Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Ciudadela Ducal #3
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La Ciudadela Ducal #3

—No era una cerradura. Era una advertencia —dijo Rufus—. Una advertencia de que no se debe robar en un sitio como este. No sé si el dueño ya sabe que estamos dentro. Hay que darse prisa antes de que vuelva.

El aire que salió del interior olía a polvo, a flores secas y a algo más… algo que recordaba a los pasillos de una biblioteca.

Rufus no se detuvo. Fue directo hacia la estantería alta, con los dedos tanteando entre tarros sin etiqueta y recovecos polvorientos, como quien busca una cerradura en un sueño.

Presionó un punto del marco de madera.

Un clic suave.

Una compuerta se abrió con pereza, revelando un estuche largo, de cuero negro cuarteado por los años.

Lo sacó con ambas manos.

Dentro dormían tres frascos: dos pequeños, uno sellado con cera blanca, y una hoja seca enrollada con una cinta de oro deshilachado.

Sabía qué eran. No necesitaba olerlos.

Con cuidado, sacó los frascos que buscaba: sombrasol y lengua de ciervo.

Luego abrió su saquito y contó treinta drakens. No sabía el precio exacto, pero era más de lo que valían en su pueblo… y menos de lo que costaría una vida. Tampoco era quién para pagar con los cincuenta drakens que le habían dado los zíngaros. Sabía que el dinero no sobraba, y treinta le pareció un precio justo.

Antes de cerrar, algo más llamó su atención: un pequeño pliego de pergamino mal doblado en el fondo del compartimento.

Lo abrió.

En el centro, el símbolo del ojo abierto con raíces.

Pero no era solo el dibujo: en el margen, escrito con una tinta tan pálida como los ecos del invierno, había una sola palabra:

«Thirielle».

Rufus no supo por qué, pero sintió un escalofrío. No de frío, sino de reconocimiento.

No entendía el significado, pero, como tantas otras veces, lo sentía.

Mientras tanto, Colette se había detenido frente a una vitrina de cristal.

Allí, en el centro de una urna que parecía no haber sido abierta en décadas, una flor viva flotaba en un gel traslúcido.

No estaba marchita ni seca.

Estaba viva.

Era la misma flor del Árbol de las Promesas. La segunda que veía en Brandelor en solo dos días.

Ella se inclinó, fascinada, recordando cómo las suyas se habían marchitado entre sus dedos sin remedio.

Y, en ese instante, la flor giró.

No mucho. Un susurro de movimiento dentro del relicario de cristal. Pero suficiente.

Suficiente para que su sombra se estirara hacia Rufus…

Una sombra más larga de lo que debía. Más densa. Como si viniera de otro sol.

Colette tragó saliva. No dijo nada. Algo dentro de ella se cerró. O tal vez se abrió. No estaba segura.

Solo supo que había cambiado.

Para siempre.

La flor no la miraba. Ni a ella ni al mundo.

Giraba hacia Rufus.

Por un instante quiso creer que era un juego de luces. Un accidente óptico. Una coincidencia sin consecuencias.

Pero lo supo.

En el lugar más hondo.

No era un gesto para los dos. Era una elección. Y no era ella.

Y entonces entendió, con esa claridad cruel que llega tarde:

no basta con amar a alguien.

No basta con estar cerca, con compartir el pan, las bromas, el invierno.

El amor no se mendiga.

Y, a veces, tampoco se gana.

Simplemente no es tuyo.

A ella le dolía Rufus.

No por lo que era.

Sino por todo lo que nunca podría ser con ella. Por esa vida en común que nunca llegaría. Por esa pérdida que antes o después los separaría para siempre.

Él no la miraba como ella lo miraba.

No buscaba donde ella buscaba.

Y, aunque hubo momentos —una caminata compartida, una mano que rozaba la suya más tiempo del necesario—, siempre estuvo esa sensación de que algo de él ya pertenecía a otro lugar.

A otra promesa.

A otra flor.

Colette apretó los labios.

Y apartó la vista.

Porque, a veces, lo más doloroso del amor no es perderlo.

Es descubrir que nunca fue tuyo para empezar.

En la parte trasera de la botica, Peter y Sarya exploraban por su cuenta, ajenos a Colette.

Entre dos estanterías de marcos tallados, oculta tras una cortina bordada con motivos de hiedra, descubrieron algo más.

Una puerta.

Alta. De madera oscura, sin pomo. Con cuatro cerraduras dispuestas como una cruz.

—Esto no es una puerta normal —murmuró Sarya, tocando los bordes con la yema de los dedos—. Estas cerraduras… son viejas. Muy viejas. Mi abuela decía que los antiguos sellaban cosas así cuando querían que algo no volviera a salir.

—O no volviera a entrar —añadió Peter, en voz baja, con una media sonrisa.

Intentaron forzarla.

Ni se inmutó.

Era como si esperara… otra cosa.

Como si no fuera el metal ni la llave lo que pudiera abrirla.

En ese instante, Rufus cerró el estuche, respiró hondo y se giró hacia los demás.

—Tenemos lo que vinimos a buscar. Corremos el riesgo de que nos pillen aquí, y ese hombre debe de ser más peligroso de lo que parece, viendo cómo protege su tienda.

Salieron, volviendo a dejar todo como estaba y cerrando de nuevo la puerta. Rufus se planteó volver a implantar el hechizo en la cerradura, pero no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo.

—Andad tranquilos, como si no hubiéramos hecho nada —dijo Peter.