Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Lenguas afiladas, botas relucientes #4
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Lenguas afiladas, botas relucientes #4

Primero molió una pizca mínima de sombrasol. No más de lo que cabría en una uña. Luego la mezcló con dos hojas trituradas de lengua de ciervo. Añadió unas gotas de agua limpia de su cantimplora, y la mezcla empezó a cambiar de color: de violeta oscuro a un azul pálido, casi lechoso.

—Demasiado, y los pulmones se paralizan —dijo mientras removía con una varilla fina de hueso—. Muy poco, y el cuerpo no la reconoce.

—¿Y cómo sabes cuál es la dosis?

Rufus alzó la vista. Sus ojos no desafiaban. Solo sabían.

—Porque la aprendí de alguien que nunca escribió libros, pero curó a más gente que todos los médicos de Brandelor juntos.

Preparó una jeringa improvisada con una pequeña caña hueca y un tubo de cuero blando. Luego, como si hablara con el animal, apoyó una mano sobre el cuello del caballo.

—Esto va a doler —susurró—. Pero doler no es morir.

Introdujo la mezcla lentamente en el pliegue del cuello. Vardek sacudió la cabeza, inquieto, pero no se alzó. Solo resopló… fuerte. Limpio.

Pasaron segundos.

Luego un minuto.

El caballo tosió con fuerza, y algo espeso y oscuro cayó de su hocico a la tierra. El pecho, por primera vez en horas, se expandió con soltura.

Rufus no sonrió. Solo cerró los frascos con calma y se levantó.

—Envenenar es fácil, incluso cuando lo que se busca es ayudar. Cuando no se sabe lo que se tiene que curar a veces se hace más daño que ayuda —dijo en voz baja—. Curar es lo que diferencia a un envenenador de un médico de verdad.

El capitán lo miraba sin hablar. Había muchas cosas que podría haber dicho.

Pero lo único que hizo fue volver la vista al animal, y luego a Sarya, que observaba todo sin apartarse un paso.

Finalmente, habló:

—¿Qué ocurrirá ahora?

—Hay que esperar hasta mañana. Probablemente mejorará. Creo que hemos llegado a tiempo de salvarlo.

El capitán se quedó callado.

—Volveréis a la cárcel hasta que sepamos qué sucede.

—Pero he hecho todo esto para llegar a salvar al niño que está enfermo. No podemos quedarnos aquí.

—¿Y cómo sé que no me vas a engañar y no vas a regresar?

—Porque mis tres mejores amigos están en prisión.

—Ni siquiera sé si son tus amigos.

—Capitán… entiendo su deber. No lo juzgo. Pero permítame preguntarle una cosa: si su propio hijo estuviera al borde de la muerte y alguien llegara con el único remedio, ¿qué haría si encerrasen al sanador por protocolo?

—Matarlo. Pero mis órdenes son claras…

—Claro que lo son. Y usted es un hombre honorable, eso es evidente. Lo que me preocupa no es su honor, sino el niño. Es probable que muera si no llegamos a tiempo. Y, si muere… bueno, habrá cumplido usted con el reglamento. Solo espero que pueda dormir tranquilo con eso.

El capitán titubeó.

Rufus continuó, más bajo:

—Su posición de poder lo protege, pero usted parece un hombre de principios. Y sabe que no soy un charlatán. Ha visto cómo su caballo ha empezado a respirar cuando los sanadores lo daban por muerto.

—No he visto ninguna mejora —dijo el capitán—. Solo he visto cómo le has aplicado unos remedios.

Miró a su caballo. Era evidente que respiraba mejor.

—Sé que no confía en mí, y no tiene por qué hacerlo. Pero, si yo me marcho y no vuelvo, pierde a un hombre acusado de haber robado unas hierbas de una botica y de haber discutido con unos nobles. Si me retiene, podría ser responsable de la muerte de un niño. Es una elección sencilla: prevenir una traición o evitar una tumba. Además… mis amigos están en prisión. ¿Cree usted que me arriesgaría a perderlos?

El capitán no respondió.

—A veces, los hombres poderosos se definen no por su fuerza, sino por saber cuándo tomar un riesgo que los demás no se atreverían a asumir. ¿Está usted entre ellos?

—¿Y el niño? El que decías que está muriendo. ¿Dónde se encuentra?

—En el campamento zíngaro del barrio de Zolnar —dijo Sarya.

—Queda poco tiempo —dijo Rufus—. Si nos deja ir ahora, podemos llegar.

Pausa.

El viento se llevó las palabras. Pero el silencio que quedó fue una promesa a punto de romperse.

El capitán asintió.

—Iréis en un carro oficial. Os dejaremos en el campamento para ver si los zíngaros os reconocen. Si dan la cara por vosotros, os recogeremos de nuevo a primera hora de la mañana para que tratéis de nuevo a mi caballo. Si no estáis, los zíngaros y vuestros amigos pagarán por ello.

El carro era de madera lacada, con el escudo de la Ciudadela Ducal pintado en dorado sobre un fondo azul oscuro. No era un vehículo de guerra ni de transporte común: era uno de los carros de vigilancia civil, usado por oficiales para desplazarse con cierta autoridad sin levantar alarmas. Las ruedas eran altas, con refuerzos de hierro, y los faroles de aceite estaban encendidos aunque aún quedaba luz. Tiraban de él dos caballos de tiro grandes, uno negro, otro castaño claro.

En la parte trasera, Rufus y Sarya viajaban sentados sobre un banco de cuero endurecido, flanqueados por un soldado de mandíbula cuadrada que no apartaba la mano de su espada.

El viaje fue breve, pero cargado de silencio.

Cuando el carro llegó al campamento zíngaro, el contraste fue brutal: de las calles de piedra de la ciudadela al polvo, la hierba pisada y los fuegos bajos del asentamiento. Había niños descalzos corriendo entre las tiendas, ancianas trenzando telas junto a candelas y hombres armando un tablado de madera improvisado.

El carro se detuvo con un chirrido seco. Varios miembros del campamento se acercaron con desconfianza, pero no hicieron nada más. Los zíngaros sabían cuándo el poder llegaba disfrazado de cortesía.

Fue entonces cuando Domer salió de su tienda, erguido a pesar de su edad, con el bastón tallado en una mano y una mirada que no conocía el miedo.

—¿Qué buscáis en mi campamento con soldados a cuestas?

El soldado bajó primero, sin hostilidad.

—Estos dos dicen haber salido para comprar medicina para un niño enfermo. Y que son de aquí. El capitán quiere saber si los conocéis. Y si respondéis por ellos.

Domer se acercó hasta quedar a un paso de Rufus. Lo miró.

Luego asintió lentamente.

—Este chico no es mío por sangre, pero lo sería si pudiera elegir. Y ella —añadió, señalando a Sarya— es mi nieta.

Miró al soldado.

—Ninguno de los dos miente cuando dice que se trata de salvar una vida.

El soldado hizo una leve inclinación de cabeza.

—Los recogemos al amanecer. Si no están… no solo ellos pagarán.

—Estarán —dijo Domer sin levantar la voz—. Si hay una deuda, que sea con la verdad.

El soldado subió de nuevo al carro y se alejó, dejando tras de sí el sonido lejano de las ruedas perdiéndose en el polvo.

Sarya soltó un suspiro. Rufus miró a Domer.

—¿Cómo está Maren?

El rostro del anciano se endureció.

—Aún respira. Pero no sabemos si por mucho tiempo. Empezó el día bien, pero, conforme se ha acercado la noche, ha comenzado a empeorar.

Y juntos, sin más palabras, cruzaron las sombras del campamento hacia la tienda donde el niño esperaba.