Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Lenguas afiladas, botas relucientes #2
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Lenguas afiladas, botas relucientes #2

Justo cuando el polvo aún no se había asentado y el noble seguía en el suelo, respirando entre rabia y vergüenza, llegaron los guardias de la ciudadela.

No uno o dos.

Una docena.

Con cotas de malla bruñidas, lanzas largas y cascos con viseras negras como párpados caídos. Y delante de ellos, caminando con paso rápido y el rostro desencajado, el boticario.

Rufus giró la cabeza. Ya lo sabía. Ese tipo de pasos tienen un sonido particular. Como un juicio que se acerca.

—¡Ahí están! —gritó el boticario, señalándolos con un dedo tembloroso pero firme—. Son ellos. Son los que robaron los frascos. ¡Un veneno de categoría uno, reservado para uso médico bajo autorización del Consejo!

Rufus soltó un bufido.

—¿Robado? Te dejé treinta drakens en su lugar. Con eso podrías comprar seis veces lo que me llevé.

—¿Y qué otro mentiroso lo confirma? ¿Tu reflejo en el agua? —escupió el boticario, más valiente ahora que tenía guardias detrás.

El capitán de los soldados no necesitó más.

—Quedáis arrestados por posesión ilícita de sustancias reguladas y agresión a un noble ciudadano de Brandelor.

—¡Fue él quien embistió con el caballo! —protestó Sarya, pero su voz se ahogó entre el tintinear de las cadenas que uno de los guardias ya preparaba.

Mira no habló. Colette tampoco. Rufus solo alzó las manos en señal de rendición. Sus ojos ya no ardían: ahora eran brasas. Calmas, pero listas.

El noble del suelo, ahora asistido por uno de sus amigos, se incorporó como pudo. Una gota de sangre le corría por la ceja, y la sonrisa torcida con la que miró a Rufus era más venenosa que el frasco perdido.

—Disfrutad de la celda, lobos. Los barrotes no se doblan con frases bonitas.

Peter dio un paso hacia él, pero Rufus lo detuvo con un gesto leve.

—No merece el esfuerzo.

Y entonces, sin más palabras, les ataron las muñecas con correas de cuero y los empujaron hacia la parte trasera de una carreta de vigilancia. El cielo de Brandelor se había vuelto gris. La gente miraba desde lejos, como siempre hace el pueblo cuando el poder castiga: con ojos curiosos y bocas cerradas.

La celda no olía a orina. Olía a humedad seca, a piedra vieja, a castigo mil veces repetido.

Era estrecha, sin luz, con un banco de madera que parecía haberse rendido al paso del tiempo. No los separaron. Tal vez por arrogancia. Tal vez por pereza. O tal vez porque esperaban órdenes.

Peter se sentó en el suelo, mirando la puerta de barrotes como si pudiera morderla.

—Dime que tienes un plan —murmuró.

Sarya no respondió de inmediato. Se agachó, cerró los ojos y tocó el suelo con los dedos.

—Aún no —dijo—. Pero este sitio tiene grietas. Y yo… yo crecí en lugares donde las grietas son puertas.

—¿Eso significa algo en el lenguaje de los zíngaros?

—Significa que, cuando me registraron, no consiguieron encontrar las ganzúas en el vestido —dijo ella en voz baja.

—Excelente. Solo tenemos que abrir la puerta, acabar con el guardia que hay al fondo del pasillo y con todos los demás hasta la salida a la calle. Trabajo fácil —añadió Rufus con ironía.

—¿Tienes alguna idea mejor? —preguntó Sarya.

Él se encogió de hombros.

—No. Pero sé que esto está a punto de empeorar. Nos separarán por sexos. A las chicas os llevarán a celdas para mujeres, y a Peter y a mí, a otras con delincuentes comunes.

Peter resopló, sin moverse del suelo, con la cabeza apoyada contra la pared húmeda.

—¿Separados por sexos? Maravilloso. Por fin un poco de privacidad.

Rufus lo miró de reojo.

—No es un chiste. No sabemos con quién nos van a encerrar.

Peter alzó una ceja.

—Con suerte, alguien que ronque menos que tú. Y, si no, siempre me quedará el recurso de parecer más loco y peligroso que los demás presos. A veces da resultado.

Hizo una pausa, como si evaluara el techo agrietado, y luego añadió:

—Aunque, entre nosotros… si me toca una celda con un asesino loco, al menos podré decir que ya conozco a uno. —Y miró a Rufus con una sonrisa torcida—. Tú, con esa mirada y esos discursos de lucha social salidos del día del juicio final, seguro que lo asustas más que yo.

Mira exhaló.

—Pero ¿era necesario todo eso?

—¿El qué?

—Toda la escenita de los celos y la pelea con los aristócratas. Y eso va también por ti, Sarya. ¿Qué mosca os picó cuando nos estaban hablando? Solo querían un poco de conversación con nosotras.

—Probablemente no era necesario —respondió Peter, aún sonriendo—. Pero ha sido deliciosamente educativo.

Sarya no sonrió.

—He crecido entre gente que aprende pronto a distinguir un halago de una trampa. Para nosotras, muchas veces, las palabras bonitas son la antesala de algo peor. Ya he tenido suficientes encuentros con tipos así. No tenía tiempo ni humor para sus juegos de cortesía hipócrita.

Bajó la mirada.

—Pero lo lamento por mi primo. El tiempo pasa, y Rufus no estará allí por la noche para darle su medicina.

