Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Herencia Olvidada #7
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La Herencia Olvidada #7

—No las robamos. Pagamos por ellas más de lo que habría pagado cualquier otro. Pero es cierto que el boticario no quería vendérnoslas. Son sustancias peligrosas, letales en dosis equivocadas.

—En efecto. De hecho, yo mismo las prohibí hace años. ¿Eso de que son sanadoras es alquimia, superstición o un truco de feria?

—Es un procedimiento médico —respondió Rufus sin alzar la voz—. No puedo explicarlo del todo, pero funciona. Siempre bajo ciertas condiciones… y si el cuerpo aún quiere quedarse. El propio boticario sabe que son tan curativas como mortales cuando se aplican con conocimiento. Puede preguntárselo a él.

Bajó ligeramente la mirada, con una deferencia medida.

—Mi señor duque, comprenderá que mi intención jamás fue desafiar las normas de su tierra, sino aliviar dolores que otros no se atrevieron a mirar de frente.

—Y, aun así, están prohibidas porque se han usado infinitamente más para envenenar que para curar —dijo el duque.

Rufus hizo una pausa, respiró y continuó:

—Sombrasol y lengua de ciervo son herramientas antiguas. Peligrosas, sí, si se usan sin juicio. Pero, bajo ciertas manos, también pueden evitar un entierro temprano. Sabía que, a pesar de las prohibiciones ligadas a su uso criminal, en sus dominios aún se vendían cuando estaban destinadas a sanar. La botica lo demuestra. En Brandelor, donde incluso los caballos reciben cuidados mejores que muchos hombres, pensé que habría lugar para que la vida se defendiera.

—¿Y en qué posición quedo yo si permito que se usen sustancias prohibidas sin mi permiso?

El duque no respondió de inmediato. Rufus alzó la vista, lo justo para captar su reacción.

—Entiendo que alguien en su posición debe proteger no solo la ley, sino también su reputación. Y créame, lo último que deseo es que se le relacione con prácticas indebidas. Por eso actué en silencio. Solo cuando la necesidad era urgente. Y, si alguien debe ser castigado, soy yo… no mis amigos, que están encarcelados injustamente.

Sarya lo miró de reojo.

Rufus continuó:

—Además, el propio boticario admitió que su uso estaba permitido a médicos. Yo no tenía tiempo ni medios para demostrar mi educación salvo respondiendo correctamente a sus preguntas sobre dosificaciones. Algo que hice y que él puede corroborar.

El duque no modificó su mirada, dura como el hielo.

—Capitán, comprueba si lo que dice este chico es cierto.

Rufus volvió a bajar la vista en una muestra de respeto.

Sarya lo miró, al borde del pánico. Esta vez, como cuando los defendió de los jinetes en la ciudadela, Rufus no parecía el mismo chico tímido que conocía, sino alguien con una sabiduría antigua y oscura, capaz de encantar al mismísimo duque o de hacer que los ajusticiaran por un simple matiz de tono mal elegido.

Hubo un silencio tenso que duró unos segundos.

—Y tú, Rufus —dijo por fin el duque, pronunciando su nombre completo con precisión—. ¿Cómo sé que no traes veneno en lugar de cura a mi casa?

—No lo sabe —respondió Rufus, directo—. Solo puede juzgar lo que ve. Por eso estoy aquí. Creo que es usted un hombre sabio que busca respuestas que otros no le han podido dar… y que quizá yo, dentro de la humildad que mi clase me permite, pueda ofrecerle.

Rufus sabía, mientras hablaba, que aquel hombre no los mandaría a prisión, sino a la horca, si sospechaba siquiera una intención dudosa. Aunque por dentro temblaba, una certeza antigua que no comprendía lo hacía hablar con naturalidad, con cierto orgullo y con claridad. Una certeza que, si fallaba, le costaría la vida.

El duque no se ofendió. Sonrió con la boca, no con los ojos.

—Buena respuesta.

Luego inclinó la cabeza.

—Si el capitán dice la verdad, curas humanos. Incluso donde los médicos no saben curar. ¿Es cierto?

—Es cierto… —asintió Rufus.

—Te permitiré ver a mi hijo. Después —continuó el duque—, me dirás si puedes curarlo y prepararás una medicina que darás a un heraldo. El heraldo dormirá en mi torre tres días, bajo vigilancia. Solo entonces decidiré si permito que pongas un dedo sobre mi sangre.

Su voz bajó un grado.

—Y no podrás modificar la fórmula después. Acertarás… o fracasarás. Desde el primer intento.

—¿Su hijo? Pensaba que veníamos a curar a su caballo… —dijo Rufus, mirando al capitán.

Pero la expresión de este seguía siendo de piedra.

Sarya, a su lado, evaluaba rutas de escape con la mente. Aunque no vivía en Brandelor, sabía lo suficiente del duque para comprender que aquel hombre no dudaba en colgar a quien desafiara su autoridad. Y, si los médicos habían fallado con su hijo, depender de un desconocido era el tipo de apuesta que solía acabar mal… para el jugador más débil.

Si aquel hombre era capaz de usar a uno de sus sirvientes para probar una medicina potencialmente envenenada preparada por un desconocido, ¿qué no haría con ellos si sentía que lo estaban engañando? ¿Qué no haría, simplemente, si se frustraba porque no habían curado a su hijo?

Rufus asintió, conteniendo la reacción. No por miedo ni por aceptación, sino por la claridad brutal del peso de aquellas palabras.

