La Herencia Olvidada #8
No era solo fiebre. Era inflamación. Un ardor más profundo, no de sangre, sino de tejido. Un pulso sordo que no venía del corazón, sino de la cabeza.
Se volvió hacia la duquesa, con respeto.
—¿Ha enfermado antes? ¿Fiebres, heridas, infecciones? ¿Algo que haya antecedido a este estado?
Ella lo miró con desconfianza, pero respondió con precisión, como si llevara un diario mental de cada día desde que su hijo cayó enfermo.
—Tuvo un resfriado leve hace más de un mes. Nada importante. Volvió cansado de una salida a la ciudad y, a los dos días, se le disparó la fiebre. No reaccionaba. No respondía cuando lo llamábamos.
Rufus asintió lentamente.
—¿Recibió algún tónico nuevo durante ese tiempo? ¿Heridas en la cabeza?
—No —intervino el médico del duque, un hombre que superaba los setenta años llamado Vellmar—. Esto no es infección, joven. Es una intoxicación. Alguien lo envenenó en la ciudad. Un intento de asesinato encubierto.
Rufus miró al duque y después al médico con atención. Algo en la voz de Vellmar… la forma en que afirmaba sin duda lo que no podía probar… activó una alarma en su interior.
—¿Y qué tratamiento le está dando ahora? —preguntó con calma.
—Una combinación para purgar los humores: infusiones de eufrasia, un toque de cantárida diluida y esencia de acónito. Nada que no haya sido usado en otros cuadros similares.
Rufus sintió cómo una parte de él se erizaba.
Acónito.
Cantárida.
En un cuerpo con inflamación en la cabeza, eso no solo no ayudaba. Podía hundirlo todavía más lejos.
—¿Podría llevarme a su botica? Necesito preparar una fórmula.
El médico lo miró por encima del hombro, como si oliera a estiércol.
—Nadie que no sea yo ha entrado en mi botica desde que comencé a trabajar para el padre del duque —dijo, con una sonrisa de orgullo contenido.
Y entonces, desde el otro lado del salón, la voz del duque cruzó el aire como una daga envainada en hielo:
—Lo acompañarás. Y abrirás cada estante como si estuvieras mostrándole al duque el interior de tu alma.
Su tono no alzó el volumen. No lo necesitaba. La amenaza estaba en la firmeza brutal de cada palabra.
—Y, si veo que ese muchacho tiene razón y tú has sido negligente, ni la memoria de mi padre te protegerá y tu cabeza acabará en una pica de la Plaza Mayor.
El médico bajó los ojos.
—Sí, mi señor.
Vellmar asintió. Rufus inclinó la cabeza, con respeto.
El médico —alto, enjuto, con dedos manchados de tinturas y un leve temblor en la mano izquierda— lo condujo con aparente amabilidad a su botica. El trayecto fue breve, en silencio, salvo por el leve roce de sus ropas al caminar. Atravesaron una galería alta, flanqueada por bustos de mármol cubiertos de polvo, donde el aire olía a viejo incienso y yeso seco. El ala este era más fría, más callada. Como si la vida se apagara allí con el paso de los siglos.
La puerta de la botica era de roble, reforzada con hierro. El médico la abrió con una llave que llevaba al cuello. La cerradura chirrió como si no hubiera sido usada en semanas.
Dentro, la botica era un semicírculo abovedado, con estanterías hasta el techo repletas de frascos polvorientos, etiquetas escritas en latín y una tenue luz verde filtrada por vitrales antiguos. El olor era acre, envolvente: una mezcla de alcanfor, ruda y humedad contenida. Las hierbas colgaban del techo como animales disecados. Frascos cerrados con cera. Un mortero de piedra manchado.
Rufus sintió una vibración leve en el pecho, como si una cuerda invisible se hubiera tensado al entrar. Algo en aquel lugar no estaba donde debía. O no estaba siendo usado como debía.
El médico caminó hacia una estantería sin invitarlo a acercarse.
—Necesito corteza de fresno, raíz de serpiente, tintura de lavanda azul y un poco de polvo de rosal silvestre —dijo Rufus, despacio, pronunciando cada término con la precisión de quien no puede arriesgar una sílaba.
El médico empezó a moverse entre los frascos con la seguridad automática del hábito, pero Rufus lo observaba con atención.
—Esas sustancias no le ayudarán… —murmuró Vellmar, con la indiferencia de quien despacha un encargo menor.
Cuando tomó el frasco que debía ser lavanda azul, algo se encendió en la memoria olfativa de Rufus. La flor en su interior era distinta. Semejante en forma, sí, pero no en esencia. Demasiado ácida. Más reactiva. Una variedad silvestre mal procesada. En un cuerpo inflamado, como el del príncipe, podía disparar alucinaciones, agudizar la fiebre, incluso afectar la memoria a largo plazo.
—¿Y esta lavanda azul? —preguntó Rufus, sin mirar directamente al médico—. Tiene un aroma… más ácido del que recuerdo.
—Variedad silvestre —dijo el médico con naturalidad—. Más vivaz. Menos domesticada. Como tú.
El silencio entre ellos fue más frío que la piedra.
—No la procesó usted.
—¿Importa? —respondió Vellmar, alzando una ceja—. Los médicos no estamos para procesar las sustancias, sino para hacer uso de ellas.
Rufus observó un frasco más. No era rosal silvestre. Era otra cosa. No mortal. Pero, combinada con cantárida… peligrosa.
—¿Siempre guarda sus tinturas expuestas a la luz y sin etiquetar? —preguntó con naturalidad, observando los frascos sin rótulos.
—Cuando uno tiene mil remedios que recordar, confía más en el orden que en los letreros —respondió el médico, sin volverse.
Luego añadió, con algo peor que sarcasmo: con interés.
—Dicen que tienes un don. Siempre me ha fascinado la intuición… ese salto al vacío disfrazado de certeza. ¿Cómo era que lo llamaban en los círculos académicos? ¿Insolencia poética?
Rufus no respondió. El olor lo envolvía: alcanfor, cuero viejo y, detrás… algo dulce y amargo. Una raíz oxidada.
—La medicina —continuó el médico— no es un acto de fe. Es repetición, disciplina, precisión. Como una oración. Un solo ingrediente fuera de sitio, y lo que alivia… mata.