La Ciudadela Ducal #2
—¿Aval? ¿Aval, dice usted? —repitió, como si acabara de oír la palabra más vulgar del reino—. ¿Acaso no conoce al conde D’Alemire? Un hombre exquisito. Me invitó personalmente a su cena de otoño. Caza salvaje, vino dorado y… —chasqueó los dedos— conversación lamentablemente pobre.
El anciano frunció el ceño.
—Su médico es el doctor Breimar. Él podría conseguiros estas sustancias. ¿Por qué no se las pedís a él?
Peter continuó, imperturbable.
—Mi buen amigo, el doctor Breimar —el mejor doctor al este del río Varn—, fue quien nos recomendó su tienda. Me dijo: “Si buscas lo que no se vende al vulgo, ve al callejón de la Rosa Negra”. Pues bien, aquí estamos.
Sarya parpadeó. Rufus bajó la mirada.
—Él es mi médico personal. Viaja conmigo por todo el reino —añadió Peter, señalando a Rufus como quien presenta al violinista de su corte—. Me niego a viajar sin alguien que sepa distinguir un buen veneno de un vino mediocre.
La cara del boticario se transformó de la duda al desdén.
—¡Fuera de aquí! —espetó de pronto, alzando una mano como si pudiera barrerlos del suelo—. ¡El doctor Breimar murió hace cuatro años! ¿Y pretendéis comprar sombrasol y lengua de ciervo con cuentos de salón? ¡Salid antes de que llame a los guardias!
—Pero… ¿qué ha pasado? —intervino Sarya, con una mezcla de asombro y decepción.
—Lo que ha pasado, señorita —replicó el boticario sin apartar los ojos de Peter—, es que sois unos farsantes. Y muy torpes, además. ¡Fuera!
Peter, en lugar de encogerse, se inclinó teatralmente, como si agradeciera una crítica de actuación.
—Qué lástima —dijo, con un suspiro exagerado—. Y yo que pensaba recomendarlo al duque por su puntualidad y su mal humor tan… auténtico.
Y, con eso, giró sobre los talones y salió sin mirar atrás.
El grupo salió de la botica con los ánimos tensos y cruzó la calle hasta llegar a una pequeña plaza con sombra. Allí, bajo el toldo de una fuente reseca, se detuvieron.
—¿Y ahora qué? —preguntó Colette, cruzándose de brazos—. El tiempo corre.
Sarya no respondió de inmediato. Metió la mano en su bolso de cuero y extrajo dos piezas de metal retorcido, finas como garras.
—Esperaremos a que salga a comer —dijo al fin, con calma—. Y entonces entraremos.
Mira entrecerró los ojos al ver los utensilios.
—¿Qué es eso?
—Llaves —respondió Sarya con una sonrisa torcida—. O lo más parecido que tengo.
Peter chasqueó la lengua y dio un paso adelante.
—Yo iré a vigilar. No os ofendáis, pero tú, Sarya, con ese vestido, llamarías más la atención que un unicornio en una reunión del duque.
Luego la miró de reojo, con una sonrisa burlona.
—Aunque, si te declaras al boticario, puede que te abra la puerta sin necesidad de ganzúas.
Sarya levantó una ceja, divertida.
—Y tú podrías quedarte a entretenerlo. Seguro que le gustan los tipos que se inventan condes y doctores, siempre que no le pidan venenos mortales en la misma conversación.
Peter le hizo una reverencia irónica antes de girarse hacia la esquina.
—Me lo apunto. Ahora, a espiar.
La calle de la botica estaba vacía, envuelta en ese tipo de silencio que solo las ciudades nobles conocen.
Desde su esquina, Peter silbó dos veces.
La señal.
—Ha salido. Solo. Va hacia la plaza oeste —dijo en voz baja al reunirse con el grupo—. Caminaba confiado. No creo que me haya visto ni que sospeche que volveríamos.
Sarya asintió, extrajo las dos ganzúas metálicas de su bolso y se arrodilló frente a la puerta.
Rufus, en cambio, no la miraba a ella, sino al marco. A la madera. Al símbolo del ojo que también llevaba en su pañuelo.
Cuando la punta de la ganzúa tocó la cerradura, un calor súbito subió por los dedos de Sarya.
—¡Ah! —susurró, soltando las herramientas.
Se sacudió la mano, como si hubiera tocado una piedra ardiendo.
—¡Joder! ¿Qué leches es esto? Parece como si hubieran conectado la cerradura a unas brasas.
—Eso no es hierro normal… —dijo Mira, dando un paso atrás—. He visto cómo cambiaba ligeramente de color cuando te has quemado. Como si se estuviera calentando.
Rufus se acercó, con el ceño fruncido. No como alguien molesto, sino como quien intenta recordar algo olvidado. Algo le decía, en un rincón del pecho, que ese tipo de cerraduras existían, aunque para labradores y zíngaros como sus amigos y él aquello no tuviera ningún sentido.
Apoyó la palma contra la puerta.
No hubo quemazón, pero sí un zumbido sordo, casi no audible. Como el latido de un corazón lejano, enterrado en madera.
—No es una cerradura normal… —dijo—. La madera… no canta bien.
—¿Qué? —preguntó Colette—. ¿La madera debe cantar? No es una flauta.
—Cuando tocas madera, si escuchas con cuidado, hay un sonido. Como el de un instrumento afinado o desafinado. Cuanto más vieja es, más profundo es el sonido. Esta madera… está mal afinada. O quizá no sea la madera. Quizá es la cerradura la que la hace sonar así. Es como si hubiera un hechizo.
—¿Una cerradura desafinada? Estás empezando a sonar como mi abuela cuando tenía fiebre —murmuró Peter.
Pero Rufus no respondió.
Acarició el cerrojo con la yema de los dedos. Casi con cariño.
Y entonces sus labios se movieron.
No fue una oración.
No fue una orden.
Fueron palabras suaves, en una lengua que no reconocía.
Palabras que no pensó, sino que recordó.
—Ethalenn verrim. Halûn thirieth.
“Madera dormida, abre tus oídos”.
Hubo un clic.
Muy tenue.
La ganzúa, aún dentro de la cerradura, giró ligeramente sola.
Sarya la miró. Luego miró a Rufus.
—¿Qué… ha sido eso?
Él no respondió. Tenía el pulso acelerado, como después de una carrera. A veces se sentía así: era como recordar. Pero nunca había hecho nada parecido.
Solo bajó la mano y se apartó un paso.
—Ahora prueba —le dijo.
Sarya volvió a tocar la cerradura. Esta vez, el metal estaba frío como un arroyo nocturno. Giró con suavidad, como si la puerta hubiera estado esperando.
La cerradura cedió con un leve clic, como un suspiro contenido. Sarya retiró la mano, todavía dolorida por el intento anterior, mientras Rufus se adelantaba con pasos que no hacían ruido, como si la casa ya supiera quién era.
La hoja se abrió un palmo con un susurro.