Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Herencia Olvidada #5
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La Herencia Olvidada #5

Maren, despierto, tenía la cara más colorida. No mucha. Pero ya no era el rostro deslavado de una vela a punto de apagarse. Sonreía. Tenía ganas de hablar. De levantarse.

—¿Puedo salir? ¿Puedo ver a los otros?

—Todavía no —dijo Rufus con suavidad, agachándose junto al colchón—. Hoy toca ser valiente quedándote quieto. Mañana, quizá, podrás correr de nuevo.

La madre lo abrazó sin pedir permiso. Sus brazos eran finos, pero la fuerza con la que lo sostuvo decía todo lo que no encontraba palabras.

—Gracias —susurró—. Gracias, chico. No sé a quién recé estos días para que aparecieses aquí, pero funcionó.

El padre fue más escueto. Una mano grande sobre el hombro. Una palmada en la espalda que sonaba como un sello de respeto.

—Te debemos la vida de nuestro hijo. Y eso no se paga ni con oro ni con palabras. Pero, si algún día necesitas una mano o que alguien dé la vida por ti, la tendrás.

Rufus asintió, con esa media sonrisa que mostraba por timidez cuando no sabía qué decir.

—Maren solo necesitaba ayuda para respirar. Lo demás era amor, y de eso tenía de sobra aquí, con vosotros.

Se puso en pie, acarició la cabeza del niño una vez más y salió con Domer tras él.

Fuera estaba Galen esperándolos.

—Rufus, mi familia te debe una vida —dijo el anciano—. Haremos lo que sea para pagártelo, con dinero o con lo que se tercie. Si tienes problemas para sacar a tus amigos de la cárcel, te ayudaremos a hacerlo, aunque no podamos volver a acercarnos a menos de quinientos kilómetros de Brandelor nunca más.

—Espero que no haga falta, Domer. Sé que eres un hombre de recursos y capaz de hacer más de lo que pueden muchos de los nobles de esta ciudad. Pero espero que el agradecimiento del capitán los deje salir.

—No te fíes de esta gente. Son como ratas. Te prometerán todo lo necesario para que trabajes para ellos, pero después no cumplirán nada.

El sol había cruzado el borde de las tiendas cuando vio a Sarya esperándolo. Estaba con los brazos cruzados, la mirada fija en el camino. En la lejanía, levantando polvo entre las primeras luces, venía el carro oficial.

El mismo de ayer.

El mismo silencio en las ruedas.

Pero hoy no pesaba lo mismo. Hoy todos tenían más esperanza y menos pesadumbre en el corazón, al menos si el capitán cumplía su palabra.

Rufus miró a Galen y pudo ver que no había dormido mucho.

—¿Qué tal todo? —preguntó Galen—. Esta vez no te dejaré ir solo. Un solo día sin mí y metes a todos en la cárcel. ¿Al final va a resultar que mi compañía es tu única defensa contra la vida delictiva, hermano?

—No fue culpa mía…

—Normalmente el que se mete en líos es Peter, y son las chicas las que os sacan de ellos. Pero acabar todos en la cárcel del duque… eso ya es otro nivel. Tu amigo ha batido su propio récord, y por bastante. ¿Qué es lo siguiente? ¿Atracar el banco de oro del rey de Menthas en horario de visita?

Rufus no pudo evitar soltar una carcajada a pesar de lo serio de la situación.

—¿Tú estás bien, Galen?

—Perfectamente. Soltero y feliz como una lombriz.

Su hermano lo conocía lo suficiente para saber que todo aquello era mentira. Galen había pasado el peor día de su vida pensando en Elyse, imaginándola con aquel chico con el que la habían visto hacía solo dos noches. Pero Rufus no quiso insistir.

—No puedes venir con nosotros. Enviarán un carro, y no es para viajeros. Es militar. Solo para recogernos a nosotros. No te dejarán entrar.

—No podrán evitar que vaya con mi hermano pequeño…

—No puedes hacer nada. El capitán nos debe un favor. Le di medicación a su caballo y lo he salvado, estoy seguro. Me prometió liberarlos…

—¿Y si no ha funcionado?

Galen tenía razón, aunque Rufus no quisiera reconocerlo. Existía la posibilidad de que el caballo estuviera demasiado cerca del final y de que el tratamiento no lo hubiera salvado. A pesar de que su abuelo y él llegaban donde ningún médico podía llegar, a veces el tiempo, los dioses o el destino no habían dejado que alguno de sus pacientes se salvase.

—Eso no va a pasar. Esta noche volveremos todos aquí juntos. Lo prometo.

—¿Y si no es así?

—Entonces dejaré que vayas a buscarme. De nada serviría que te encerrasen con nosotros.

Sarya le lanzó una mirada de apremio a Rufus. Sin palabras. Algo que parecía venir de un lugar donde las decisiones ya habían sido tomadas mucho antes de ser pronunciadas; un lugar que los chicos nunca comprenderían y que, para las mujeres, era casi instinto.

Como si supiera lo que iba a ocurrir, y solo estuviera esperando que Rufus también lo supiera.

Él dejó a su hermano y se acercó en silencio. El peso de la noche anterior todavía lo acompañaba, como una sombra pegada a la piel. Sentía las palabras enredadas en la garganta, pero ninguna salía. Se detuvo a su lado, torpe, incómodo… avergonzado.

—¿Listo? —preguntó ella, mirándolo con ironía.

—No —respondió él, bajando la vista—. Pero igual hay que ir.