El duque se volvió sin más. Hizo un gesto con dos dedos.

Era hora de seguirlo.

El grupo avanzaba en silencio, flanqueado por los dos guardias como si escoltaran a prisioneros de guerra y no a un muchacho con hierbas en los bolsillos. Las botas resonaban sobre los pasillos de piedra pulida, bajo arcos altos donde las sombras parecían susurrar secretos antiguos. Las antorchas estaban bien colocadas, sí, pero la luz no era cálida. Era luz de deber, no de hogar.

Rufus notaba cada mirada, cada recelo. El capitán no decía nada, firme como siempre, y el duque abría cada puerta con la seguridad de quien no teme ser visto, sino ser desobedecido. Sarya caminaba justo detrás de él, la espalda recta y los ojos afilados.

La última puerta era doble, de madera tallada con motivos de estrellas y serpientes entrelazadas. Cuando se abrió, el silencio cambió de tono.

Dentro, la habitación era luminosa y amplia, con ventanales velados por cortinas blancas. Había libros, mapas, estanterías ordenadas. Todo en la estancia parecía dispuesto para un niño inteligente, curioso. Todo, excepto la cama.

El niño estaba tendido sobre un colchón alto, rodeado de almohadas. Diez años, tal vez menos. Su rostro tenía la palidez de quien lleva semanas sin ver el sol. Estaba quieto. Demasiado. Solo los párpados parpadeaban, como si el cuerpo recordara respirar por inercia. Las mejillas hundidas, los labios secos. Parecía un príncipe dormido en un cuento… pero uno donde nadie garantizaba el despertar.

A su lado, sentada en una silla baja, estaba la madre del niño.

Era una mujer de belleza severa, con los rasgos firmes y el cuello erguido como una estatuilla de mármol. Vestía de gris perla, sin joyas, sin ornamento alguno salvo un anillo oscuro en la mano derecha. Sus ojos —de un tono ámbar claro— se posaron sobre Rufus como si ya lo hubieran juzgado antes de que entrara.

A un lado de la habitación, tres hombres mayores —dos vestidos con túnicas médicas y cintas bordadas de la Universidad de Brandelor, otro con las insignias del duque— aguardaban de pie, los brazos cruzados. Observaban como halcones: con distancia y con hambre.

La duquesa se levantó lentamente. Caminó hacia Rufus. El duque no la detuvo.

—¿Tú eres el muchacho? —preguntó.

Su voz era serena, pero tenía filo.

Rufus hizo una leve inclinación de cabeza.

—Sí, mi señora.

—¿Sabes lo que pasa si haces daño a un hijo de esta casa?

—Sí —respondió, sin titubear.

Ella no se inmutó. Siguió caminando en círculo alrededor de él, como midiendo su estatura, su temblor, su olor.

—¿Qué sabes de medicina? ¿Quién te enseñó? ¿Con qué autoridad crees que puedes entrar aquí con tus raíces y tus supersticiones?

—No me enseñó una sola persona, aunque mi principal maestro fue mi abuelo —respondió Rufus, con cuidado—. Aprendí de los libros que otros desechaban y de escuchar. Mucho. Escuchar al cuerpo, al pulso, al temblor de una fiebre. No tengo autoridad. Solo soy alguien que ayuda a los demás cuando puede.

Una pausa tensa. Sarya lo miró de reojo, como preguntándose si estaba loco o encantado.

La duquesa ladeó la cabeza, sin apartar la mirada.

—¿Has visto a un niño como él? ¿Tan quieto y tan ausente?

Rufus dio un paso hacia la cama. El duque no lo detuvo. Se acercó con cuidado, sin tocar, y observó. La piel del niño parecía helada. Bajo los párpados, las pupilas se movían rápido, como si soñara algo que no podía abandonar.

—No exactamente así… —murmuró Rufus—. Pero sí algo parecido. Es como si el cuerpo aún estuviera aquí, pero lo demás… no supiera volver.

—¿Lo curarás? —preguntó la madre.

Rufus respiró hondo. Sus ojos se posaron en los labios agrietados, en el leve rastro de hojas secas bajo la almohada. En la sombra que no pertenecía a ese cuarto.

—Lo intentaré —dijo.

La duquesa se giró hacia el duque. No dijo nada, pero sus ojos hablaron. Él asintió.

Uno de los doctores dio un paso al frente.

—Mi señor —dijo al duque—, este muchacho no tiene título. Ni formación. Su intervención puede…

—Su intervención ocurrirá si yo lo digo —interrumpió el duque, sin subir la voz—. Vosotros ya habéis fracasado, pero seréis útiles para asesorarme sobre el tratamiento. Y, si detecto que el chico o alguno de vosotros no está siendo honesto, acabaréis en una tumba sin lápida en menos de un día. ¿Ha quedado claro?

Rufus, Sarya y los doctores tragaron saliva. Ella no había dicho una palabra desde que había visto al duque y pensaba seguir así, pasando lo más desapercibida posible y escapando con Rufus en cuanto tuviera la menor oportunidad.

Rufus permaneció de pie junto a la cama durante largo rato, observando al niño como si buscara leer en su respiración una frase incompleta. Los médicos hablaban entre sí, cruzando términos como “letargo prolongado”, “humores comprometidos”, “resistencia a tónicos básicos”. Pero Rufus solo escuchaba el silencio del cuerpo: ese lenguaje callado que pocos saben traducir.