Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Lenguas afiladas, botas relucientes #3
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Lenguas afiladas, botas relucientes #3

—Te acusan de haber robado veneno —dijo el capitán con dureza—. Y aún no lo han encontrado entre tus cosas. Curioso, ¿no?

Rufus asintió despacio.

—Un veneno si se usa mal. Una medicina si se usa bien.

Como las palabras.

Como el poder.

El capitán lo miró largo rato.

Demasiado.

Luego hizo un gesto seco.

—Sacadlo.

Dos guardias abrieron la celda y lo tomaron del brazo.

Rufus se giró al cruzar la puerta. Sabía lo que venía. Sabía lo que tenía que evitar. Separación. Juicio. Silencio.

—Necesito ayuda —dijo.

Su voz no temblaba, pero tampoco se envalentonaba. Parecía un chico humilde, pero valiente.

—Mis amigos.

El capitán soltó una carcajada.

—¿Estás de chufla? ¿Crees que voy a sacaros a todos de aquí con la excusa de ayudarme a curar mi caballo? Has oído hablar de una epidemia entre los caballos de la ciudadela y has atado cabos, ¿verdad?

—No, señor. No quiero engañar a nadie. Si mis amigos no pueden venir, al menos que venga ella —dijo, señalando a Sarya.

Si las cosas iban mal, ella era lo bastante lista para escabullirse y pedir ayuda a su abuelo.

—¿Para qué?

—Para mantener al animal tranquilo. Para que no huya. Para ayudarme a mezclar las medicinas.

El capitán dudó. Ella no parecía nada especial. Una muchacha con ojos que no parpadeaban demasiado, con el ceño siempre medio torcido. Pero algo en ella —en cómo no se movía— le recordaba a los caballos que no relinchan antes de patear. Tenía una mirada demasiado altiva para alguien que está en la cárcel con su suerte pendiente de un hilo.

—Una hora —dijo por fin—. Y, si hacéis una sola cosa que no me guste, os encierro en celdas distintas y sin juicio de por vida.

El capitán abrió la puerta de hierro con una llave pesada, sin mirarlo.

—No te hagas ilusiones —gruñó—. No estás libre. Estás bajo supervisión. Como una herramienta que no sabemos si sirve o corta.

Rufus asintió una vez, breve.

Sarya salió sin una palabra. Peter se incorporó de golpe.

—¡Eh! ¿Y nosotros qué? ¿Os vais a dejar arrestar con estilo y sin despedirse?

Sarya lo miró de reojo.

—No es una despedida. Es una puerta. Con suerte.

Peter bufó, pero no dijo nada más.

Rufus cruzó el umbral con ella a su lado. No sabía si acabarían libres. Solo sabía que no podían esperar otro milagro.

Le devolvieron sus cosas sin ceremonia: la mochila donde estaban escondidos, en un bolsillo oculto, el sombrasol y la lengua de ciervo, y el cinturón con las bolsas de cuero. Rufus las tomó sin hablar. Se echó la mochila al hombro como si el peso fuera parte de él.

Los guardias no dijeron nada, pero lo escoltaron con firmeza. Uno a cada lado. Las botas resonaban sobre el pasillo de piedra como si cada paso tuviera que ganarse con el eco.

Subieron una escalera angosta, cruzaron dos corredores con antorchas y un portón de madera gruesa que se abrió con rechinar de cerrojos.

Afuera, el aire de Brandelor era distinto. Menos denso, pero igual de sucio.

Caminaron en silencio hasta las caballerizas, al este de la ciudadela. El olor a heno húmedo y cuero gastado se mezclaba con el aroma más agudo del sudor animal.

Rufus lo notó enseguida: el establo número cuatro tenía la paja revuelta y el portón entreabierto. Dentro, un caballo tordo respiraba con dificultad, con las costillas marcadas y la mirada turbia. Cada exhalación era un esfuerzo.

El capitán se detuvo frente a la puerta.

—Se llama Vardek. Me ha acompañado más que la mayoría de los hombres bajo mi mando. Está enfermo, como otros caballos de la ciudad. Pero no sabemos por qué unos sí enferman y otros no.

Rufus se acercó despacio, con una mano abierta, sin mirar al capitán.

El establo era grande, nuevo y brillante por fuera, pero el olor lo traicionaba. No olía a excremento, ni siquiera a animal…

Era el olor de la humedad atrapada, de cosas que no respiran desde hace tiempo.

Como una casa donde se guarda silencio demasiado tiempo.

El caballo estaba en el suelo.

Vardek. Un tordo fuerte en sus mejores días, ahora caído de lado sobre la paja apelmazada, el flanco subiendo y bajando con dificultad.

Tenía los ojos entrecerrados, y cada bocanada de aire venía con un sonido húmedo, como si algo le nadara dentro del pecho.

Rufus se arrodilló junto al animal y apoyó la mano en su cuello. Sintió calor.

Mucho.

Luego miró a su alrededor.

Las paredes estaban recubiertas de madera lacada, sellada hasta los bordes. Ni una rendija. Ni una corriente de aire. El techo, recién reforzado, tenía tres travesaños… y ni una sola salida de humo.

Rufus aspiró.

—Heno húmedo. Días acumulado. Y ese olor —señaló sin mirar al capitán— no es simple amoníaco. Es hongo. Del tipo que se pega a los pulmones y los devora despacio.

El capitán, cruzado de brazos, frunció el ceño.

—¿Qué dices?

—Digo que esto —Rufus pasó la mano sobre el costado del animal— no es una herida. No es veneno, ni brujería. Es una fiebre pulmonar.

—¿Una gripe?