—No te preocupes —dijo Colette—. Nos habrían cogido igual si no nos hubieran entretenido los marquesitos. Aunque, dicho sea de paso, nos trataron mejor de lo que nos tratan estos dos habitualmente.

Y señaló a Rufus y a Peter.

—Ahora solo falta que también se den cuenta de que robamos la ropa que llevamos puesta —dijo Mira.

—Gracias por tu positividad —añadió Peter—. Siempre me dejas mucho más tranquilo con tus palabras, Mira. Tienes el don de hacer feliz a la gente. Tú y Rufus diciendo que nos van a separar en breve… Vaya par. Deberíais montar un gabinete de consuelo para condenados. Ya me estoy viendo pasando veinte años en una galera de trabajos forzados por comprar una pócima en una botica sin acuerdo del dueño y discutir con unos niños de papá a caballo.

—Este sitio no es para criminales… Es para los que incomodan —dijo Sarya—. Nuestro único delito es estar en la ciudadela siendo pobres. Si un rico hubiera hecho lo mismo, ni siquiera lo habrían amonestado.

Se quedó un instante mirando la puerta.

—Estuve en una celda así una vez. Tenía ocho años. Me encerraron con mi madre por vender hierbas sin licencia. Esa era la excusa. La verdadera razón fue que ella discutió con un noble que casi me arrolla con su caballo. Desde la altura del animal y de su posición, pensaba que nosotros no éramos personas.

Peter la miró.

—Esa noche, en la celda, ella me prometió que saldríamos las dos antes de que cantaran los gallos.

—¿Y lo hicisteis? —preguntó Mira.

—Sí. Pero yo sola. A ella la soltaron tres días después. Nunca me contó lo que le hicieron dentro cuando yo no estaba. Pero sé que le dolió durante años. ¿Entendéis ahora por qué detesto a esta gente?

Pausa.

—Desde entonces, no hago promesas. Solo planes. Y evito acercarme a los señoritingos, porque sé que cualquier pequeña disputa siempre acabará con nosotros en una celda y con ellos riendo en sus grandes mansiones.

Todos se callaron.

—¿Y qué hizo tu abuelo? —preguntó Rufus.

Sarya bajó la mirada al suelo por un segundo, como si recordara no solo los hechos, sino el olor, el frío y el temblor de aquel día.

—Mi abuelo no gritó. No fue a suplicar. No hizo una escena.

Se frotó los dedos como si aún llevara algo entre ellos.

—Cuando vio cómo volvió mi madre, rota por dentro y con la cara llena de heridas, fue al mercado de hierbas con su viejo abrigo, habló con tres personas y desapareció un par de horas. Al caer la noche, el noble que nos había denunciado amaneció con una carta clavada en la puerta.

Su voz bajó.

—Decía: “Cuando olvidas que las vidas humildes también tienen nombres, el bosque te lo recuerda”.

Peter la miró de reojo.

—¿Y luego?

—Luego el noble vendió su caballo, cogió su carruaje y dejó Brandelor esa misma semana. Nunca volvió. Su casa fue vendida unos meses más tarde.

Pausa.

Silencio espeso.

—Mi abuelo nunca me explicó qué hizo. Ni cómo. Solo me dijo: “Las raíces no hacen ruido, pero un día se llevan la casa entera”. Claramente no fue solo la carta lo que amedrentó al noble, pero nunca me contó más.

Rufus asintió despacio. No como quien aprueba, sino como quien entiende. La frase le recordó las raíces alrededor del ojo del símbolo que llevaba en el pañuelo, guardado en el bolsillo.

El capitán entró en la sala con paso firme, seguido por dos guardias. Su voz era una orden que no necesitaba alzarse. El guardia que ya estaba en la sala se levantó y saludó como si hubiera visto pasar al mismísimo duque.

—Separa a los varones. Llévalos a la sección norte. Las chicas, al pasillo de las mujeres. A partir de ahora, nadie habla hasta el juicio.

Rufus lo vio.

Lo midió.

Sintió cómo el tiempo se aceleraba dentro de él, como un tambor que solo su sangre escuchaba.

No pueden separarnos. No ahora.

Maren. El niño no tiene tiempo. Necesita su medicina.

Rufus apoyó la mano en los barrotes y sintió algo frío. No agua ni moho. Una sensación que le hablaba del hombre que acababa de entrar. Nadie lo sentía. Pero él… él lo sintió. Como un zumbido en los huesos. Como si alguien, o algo, le estuviera hablando.

—¡Señor! —llamó.

El capitán no se giró.

—¡Señor!

Nada.

Ni un parpadeo.

El capitán ya estaba de espaldas, a punto de cruzar el umbral de piedra, cuando Rufus habló de nuevo. Esta vez no fue una súplica. Fue algo más raro. Más profundo, con una voz que Peter nunca había escuchado en su amigo.

—Su caballo está muriendo.

El capitán se detuvo en seco. El silencio que quedó atrás fue más pesado que el aire.

—Le han dicho que no hay nada que hacer. Que es cuestión de días. O de horas.

Giró la cabeza lentamente.

—¿Cómo sabes eso?

Rufus bajó la voz.

—No lo sé. Solo… lo intuyo.

El capitán entrecerró los ojos, evaluándolo.

—¿Y eso qué importa?

—Sé tratar animales —dijo Rufus—. Lo he hecho desde pequeño. Mi abuelo me enseñó. Nos llevan animales que los veterinarios normales no pueden curar. He visto animales con las costillas rotas volver a caminar. Le pido que me lleve. No tiene nada que perder. Y, si me equivoco… que nos devuelvan a esta celda y sellen la puerta con piedras.