La Herencia Olvidada #4
Rufus fue. A regañadientes. Con los pies inseguros y las mejillas ardiendo. Al principio, sus movimientos eran torpes, mecánicos, como si su cuerpo no entendiera aún el lenguaje del ritmo. Pero Sarya reía. No con burla, sino con esa risa franca que quita el miedo. Ella giraba ligera, como una chispa, y lo guiaba sin empujar, como si supiera que la música haría el resto.
Y lo hizo.
Poco a poco, Rufus empezó a moverse con algo más que duda. No era habilidad, ni técnica. Era entrega. Dejó de pensar en los pasos y se dejó llevar por la melodía, por las miradas, por la calidez de las manos que lo rodeaban.
Bailaron.
No como dos expertos, sino como dos personas que compartían una llama recién encendida.
Galen los observaba desde lejos, sumido en sus preocupaciones por Elyse.
El círculo de fuego giraba a su alrededor, como si el mundo se hubiera reducido a un compás de palmas, risas y miradas furtivas. Sarya danzaba con una naturalidad desarmante, como si el suelo reconociera sus pasos. Rufus, en cambio, seguía tropezando con sus propias piernas, aunque ya no con tanto miedo.
—¿Siempre bailas así de bien o es solo para humillarme? —murmuró él entre risas nerviosas, intentando seguir su ritmo.
Sarya lo miró de reojo. Sus ojos brillaban con un fulgor que no venía del fuego.
—No te estás defendiendo tan mal, kavalari —dijo con dulzura burlona—. Además, no bailo para humillar… Solo para ver si alguien es capaz de seguirme.
—¿Y si no lo soy?
Ella se acercó un poco más, rozándole el hombro con el suyo, sin romper el paso.
—Entonces tendrás que aprender… conmigo.
Rufus sintió que el calor no venía ya de las llamas, sino del roce de sus manos, del tono insinuante de su voz, del perfume leve de tierra y viento que traía con ella.
—¿Siempre haces esto? —preguntó él, bajando la voz—. ¿Seducir al forastero que toca bien la flauta?
Sarya rio, una risa breve y sincera.
—No. Solo a los que hacen que la flauta llore y cante en la misma canción.
Lo miró directo a los ojos mientras giraban, como si pudiera leer en ellos más de lo que él mismo entendía.
—¿Tú sabes quién eres, Rufus?
Él vaciló. Su paso falló por un segundo.
—No del todo.
—Entonces estás a punto de descubrirlo —susurró, inclinándose lo suficiente como para que su aliento le rozara la oreja—. Y yo voy a estar cerca cuando lo hagas.
Rufus se sintió culpable. Sus mejores amigos estaban en una celda, y él estaba allí, dejándose arrastrar por la música del campamento.
Un zíngaro lo observaba desde la sombra de una carreta. Alto, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en él. Llevaba una bufanda roja al cuello y jugaba con una navaja cerrada en la mano. No hacía falta que dijera nada. La amenaza estaba en su mirada. Sarya había sido su deseo durante años, y aquel extraño no iba a dejar que un forastero se acercara a ella solo porque Domer lo protegiera.
Después del baile, la música continuó, pero el círculo se fue dispersando. Algunos fueron a beber; otros, a hablar en voz baja bajo las estrellas. Rufus se sentó solo, respirando con dificultad, el kaval aún en el regazo, como si no supiera qué hacer con él ahora que el momento había pasado.
No podía dejar de pensar en Sylvae.
Ella, con su voz suave, con sus silencios que decían más que cualquier poema. Ella que no estaba allí, que no sabía nada del kaval, ni de Sarya, ni de la danza… y, sin embargo, ocupaba todos sus pensamientos.
—¡Ha despertado! —gritó Domer, con la voz entre la incredulidad y la alegría.
Los dos se detuvieron en seco. Por un instante, nadie se atrevió a moverse, como si la frase hubiera conjurado algo sagrado. Luego corrieron hacia la tienda, el corazón golpeándoles el pecho.
La lona temblaba suavemente al compás del viento. Domer apartó la tela de la entrada, y los demás lo siguieron.
Dentro, la luz tenue del amanecer se filtraba entre los pliegues, bañando el interior con un resplandor suave. Sobre el jergón, Maren tenía los ojos abiertos. No se movía mucho, pero su respiración era profunda y tranquila, como la de alguien que por fin había salido de un sueño pesado.
Su madre lo abrazaba, envuelta en lágrimas silenciosas. Le murmuraba palabras que nadie más alcanzaba a oír, como si intentara hacer entrar su voz en el corazón del niño para asegurarse de que no se volviera a ir.
Su padre estaba de rodillas junto al lecho, con una de las pequeñas manos de Maren entre las suyas, temblorosas, sin dejar de mirarlo como si aún temiera que todo fuera un espejismo.
El niño no habló. Pero una leve sonrisa asomaba en su rostro pálido, y sus ojos, aunque aún febriles, ya no estaban perdidos en la niebla del delirio.
—Parece más fuerte… —murmuró Domer, y nadie se atrevió a contradecirlo.
Después de quince días de fiebre, de rezos y miedo, de esperar lo peor con los dientes apretados y las esperanzas al borde del abismo, Maren había regresado. No del todo. No aún. Pero lo suficiente para que el aire en la tienda ya no oliera a despedida.
