Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Herencia Olvidada #6
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La Herencia Olvidada #6

Sarya mantuvo la vista en él por un momento más, como si intentara ver más allá de sus palabras, desentrañar lo que Rufus mismo no se atrevía a admitir.

—Eso suena bien —murmuró, sin sarcasmo, pero con una seriedad densa—. Pero no es justo ni honesto. Ni para ella… ni para ti.

Rufus frunció el ceño, pero no habló.

—No puedes vivir entre líneas. Decidir no decidir… también es una decisión. Solo que hace daño más lento.

Luego volvió la mirada al frente, como si ya no esperara respuesta.

—Y ese “después” que estás esperando… puede que nunca llegue. No puedes paralizar tu vida y la suya indefinidamente.

Rufus se preguntó, por un segundo, qué habría sentido por Sarya si no existieran Sylvae ni Colette.

Pero ese pensamiento se desvaneció tan rápido como había llegado, tragado por el traqueteo del carro y por el peso del día que los esperaba.

Llegaron a las caballerizas cuando el sol aún se abría paso entre la bruma de la mañana. El aire olía a paja, cuero húmedo y hierro caliente. El capitán ya los estaba esperando, de pie, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, como si llevara rato allí.

Al verlos, no dijo nada al principio. Solo los miró y luego desvió la vista hacia el establo.

—Vuestro muchacho despertó con hambre —dijo finalmente, con una media sonrisa—. No sé qué demonios le hiciste, pero ninguno de nuestros sanadores de animales logró eso.

El caballo, un hermoso alazán de ojos inteligentes, estaba de pie, comiendo con calma, como si la fiebre de los días anteriores nunca hubiera ocurrido.

Rufus se acercó. Lo tocó con suavidad entre los ojos, revisó los flancos, la respiración, el pulso leve en la base del cuello. Luego palmeó el costado del animal y asintió.

—Ya está. No necesita más. Se curará solo.

El capitán asintió también, sin apartar la mirada de él.

—Tienes algo… raro. Algo que no se aprende. —No era un cumplido. Sonaba más a constatación incómoda—. Y por eso vais a acompañarme.

Rufus frunció el ceño.

—¿Y nuestros amigos? —preguntó—. Dijiste que, si veníamos, podríamos recogerlos y sacarlos.

—Y podréis —replicó el capitán—. Pero antes hay algo más que debéis hacer.

Se volvió y comenzó a andar sin más explicaciones, con el porte de quien está acostumbrado a que lo sigan sin hacer preguntas. Rufus y Sarya intercambiaron una mirada breve, pero no dijeron nada. Lo siguieron.

Fuera del establo, junto al empedrado, había un carro esperándolos. Pero no era uno de transporte militar. Era un carruaje aristocrático, elegante, con relieves dorados en las puertas y tapicería limpia. Un cochero vestido con librea se mantenía quieto, como si fuera parte del mobiliario.

Rufus tragó saliva.

—¿Y ahora…?

—Ahora vais a ver a alguien que no recibe campesinos ni zíngaros —dijo el capitán, con una sonrisa dura—. Pero, por lo visto, contigo hará una excepción.

El carruaje avanzaba con un ritmo mesurado, como si cada metro que cruzaba necesitara el permiso silencioso de generaciones muertas. No estaban atravesando una ciudad cualquiera. Ya habían dejado atrás las calles bajas de la ciudadela. Incluso el bullicio del mercado noble, las academias de letras y los jardines falsamente públicos quedaban ahora muy atrás.

Estaban en la Ciudadela Ducal, ese corazón cerrado que latía con oro, vigilancia y linaje.

Y, sin embargo, aún no estaban dentro.

Porque el palacio del duque no era simplemente un edificio dentro de la ciudadela: era una ciudad encerrada en sí misma, una última muralla que separaba el núcleo de poder del resto de los poderosos. Un recinto amurallado, oculto entre almenas antiguas, arcos reforzados y puestos de guardia con escudos que no eran solo decorativos.

El carruaje giró por un desvío flanqueado por lanzas cruzadas. Allí, el empedrado cambió: de piedra común a losas pulidas y oscuras, tan perfectamente encajadas que las ruedas ya no traqueteaban. El silencio era otro. Un silencio doméstico para los más altos aristócratas, para aquellos invitados por el duque, pero opresivo para los demás.

Rufus bajó la mirada. A su izquierda, Sarya observaba por la ventanilla con el ceño fruncido, los labios sellados por algo que no era miedo, pero sí contención.

Y entonces lo vieron.

El palacio se alzaba al final del camino como un secreto revelado. Tenía torres más bajas que las murallas, pero más sólidas. Había en su diseño una intención de permanencia, de fortaleza sin ostentación. La piedra era negra, sí, pero matizada con vetas doradas que atrapaban la luz del amanecer como brasas enterradas. Los relieves no eran mitológicos ni históricos. Eran retratos. Rostros tallados de duques anteriores, de sus esposas, de sus enemigos derrotados. Todos los ojos parecían mirar.

El carruaje se detuvo frente a un pórtico bajo, reforzado con hierro. Dos guardias con capas azules esperaban. Uno de ellos golpeó dos veces el suelo con la lanza, como si marcara el fin de algo.

