Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Lenguas afiladas, botas relucientes
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Lenguas afiladas, botas relucientes

Los chicos salieron de la botica con el paso ligero de quienes han ganado una batalla sin levantar una espada. La bolsa de medicinas iba bien guardada.

Reían felices por haber cumplido con lo que, hacía solo una hora, parecía una misión imposible.

Pero entonces el suelo tembló.

Cascos de jamelgos se acercaban.

Tres caballos grises aparecieron en la calle como si alguien hubiera dicho: “Traedme un ejemplo de lo peor de esta ciudad”. Los animales llevaban herrajes de plata como si salieran de un concurso de ornamentación. Y sus jinetes, aún más.

Capas largas, collares inútiles, guantes para un frío que no existía. Sonrisas de quien nunca ha tenido que pedir nada dos veces.

Uno de ellos —el del cabello que parecía siempre recién peinado y la expresión de quien jamás ha sido interrumpido— ladeó la cabeza al verlas.

—¿No es un crimen llevar tanta belleza suelta por las calles de Brandelor? —dijo, con la voz envuelta en seda y condescendencia.

Colette se cruzó de brazos.

Mira bajó la mirada… solo un segundo. Luego la sostuvo.

Sarya ni parpadeó.

—¿Y no es un crimen que en Brandelor aún existan hombres que creen que un halago es una llave para acercarse a unas desconocidas? —dijo Colette, sonriendo sin sonreír.

—Solo queríamos ser amables con lo más bonito que ha pasado por esta calle en meses —dijo otro de los jinetes.

Mira sonrió, esta vez de verdad, pero no para él, sino pensando en qué estaría pensando Peter en aquel momento.

—Pues qué suerte tenéis… Parece que habéis pasado meses muy aburridos.

El jinete parpadeó, descolocado. Peter frunció el ceño.

El tercer jinete se unió a la conversación:

—Así es. De hecho, toda nuestra vida ha sido aburrida hasta que os hemos encontrado.

—¿Es esta vuestra forma de hacer sentir especiales a todas las extranjeras? ¿O solo a las que no os conocen de nada? —dijo Colette.

El segundo jinete abrió la boca, pero no dijo nada.

—Porque, si vuestra idea de “amabilidad” es seguir a mujeres que no os han pedido compañía… debo confesar que hay algo atrevido en eso.

—Nuestra idea de amabilidad es hacer todo lo posible para que las mujeres más guapas de Brandelor conozcan mejor la ciudadela.

—Me atrevo a pensar que os encantaría contar que habéis conquistado a una desconocida hermosa en la calle. Lástima que las historias no se cuentan igual cuando la desconocida escribe el final —dijo Mira.

—Los finales se pueden cambiar con tiempo y buena voluntad. ¿Vivís en Brandelor? —dijo uno de ellos.

Mira ladeó la cabeza, como si considerara la pregunta demasiado seria para el tipo que la hacía.

—¿Aquí? No, aunque sería tentador quedarnos… si el recibimiento siempre fuese tan calurosamente innecesario. Estamos de visita. Tenemos una amiga aquí.

—Qué lástima… —replicó el noble, bajando un poco la voz—. Parecéis damas de la ciudadela. Siempre podemos ofreceros una razón para quedaros, unos días o unos meses…

Peter, que estaba cada vez más enfadado y celoso por Mira, soltó una risa seca, sin una pizca de alegría.

—¿Como qué? ¿Cena, vino y conversación sin cerebro?

El primer jinete se irguió en la silla, visiblemente molesto.

—Tu lengua es más larga que tu sombra, callejero.

Peter alzó las manos, teatral.

—Oh, perdón. ¿Se supone que debía arrodillarme? ¿O solo quedarme callado mientras babeáis versos baratos delante de mujeres que pueden destrozaros con media palabra?

Rufus dio un paso sutil, sin decir nada, pero su sombra se proyectó junto a la de Peter. Como un respaldo mudo. Como un aviso.

Colette rompió el silencio con una voz tranquila.

—Chicos, los señores solo están siendo amables.

—Eso es. Solo queríamos ser amables con las chicas. No hay nada de malo en ser educado con los que visitan la ciudad.

—Deberíais iros antes de que digamos algo que os cueste más que el orgullo —dijo Sarya, que no había hablado aún.

Viniendo de nobles montados en caballos grises, ella sabía que aquellas frases no eran seducción. Eran una especie de caza con retórica elegante.

Los tres nobles dudaron. Uno tiró suavemente de las riendas.

—Señorita, no sabe con quién habla.

Sarya respondió sin levantar la voz:

—Y vosotros no sabéis con quién no deberíais hablar. Vuestras madres deberían haberos enseñado a hablar con más respeto a unas desconocidas que, además, van acompañadas por otros chicos. ¿Por qué dais por hecho que os preferiríamos a los que nos acompañan?

Los tres nobles rieron. Rieron como solo ríe quien jamás ha sentido miedo.

Uno replicó:

—¿Dices que nuestras madres nos deberían haber enseñado a hablar mejor? ¿Y vuestros padres? ¿Os enseñaron a contestar así a la aristocracia o venís de alguna caravana con más carácter que modales? Y, sobre lo de por qué os preferiríamos a nosotros, salta a la vista. ¿No? ¿Alguna vez has hablado con alguien con sangre como la nuestra?

Peter dio un paso al frente.

La sonrisa que traía no era una sonrisa.

Era un insulto con dientes.

