Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Ciudadela Ducal
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La Ciudadela Ducal

La puerta de la Ciudadela Ducal era un arco de piedra alto, con ménsulas labradas y un herraje antiguo que aún olía a aceite y metal. Dos grandes hojas de roble reforzadas con hierro se mantenían abiertas, pero no invitaban a entrar. Frente a ellas, tres guardias armados con alabardas y cotas de malla estaban sentados bajo un toldo de sombra. Uno fumaba en pipa. Otro se afilaba una daga con evidente aburrimiento. El tercero los vio acercarse y se puso en pie, con la mano sobre el pomo de su espada.

—¿A dónde vais? —preguntó con voz neutra, mirando de arriba abajo sus ropas limpias, aunque sin insignias.

Sarya titubeó. Colette apretó los labios. Rufus sintió cómo la bolsa de hierbas pesaba más de lo normal en su cinturón.

Fue entonces cuando Peter, con la elegancia de un gato en una mesa puesta, dio un paso al frente. Se alisó el pelo, levantó el mentón y dijo con un tono nasal perfectamente ensayado:

—Caballeros. Espero que no tengan intención de retrasarnos. Somos invitados del conde D’Alemire, mi queridísimo tío. Esta noche se celebra una pequeña velada —nada ostentosa, solo músicos, luces y algún que otro duque aburrido—, y ya llegamos con retraso.

La sola mención del nombre pareció tener algún efecto. Uno de los guardias levantó las cejas; el otro carraspeó.

—¿Vais con él? —preguntó finalmente el capitán, señalando a Rufus.

—Mi médico personal —respondió Peter, sin perder el tono—. Lo traje desde Thanes. Es joven, pero cura lo que los viejos ya no pueden.

—¿Y ellas? —preguntó el guardia, mirando a las chicas.

—Sus acompañantes —respondió Peter—. ¿De verdad queréis hacer esperar a estas bellas señoras aquí, entre el polvo y el olor a caballo?

Hubo una pausa tensa. El capitán bajó la vista al suelo, luego al cielo. Finalmente, hizo un gesto con la cabeza.

—Pasad. Pero, si alguien pregunta, yo no os he visto. Decid que habéis entrado por la puerta norte.

—Jamás lo mencionaríamos —dijo Peter, con una reverencia tan exagerada que casi se cayó hacia delante.

Los tres guardias intercambiaron una mirada. El de la pipa soltó un bufido.

—¿Invitados del conde?

—¿Y sobrino suyo? —añadió el que afilaba la daga, con una ceja levantada.

Peter suspiró como si el aire le costara dinero.

—¿Queréis que el conde baje él mismo a buscarnos? Porque os advierto que nunca perdona a quienes impiden sus celebraciones, especialmente cuando la señora Vellane ha prometido bailar… y eso no ocurre dos veces al año.

Cuando cruzaron el arco, Mira le dio un codazo.

—¿“Mi médico personal”? ¿“La señora Vellane”? ¿El conde D’Alemire? ¡Ni siquiera sabes quienes son!

Peter le guiñó un ojo.

—Tú toca bien la flauta, Rufus. Yo improviso. Todos tenemos un don. En el mercado había un retrato del conde y la señora Vellane con sus nombres. El vendedor me dijo que eran señores importantes en la ciudad.

—¿Y desde cuándo te interesa la aristocracia?

—Desde que quiero convertirme en uno de ellos.

Y, al otro lado del muro, la Ciudadela Ducal los tragó.

Era como otro mundo dentro del mundo. Nada que recordase a Eldermere. Ni al mercado. Ni siquiera a Brandelor.

Las calles eran más anchas, pero estaban más vacías. No por falta de gente, sino por exceso de distancia. Las casas no se tocaban unas a otras. Había jardines ocultos tras verjas de hierro forjado, estatuas entre laureles y fuentes que sonaban como si alguien susurrara historias antiguas bajo el agua.

Los cinco avanzaban despacio. Sus pasos retumbaban sobre las baldosas limpias de mármol gris. No corría viento, pero las hojas de los setos bien podados temblaban como si supieran que eran observadas.

—¿Seguro que vamos bien? —murmuró Mira.

Rufus no respondió. Sostenía la nota escrita por el boticario del mercado como si pudiera absorber su tinta con la piel. Solo una frase:

“Calle Olinar, número 3. Llama solo una vez”.

Sarya era la única que no parecía impresionada. Caminaba erguida, pero con los ojos bajos. Como alguien acostumbrado a atravesar territorios ajenos sin levantar polvo.

Peter no hablaba. Se había quitado la chaqueta que le habían prestado y sudaba bajo el cuello apretado. Colette caminaba junto a Rufus sin rozarlo, pero sin alejarse.

Él sintió que quería decir algo.

Pero no lo hizo.

A veces, lo más fuerte no es lo que se calla, sino cuándo se calla.

El número 3 de la calle Olinar no era una tienda, ni una casa común. La Botica de la Rosa Negra era una puerta baja de madera oscura, sin letrero, sin pomo, sin aldaba. Solo una ranura dorada con forma de hoja, y, en su centro, grabado a fuego: un círculo de raíces y un ojo cerrado.