—Ya hemos llegado —dijo el capitán, bajando primero—. No digáis nada innecesario. No miréis donde no se os invita. Y, sobre todo… no habléis al duque si él no os habla antes.

Rufus descendió sin responder. El aire en aquel recinto sabía distinto: no a humo, no a niebla, no a campo. Sabía a historia contenida. A juramentos antiguos que aún pesaban.

Y, mientras caminaban tras el capitán hacia las puertas interiores del palacio, Rufus sintió una punzada en el pecho. Como una llave girando en una cerradura que él no sabía que llevaba dentro.

Entraron por una puerta secundaria, flanqueada por dos estandartes color marfil que no ondeaban: el aire ahí dentro parecía demasiado denso para moverse.

El interior del palacio era una contradicción pulida. No había grandilocuencia vulgar, ni vitrales abrumadores, ni columnas de mármol labrado. El lujo era más sutil, más antiguo. Todo parecía construido para durar siglos y, a la vez, para imponerse con el solo hecho de existir. Las paredes eran de piedra oscura, impecable, adornadas con tapices sobrios de hilo dorado que representaban batallas, tratados firmados y derrotas que habían fundado el linaje. No había cuadros de vírgenes ni santos, sino retratos de hombres de mirada severa, manos cruzadas sobre empuñaduras, sentados en tronos sin almohadones.

En una de las paredes había algo que llamó su atención: un gran símbolo grabado en la piedra. Un círculo de raíces y un ojo. Eran variaciones del mismo símbolo una y otra vez, unas veces el ojo estaba abierto, otras cerrado, unas veces las raíces apenas salían de un círculo, otras se prolongaban fuera, pero el símbolo era siempre claramente el mismo.

Otra vez el símbolo del pañuelo que llevaba en el bolsillo.

¿Qué tendría que ver aquello con el duque?

El boticario le había dicho que era el símbolo de una hermandad creada miles de años atrás en Brandelor.

Las pisadas resonaban con un eco calculado. Incluso el sonido parecía diseñado para que quienes entraran recordaran que estaban de paso, no invitados.

Rufus no hablaba. Tampoco Sarya. El capitán los guiaba con paso firme, seguido de cerca por dos guardias en uniforme azul cobalto, cuya respiración se oía detrás de los cascos ornamentados.

Después de dos corredores silenciosos y una escalinata sin barandas, llegaron a un patio interior descubierto, rectangular, perfectamente simétrico. El suelo era de losas de obsidiana pulida, tan lisas que reflejaban los cuerpos como sombras líquidas. Alrededor, columnas sostenían galerías abiertas donde se veían más soldados en descanso, aunque ni uno bajaba la guardia.

El capitán se detuvo y les hizo un gesto seco.

—Esperad aquí.

Se alejó con paso medido hacia el otro extremo del patio, donde un hombre de pie lo observaba con las manos cruzadas tras la espalda.

Rufus lo vio de inmediato. No hacía falta que nadie lo presentara.

El duque.

No llevaba corona, ni capa, ni ninguna insignia extravagante. Su poder no necesitaba ornamentos. Su porte bastaba.

Vestía de oscuro, sin más adorno que una fíbula antigua sobre el hombro, y su rostro, aunque no era viejo, estaba marcado por la dureza de quien ha pasado demasiado tiempo tomando decisiones irrevocables. Sus ojos —de un gris metálico— no parecían mirar a las personas, sino evaluarlas, medir su utilidad, su peso en la balanza del mundo.

Cuando el capitán empezó a hablarle, el duque no asintió, no interrumpió, no parpadeó. Solo escuchaba. O, mejor dicho: juzgaba.

Rufus sintió un cosquilleo en la nuca, como si estuviera siendo pesado desde lejos por una balanza invisible. Sarya también lo notó. No dijo nada, pero cruzó los brazos.

En aquel patio abierto, con el cielo encapotado sobre sus cabezas, no había viento, ni pájaros, ni ruido. Solo esa conversación muda, distante, que parecía decidir algo que aún no sabían que les concernía.

Y, aunque estaban a varios metros de distancia, Rufus tuvo la certeza de que aquel hombre, aquel duque, sabía exactamente quién era él.

Y eso le heló la sangre.

Los dos comenzaron a andar hacia ellos. El duque no se acercó de inmediato. Lo observó durante largos segundos, como si esperara que hablara primero. Rufus no lo hizo, siguiendo la advertencia del capitán.

Finalmente, el duque avanzó tres pasos. Su voz, cuando habló, fue serena y cortante.

—Dicen que curaste al caballo de mi capitán. Un animal que ni el cirujano del ejército quiso tocar.

Hizo una pausa, observando si negaba o aceptaba. Rufus asintió una sola vez.

—Y a un niño de un campamento errante. Gente que no suelo recibir en mis tierras… salvo una vez al año, para entretener a la ciudad.

Otra pausa.

Esta vez, el tono tenía filo.

—¿Qué usaste con el niño?

Rufus, aunque con el pulso algo acelerado, respondió con calma.

—Manzanilla silvestre, corteza de sauco y algo de trébol rojo. Tenía una intoxicación profunda. La fiebre bajó antes del amanecer. Al día siguiente usé sombrasol y lengua de ciervo.

El duque entrecerró los ojos.

—¿Las mismas que robaste de una de nuestras boticas?