—No. Una casa mal hecha.

Rufus se levantó y señaló con un gesto todo el establo.

—Esto es una tumba con lujos. Aquí dentro no corre el aire. La humedad se pega al cuerpo como una segunda piel, y cada vez que Vardek respira, se está envenenando.

Miró al capitán.

—¿Hace mucho que le hicisteis este establo y lo metisteis aquí?

El capitán lo observó, con la mandíbula tensa.

—Hace tres semanas.

—¿Y por qué solo él duerme aquí?

—Quería algo bueno para mi caballo.

—Y porque lo queréis tanto que lo protegéis de todo, menos de lo que importa. El campo da frío, sí. Pero también da aire. Este es el lugar perfecto para el crecimiento de hongos y bacterias. ¿No lo oléis?

Aquí… —añadió más bajo—, aquí se está muriendo lentamente. Por comodidad. Hay un hongo en la paja que se está extendiendo por falta de ventilación.

Rufus volvió a arrodillarse y sacó un pequeño frasco de su zurrón. Lo abrió, lo olió, dudó un instante. Luego vertió unas gotas en un pañuelo de lino y lo acercó a las fosas nasales del caballo.

—¿Qué es eso? —preguntó el capitán.

—Albahaca de montaña. Y flor de tintalia. No curan. Pero le recordarán al cuerpo lo que es respirar.

Vardek respiró más hondo. Tosió. Una vez. Dos. Una mancha espesa salió de su hocico.

Rufus la examinó.

—Si lo saco de aquí… puedo salvarlo. Tengo eso que el boticario dice que robé, aunque lo pagué bien pagado, y sé cómo usarlo. Si lo salvo, podríais sacarnos a mí y a mis amigos de la cárcel. Después de todo, no hay mejor juicio que demostrar que no somos asesinos, sino sanadores.

El capitán no respondió de inmediato. Pero sus ojos ya no tenían la dureza de antes.

—¿Acaso piensas que puedes exigir en tu situación? ¿De dónde habéis salido?

Rufus se incorporó.

—Solo entramos en la ciudadela para comprar sombrasol y lengua de ciervo. Esas sustancias no se venden en Brandelor, y la vida de un niño está en juego. Necesitamos estar de vuelta antes de la medianoche. Puedo usarlas para salvar a su caballo, señor.

El capitán dudó. Tenía poco que perder. Su caballo estaba dado por muerto por médicos y sanadores de animales. Y, si el chico conseguía salvarlo, también podría apuntarse un tanto con su primo, el duque, que tenía un caballo en la misma situación.

—Está bien —dijo finalmente, llamando a unos trabajadores—. ¡Mozos! Sacad el caballo fuera del establo.

Dos mozos entraron al establo con las mangas arremangadas y el gesto tenso. Uno de ellos cargaba una tarima baja de madera con ruedas gruesas; el otro, una manta grande de lona resistente y una correa pectoral de cuero diseñada para transportar animales enfermos.

—Vamos a levantarlo sin forzarlo —dijo el primero, sin mirar a nadie más que al animal.

Entre los dos deslizaron la lona bajo el lomo de Vardek, uno empujando con las rodillas, el otro elevando con el antebrazo justo detrás de la cruz. El caballo soltó un resoplido grave. No relinchó. No tenía fuerza ni para quejarse.

—Despacio… —dijo Rufus, casi en un susurro.

Cuando lograron acomodarlo, ajustaron la correa al torso del animal y la engancharon a una estructura de poleas montada en un travesaño superior. Dos mozos más —convocados sin hablar— comenzaron a girar lentamente la rueda de hierro que tensaba la correa.

Vardek se elevó del suelo, lo justo para que sus patas colgaran sin rozar.

Con suavidad, lo dejaron descender sobre la tarima acolchada.

—Ahora sacadlo. Que le dé el aire —ordenó el capitán.

Otro caballo tiraba de la tarima para que Vardek pudiera desplazarse.

Los mozos obedecieron sin rechistar. Empujaron la estructura entre la paja húmeda y la piedra con ayuda del caballo, abriendo paso entre la oscuridad del establo y el sol frío del patio.

Cuando la luz tocó el lomo del caballo, el animal respiró más profundo. Tosió de nuevo, pero esta vez el sonido era más seco, menos quebrado. Como si empezara a despegarse del pantano que tenía en el pecho.

Rufus lo seguía de cerca, sin hablar. Sus ojos no miraban al capitán, ni a los mozos, ni siquiera al animal.

—Como todo en la vida —añadió al fin, mirando al capitán—. Si quieres que algo viva… no basta con encerrarlo.

Sarya no decía nada. Confiaba en él, pero su instinto le decía que era mejor escapar a la mínima posibilidad. Sin embargo, sabía que eso condenaría a su primo moribundo y a sus nuevos amigos.

El caballo ya estaba fuera, bajo la luz pálida del atardecer. Respiraba mejor, aunque el pecho aún subía y bajaba con esfuerzo.

Rufus se arrodilló junto a su mochila. La abrió con cuidado y sacó dos frascos pequeños de vidrio oscuro. Uno contenía un polvo fino de tono púrpura: sombrasol. El otro, unas hojas secas de bordes dentados, con vetas rojizas: lengua de ciervo.

El capitán se acercó, cruzado de brazos.

—Eso es lo que el boticario dijo que habíais robado.

—Lo pagué. Pero da igual. En las manos equivocadas, esto mata en minutos. En las correctas… —dijo, mientras desplegaba un mortero de piedra— puede salvar una vida.

—¿Y tú crees que tienes esas manos?

Rufus no contestó. Solo comenzó a trabajar.