—¡Oh, qué ternura! Tres figuritas de porcelana con apellidos largos y cerebros cortos. Aburridos de besar la mano de sus niñeras, que ahora buscan aventura entre plebeyas con más mundo en la suela de los zapatos que vosotros en toda vuestra biblioteca. ¡Bravo! Suponiendo que tengáis biblioteca, porque nadie que haya leído un libro en la vida; es más, nadie que sepa leer se atrevería a mezclar en un mismo traje rosa fuerte y naranja.

El más altivo, que vestía los colores de los que Peter hablaba, frunció el ceño, ofendido por no ser el más ingenioso en la conversación.

—¿Y tú quién eres, lacayo? ¿Dónde aprendiste a combinar colores? ¿En una granja?

Peter hizo una reverencia teatral, exagerada, con el gesto de quien se burla sin piedad:

—Soy sir Peter de los Zapatos Gastados, heredero del Reino de la Intolerancia a la Estupidez. —Y luego señaló al resto con solemnidad fingida—. Estos son mis compañeros: la Dama del Silencio que Juzga sin Hablar, la Arquera de las Respuestas Secas y la Bruja que no os ha prendido fuego solo porque aún es temprano.

Las risas se evaporaron.

El tono cambió.

El noble del centro apretó la mandíbula.

—Tienes agallas, perro callejero. Pero los perros no dejan de ser perros solo porque ladren. ¿Sabes con quién estás hablando?

—Con alguien que confunde los caballos caros con el estilo y las palabras largas con la inteligencia.

—Tienes la lengua muy larga para ser una rata de alcantarilla —dijo uno de ellos—. Cada uno de estos caballos vale más que todos vosotros juntos.

Ahí entró Rufus.

No levantó la voz.

No dio un paso.

Solo habló. Y, cuando Rufus hablaba así, era peor que un grito.

—Tú tienes un caballo, ropa limpia y una boca que nunca ha sangrado. Pero un trono no hace rey a un cobarde.

Le sostuvo la mirada.

Con una firmeza que no se gritaba: se sostenía.

—¿Sabes lo que sí hace a un hombre? —continuó, con calma—. Pasar hambre y seguir compartiendo. Enterrar a alguien que amas y aun así levantarte al día siguiente. Saber cuándo callar. Y cuándo no.

Señaló su propio pecho.

—Esto que ves no son agallas. Es hambre. De la que corta por dentro. La que enseña que el mundo no se conquista con oro, sino sobreviviendo al frío sin dejar que se te pudra el alma.

Y luego, más bajo:

—Tú naciste vestido. Te pusieron ropa buena antes de tener conciencia. No conoces la desnudez real: la pobreza, la necesidad, la falta de protección. Yo nací sin nada: ni recursos, ni nombre que abriera puertas, ni abrigo suficiente para todos los inviernos. Pero aprendí a sobrevivir al lado de una familia que habría dado la vida por mí y de unos amigos que quizá no sepan usar un tenedor de plata, pero saben cuándo apretar un puño por ti. Que es más de lo que puedes decir de los que te rodean.

El noble vaciló.

Rufus lo miró como si viera un cadáver que aún no se había enterado de estar muerto.

—Y, si no lo entiendes ahora, puedes quedarte un rato más. A escuchar. A aprender lo que es vivir en el mundo real y no en una burbuja sostenida con la sangre de otros.

Hubo silencio.

Un segundo.

Dos.

Entonces uno de los nobles tiró de las riendas.

Espoleó al caballo con una furia torpe, confiando más en el tamaño del animal que en el peso de sus razones.

—¡Malditas sabandijas de alcantarilla! —escupió—. Vais a lamentar cada palabra.

La bestia se alzó levemente sobre las patas delanteras, bufando, y se lanzó hacia Rufus con intención de empujarlo al suelo. De humillarlo. De aplastarlo, si hacía falta.

Pero Rufus no se movió.

Ni un paso atrás.

Ni un pestañeo.

Y entonces… pasó.

El aire entre ambos cambió.

Se volvió más denso.

Como si el mundo aguantara la respiración.

Las patas del caballo se frenaron de golpe, sin razón aparente. El animal relinchó, frenético, con los ojos en blanco. No por miedo al movimiento de Rufus… sino por algo que no podía ver.

Algo que sentía.

Una sombra sin forma exacta pareció alzarse detrás del muchacho. No visible del todo ni tangible. Pero estaba ahí. Como si la tierra misma se hubiera acordado, por un instante, de quién era su sangre.

De quién había controlado, siglos atrás, los destinos de los hombres.

Los cascos no tocaron a Rufus. El caballo se echó hacia atrás, casi derribando al noble. El animal tropezó, relinchando, y cayó de lado con un estruendo que silenció toda la calle.

El noble rodó por el suelo. Quedó tendido, con la capa manchada de polvo y rabia.

Temblaba.

Pero no por el golpe.

Por lo que no podía explicar.

Peter miró a Rufus.

—¿Qué demonios ha pasado? No conocía a ese Rufus.

Él no respondió. Solo respiraba más lento. Como si algo dentro de él acabara de abrir los ojos… y aún no supiera si era suyo.

Mira dio un paso hacia atrás, sin querer.

Colette tragó saliva.

El noble, todavía en el suelo, miró a Rufus con una mezcla de odio… y algo más. Algo más antiguo. Algo más instintivo. Como el miedo que sienten los ciervos antes de escuchar el disparo.

—¿Qué… eres tú?

Rufus lo miró. Sus ojos no tenían respuesta.

Solo el silencio de quien aún no ha decidido si debe tener una.