La Herencia Olvidada #9
—Entonces entenderá por qué estoy acostumbrado a ver rótulos en los recipientes —dijo Rufus, despacio—. Mi abuelo me enseñó que, incluso conociéndolos de memoria, una buena marca ahorra sustos y dudas. Además, muchos ingredientes pierden fuerza con el tiempo, y conviene saber cuándo fueron preparados.
El médico giró levemente el cuello. Una sombra de sonrisa apareció en su perfil.
—Aquí tienes tu corteza de fresno —dijo, entregándole otro frasco sin etiqueta—. De los Montes del Sur. Potente. Demasiado, tal vez… si no se equilibra con acónito. ¿No querrías probar eso?
—Ya me ha dicho usted qué opina del acónito. Quizá lo utilice —dijo Rufus, mintiendo.
En una cabeza inflamada como la del niño, era lo último que debía usar.
—Claro —repuso el médico—. En la dosis correcta… puede ser la diferencia entre despertar… o una larga fiebre sin retorno. Pero eso ya lo sabes tú, ¿verdad?
Rufus tomó el frasco. No lo abrió.
—Claro… Lo usaré sin duda. Gracias por el consejo.
—¿Y las fórmulas? —preguntó Rufus—. ¿Dónde las anota?
—No necesito anotar lo que ya está escrito en mis huesos —dijo el médico, y, por un instante, su voz sonó sincera.
Luego añadió:
—Pero tú sí deberías. Los errores de los jóvenes suelen ser… más visibles.
Rufus sonrió. Fue breve. Solo un gesto.
—Es cierto, doctor. Puede escribir el nombre en los frascos que me va a entregar. Sin rótulos, yo los confundiría. Los errores dejan huella.
El médico lo miró entonces.
Por primera vez.
Lento.
Después se puso a escribir el nombre en los frascos que iba a entregarle.
—Solo asegúrate de no dejar la tuya, muchacho.
Rufus inclinó la cabeza en un gesto respetuoso.
—Descuide. Nunca cometo crímenes. Aun así, me viene bien la experiencia de alguien como usted. No quiero aprovecharme de su conocimiento, pero estoy aquí para salvar a mis amigos y usted es, claramente, alguien con mucha más experiencia. Yo, sin embargo, me he visto envuelto en esto por error.
Mientras Vellmar rebuscaba en los estantes, Rufus fingió dudar. No por ignorancia, sino como quien busca confirmación en terreno ajeno.
—¿Usted ha tratado antes inflamaciones nerviosas como esta? —preguntó, sin arrogancia.
—He tratado más casos de los que podrías enumerar en un invierno —respondió el doctor, sin alzar la voz.
—Entonces me interesa saber su receta exacta —dijo Rufus—. No para juzgarla, claro. Solo para aprender. La fiebre cerebral es un terreno que no domino por completo… y sería un error no escuchar a quien lleva más años que yo respirando.
—Ya te dije que no se trata de fiebre cerebral, sino de un envenenamiento.
—En ese caso, ¿qué debería darle?
El doctor soltó una carcajada.
—Lavanda azul, eufrasia, corteza de acónito macerado y galenia seca. ¿Estarás de acuerdo conmigo en que es la mejor opción?
Rufus sabía que aquella receta era, potencialmente, un veneno de acción rápida.
—Si pudiera ayudarme con la mezcla de esos ingredientes, quizá lograría impresionar al duque y nos dejaría libres para marcharnos cuanto antes.
El doctor entrecerró los ojos. Sus dedos temblaron mientras acariciaba el borde de un frasco.
—¿Quieres escribirla mientras te la dicto?
—Si no le molesta, prefiero que la escriba usted. Para seguirla paso a paso, sin alterar sus proporciones. Si yo la copiara, podría equivocarme, y no sería justo con el paciente… ni con usted.
La mención de “justicia” lo convenció.
Vellmar tomó una hoja de pergamino, un tintero con aceite azul, y anotó:
“Infusión base: lavanda azul (6 gotas), eufrasia (3 partes), corteza de acónito macerado (1/2 parte). Añadir una pizca de galenia seca.”
Cuando terminó, se la entregó con una media sonrisa sardónica.
—Ahí tienes, muchacho. Lo que no curan las manos lo curan las hierbas. Es decir, la mayor parte de las enfermedades.
Rufus asintió y dobló el papel con cuidado y fingida admiración, como si llevara una reliquia. Pero, en su mente, cada palabra escrita era una confesión velada.
Después recibió los ingredientes envueltos en un paño. Los tomó. Los olió. Los palpó con cuidado. La lavanda estaba mezclada con algo… No supo qué al instante, pero no era pura.
Vellmar lo miró sin poder evitar que una sonrisa apareciera en sus labios.
Cuando Rufus salió, la cerradura volvió a sonar a óxido y encierro.
Cruzó la galería de regreso con los ingredientes envueltos en el paño, el eco de sus pasos más ruidoso que de costumbre. Llevaba la certeza clavada en el estómago como un hierro al rojo: no era solo que el tratamiento no curara, era que estaba hundiendo al niño más rápido. Y ahora los ingredientes que el médico le había entregado no solo eran incorrectos… Su combinación, en las proporciones indicadas, era potencialmente letal.
Rufus apretó los dedos alrededor del paño. No por rabia, sino por claridad.
Porque el error podía ser ignorancia…
Pero también podía ser algo peor.
¿Descuido o intención? ¿Incompetencia… o asesinato?
El médico del duque no podía estar tan diametralmente equivocado en algo tan serio.
Vellmar quería que fallara.
O peor aún…
Quería que el niño muriera y que la culpa cayera sobre él.
Las probabilidades se inclinaban peligrosamente hacia lo segundo.