—Mañana debería estar mejor. Es muy buena noticia que haya mejorado tan rápido —dijo Rufus, respirando con tranquilidad por primera vez desde que había visto al niño.
A pesar de que su abuelo le dejaba tratar a los enfermos solo, él siempre estaba a su lado para ayudarlo y enseñarle. Era la primera vez que curaba a alguien sin su ayuda.
Estuvieron allí un rato más, hasta que Sarya y Rufus decidieron marcharse.
La fogata había menguado hasta convertirse en brasas, y los zíngaros empezaban a retirarse a sus carretas y tiendas. Rufus estuvo dando vueltas casi una hora en la cama sin poder dormirse, hasta que decidió salir de la tienda de Domer para tomar aire. Tenía demasiadas cosas dentro como para dormir.
El campamento reposaba entre susurros: algunos cuerpos envueltos en mantas, otros en tiendas o aún bajo el cielo estrellado. Rufus se había alejado unos metros del fuego. Se sentó en una piedra, con el kaval apoyado contra el muslo.
No oyó los pasos, pero sintió su presencia.
Sarya se sentó a su lado sin hablar. Durante un momento solo escucharon el crepitar lejano de las brasas y el canto nocturno de los grillos.
—Sigues pensando en ella —dijo ella, sin mirarlo.
Él asintió.
—¿Es Colette?
—Es mucho más difícil que eso. Colette sería perfecta, pero no es ella.
Sarya sonrió. No con burla. Con una tristeza pequeña, casi escondida.
—No siempre se elige a quién nos conviene. El amor no es algo que se pueda planificar.
Rufus la miró por fin. En sus ojos no había reproche. Solo fuego. Y algo más profundo: una mezcla de desafío y ternura que lo desarmó.
—Sarya, yo…
—No digas nada.
Y lo besó.
Fue un beso lento. Callado. No de conquista, ni de promesa. Fue un beso de los que se dan cuando las palabras estorban, cuando todo lo dicho ya no alcanza y lo que queda es precisamente lo que no se sabe decir.
Los labios de Sarya sabían a viento nocturno y a tierra caliente, a vino dulce compartido en secreto y a canciones que se bailan sin saber la letra. No sabían a promesa. No sabían a los años pensando en Sylvae. Pero sí a presente y, en ese instante, eso fue más que suficiente.
Rufus no supo si cerrar los ojos o dejarse perder en los suyos. Había algo en aquel contacto que no se parecía a lo que imaginaba cuando pensaba en besar a Sylvae. Eso era otra cosa. Más pura, más luminosa quizá… pero también más lejana.
Con Sarya, el fuego era inmediato, real. La calidez de su boca no pedía permiso, no pedía juramentos: solo pedía que no huyera.
Sintió el corazón latirle con fuerza, no de pasión ciega, sino de una mezcla confusa de deseo, culpa y vértigo. Porque sí, Sarya era hermosa —en el sentido peligroso de la palabra—, con su mirada de bosque indomable, su sonrisa capaz de quebrar defensas y esa forma de estar tan segura de sí misma que parecía desafiar al mundo.
En ese momento pensó que la deseaba, aunque no quería desearla. Y, en medio del silencio y del temblor, no supo si aquello era debilidad o revelación.
Y, sin embargo, mientras sus labios se encontraban y el tiempo se detenía alrededor, Rufus no pensó en Sylvae.
No del todo.
Pensó en lo que estaba ocurriendo. En lo que aquel beso le decía sin decirlo. Y, por primera vez en mucho tiempo, dejó de preguntarse qué estaba bien y qué estaba mal.
Solo sintió.
Cuando se separaron, Sarya no dijo nada. Tampoco lo hizo él. Pero algo había cambiado. En él. En ella. Y en el espacio invisible entre los dos.
Durante años se había imaginado besando a Sylvae. Quizá alguna vez se había imaginado con Colette. Pero jamás se había imaginado besando a otra.
Ella apoyó la frente en su mejilla.
—Sarya… Sabes que hay otra persona.
—Lo sé. No quiero que me prometas nada, Rufus. Solo… no huyas de lo que sientes, si es que sientes algo. Aunque no sea para mí. Tú podrías ser un líder aquí, con nosotros. Eres joven, pero no eres como los demás. Eres especial. No solo para mí.
Y se fue, tan silenciosa como había llegado.
Rufus se quedó allí, con los labios ardiendo y el pecho lleno de preguntas que aún no sabía cómo hacerse. No había hecho nada, y aun así se sentía como si hubiera traicionado a Sylvae y a Colette a la vez. No sabía cómo debía mirar a su amiga cuando la viera al día siguiente.
Y, a unas decenas de metros, el zíngaro de la navaja lo observaba. Esta vez, con una mirada tan oscura que habría hecho huir a cualquiera.
El palacio del Duque.
El amanecer no había traído sueño. Solo una brisa fresca que olía a tierra mojada y madera ardida.
Rufus se levantó sin hacer ruido. Ni siquiera se puso los zapatos del todo. Caminó hasta la tienda de Maren guiado más por el instinto que por los pasos. Al apartar la lona, lo primero que sintió no fue el olor de los aceites ni de las hierbas, sino algo más liviano.
Vida.
Domer estaba allí, sentado como una estatua vieja que aún vigila, pero con los ojos brillando de algo parecido a la paz. Junto a él, los padres del niño.