Una pausa breve. Luego, una voz más áspera interrumpió:

—Sarya, tú no vas hoy. Es demasiado peligroso. Yo iré con Rufus.

La voz de Domer era firme, sin margen para discusión.

Ella se giró bruscamente hacia él.

—Abuelo, no. Eso no puede ser. Sabes que el capitán fue claro: exigió que los dos regresáramos. Si no vuelvo, enviará a sus hombres, registrarán el campamento, y lo sabes. No podemos permitirnos eso. Con Maren mejorando, tenemos que levantar el campamento cuanto antes. Incluso si el caballo mejora, esa gente no es de fiar. Lo mejor que nos puede pasar es que no se acuerden de nosotros.

Domer apretó los labios, visiblemente tenso. Pero ella no le dio tiempo a protestar.

—El caballo estará mejor, lo sé. El capitán nos dará un millón de gracias. Y, si me encarcelan… —alzó el mentón, orgullosa, desafiante—, podré escapar. Lo he hecho antes. Ni tú ni Galen podéis venir.

Miró a ambos, uno tras otro.

—Vosotros y los nuestros debéis estar ya lejos cuando eso ocurra.

—Si te encarcelan, necesitarán muchos soldados en la ciudadela para mantenerte entre rejas. No solo por ti, sino por mí y por los nuestros —dijo Domer.

—Y por mí —dijo Galen—. Solo tengo un hermano y no puedo volver a casa sin él.

Rufus miró entonces a Sarya. No como la noche anterior. Esta vez había algo más: una mezcla de admiración, temor y algo que dolía un poco, aunque no entendía por qué.

Ella hablaba como quien ya ha hecho las paces con el sacrificio. Como si su destino estuviera tallado en piedra y lo único que quedara fuera decidir cómo caminar hacia él.

Sarya y Colette eran mujeres a las que admiraba por su fuerza de voluntad y por su claridad de ideas. Mientras él luchaba por saber qué era lo correcto, ellas miraban al futuro como si nada pudiera detenerlas. Eran mujeres que, sin alzar la voz, imponían su voluntad al destino. Mujeres que miraban el mañana como si fuera un campo de batalla que ya hubieran conquistado.

El carro se detuvo. Junto a él venían tres jinetes. Uno de ellos era el capitán, que descendió directamente y fue a hablar con Domer.

—¿Dónde está el niño?

—¿Qué niño? —respondió el anciano.

—El niño al que el chico estaba curando… ¿Está aún vivo?

—Tan vivo como nosotros. Hace dos noches estaba medio muerto. Los mejores médicos de Brandelor nos han sacado una fortuna solo para decirnos que el niño no tenía esperanzas de sobrevivir.

El anciano lo acompañó a la tienda, donde el capitán vio a los padres, sorprendidos.

—¿Juráis que ese chico llamado Rufus ha salvado a vuestro hijo?

El padre habló.

—Lo juro sobre la tumba de mis antepasados. Y que me muera aquí mismo si no digo la verdad. Mi hijo estaba medio muerto y el chico lo ha curado.

El capitán salió sin despedirse, y la mañana, que hasta entonces había sido un suspiro, se convirtió en camino.

El carro avanzaba lento por el sendero polvoriento, sacudido de vez en cuando por alguna piedra traicionera. Rufus iba sentado al lado de Sarya en el interior. Enfrente de ellos, uno de los guardias. Otro iba delante, dirigiendo el carro, y los jinetes abrían la marcha.

No hablaban. El traqueteo de las ruedas, el crujido de la madera y el rumor de los árboles eran los únicos sonidos que los acompañaban.

En un momento, Rufus miró hacia atrás.

A lo lejos, entre el polvo levantado por el carro, vio dos figuras a caballo. Uno de ellos era Domer, inconfundible incluso a esa distancia por su porte y por el sombrero viejo que no se quitaba ni dormido. Junto a él cabalgaba otro jinete: su hermano.

No hacía falta preguntar. Estaban allí para vigilar, no por desconfianza hacia ellos… sino hacia el mundo. No querían dejarlos solos. No cuando nadie sabía con certeza qué podía pasar.

Rufus volvió la vista al frente. No sabía qué decir. Cada palabra posible le parecía tonta, peligrosa o ambas. Sentía el peso del silencio entre ellos como una cuerda tensa que podía romperse con el menor tirón.

Finalmente, con voz baja, casi como si hablara para sí mismo, dijo:

—Respecto a lo de anoche…

Sarya no respondió.

—Prefiero que no le digas nada a Colette. Ya está lo suficientemente enfadada conmigo.

Ella giró lentamente la cabeza y lo miró con una expresión que no fue burla, ni pena… pero tampoco comprensión. Fue una mirada corta, que dejó más preguntas que respuestas.

—No la amas. Al menos no como ella quiere. ¿Por qué no se lo dices?

Rufus desvió la vista de nuevo. Se dio cuenta de lo cerca que estaba Sarya. Podía oler su cabello, con ese aroma salvaje que no sabía si era humo, tierra o viento.

Podía ver el perfil de su rostro: la línea afilada de la nariz, la curva leve de los labios, la luz que caía sobre su piel morena como si la reclamara el sol. Nunca la había mirado así antes del beso.

No con ese desorden en el pecho. No con esa mezcla incómoda de deseo, culpa y algo que se parecía demasiado a la curiosidad.

—Porque es una de las personas más importantes de mi vida… Y porque no sé lo que pasará en el futuro. A veces siento que mi vida actual es solo un preparativo para lo que vendrá después, y en ese futuro no sé qué lugar tendrá Colette.