entrarás conmigo. El resto, cubrid la calle. Que nadie se acerque sin permiso.