Rufus sintió un escalofrío.

¿Ese símbolo…?

Sí. Era el mismo. El mismo del pañuelo que llevaba en el bolsillo. El que había dejado aquella anciana extraña que hablaba una lengua desconocida en la diligencia hacia Brandelor.

—¿Vamos a llamar o esperamos a que nos abran por arte de magia? —preguntó Peter, rompiendo la tensión.

Rufus levantó la mano y, con un solo dedo, tocó la puerta una vez.

Nada ocurrió al principio.

Pero después…

Se oyó el chasquido suave de un mecanismo escondido.

Y la puerta se abrió sola.

Un olor a menta, ceniza y tierra húmeda se derramó hacia ellos.

—Adelante —susurró una voz, sin cuerpo, desde el interior.

Y, como siempre, Rufus fue el primero en entrar.

El interior estaba en penumbra. No por falta de luz, sino por exceso de sombras.

Había lámparas flotantes, de aceite espeso y verde, que goteaban luz sobre tarros de vidrio, estanterías de caoba y frascos alineados como soldados en una procesión de secretos.

El aire tenía una densidad distinta. Como si la habitación respirara con ellos. O por ellos.

Rufus dio un paso adelante. Sus botas no hicieron ruido. Ninguna lo hizo. El suelo estaba cubierto de una alfombra antigua, tejida con símbolos que no conocía… pero que algo en su interior pareció reconocer.

Un hombre los esperaba de espaldas. No parecía moverse, pero tampoco estaba inmóvil. Vestía una túnica color musgo, bordada en plata, y su cabello era blanco, recogido en una trenza fina que le caía por la espalda.

Rufus miró el símbolo de la puerta. Luego al hombre.

—Señor… ¿qué es el símbolo del ojo en su puerta? No parece solo el emblema de su botica. Es algo más, ¿verdad?

El hombre volvió la cabeza.

—Chico listo. Es el símbolo de una antigua hermandad que fundó Brandelor hace miles de años. El duque desciende de ese linaje. Y yo presumo de que mi familia, aun siendo más pobre, también viene de aquellos fundadores.

—¿Y cuál era el propósito de esa hermandad?

—Protegernos de los enemigos. También de los que no llevan espada. Malos espíritus, viejas sombras, nombres que no conviene pronunciar… Pero esa es una historia que no se vende en esta botica.

Se volvió por completo. Su rostro era tranquilo como una piedra sumergida. Sus ojos, grises, no parecían tener edad.

—¿Qué buscáis en mi humilde tienda, señores?

Rufus sostuvo su mirada.

—Sombrasol. Lengua de ciervo. Dosis médica.

—Esas sustancias se usan más como venenos que como medicinas, chico —dijo el hombre.

—Pero, bien usadas, son más potentes para sanar que para matar —respondió Rufus—. Tenemos dinero.

—Eso lo daba por hecho. Esas sustancias no son baratas. Pero en esta tienda no solo se vende. Se elige a quién se entrega. El padre del duque las prohibió hace ya más de sesenta años. Pocos las usaban para sanar. La mayoría, para enviar a sus enemigos a visitar a Hella o a cualquier otro dios en el que creyesen.

El boticario avanzó un paso.

—El sombrasol fue prohibido porque, en las manos equivocadas, deja huérfanos. Pero, en las manos correctas, devuelve hijos a sus madres. ¿Tú cuál de los dos eres?

Rufus sostuvo su mirada.

—De los segundos. No soy médico titulado, pero sé lo que hago. Puedo salvar una vida. Y, si usted guarda estas sustancias, es porque aún cree que alguien puede usarlas bien.

El boticario no respondió de inmediato. Sopesaba la información que tenía sobre ellos. No parecía tener claro si debía vender esos frascos a unos desconocidos.

—Alguien que sabe lo que hace —dijo al fin—. Algunos médicos. Ni siquiera todos. Dime, muchacho: ¿cuál es la dosis máxima de sombrasol y lengua de ciervo con fines curativos?

Rufus no dudó. Le sostuvo la mirada al anciano boticario, con el tono tranquilo de quien no presume, pero sabe:

—Una pizca de sombrasol no más grande que la uña de un meñique, disuelta en agua caliente. Y tres hebras secas de lengua de ciervo, hervidas durante seis minutos exactos. No más. Si la infusión toma color oscuro, ya es tarde. Y, si el paciente no tiene fiebre cuando se administra, el corazón puede fallar.

El boticario alzó las cejas.

—¿Y si la fiebre no baja tras la primera dosis?

—Se repite a las doce horas. No antes. Pero solo una vez. Después de eso… es la vida la que elige.

Un leve silencio cayó entre ambos.

El anciano asintió muy despacio.

—Entonces ya sabes más que muchos que se hacen llamar médicos en esta ciudad.

Sin añadir nada más, se giró hacia una estantería alta, tanteó entre los tarros y las maderas como quien busca una cerradura en un sueño, y presionó una parte del marco. Se oyó un clic leve, y una compuerta oculta se abrió. De su interior extrajo un estuche largo, de cuero negro cuarteado por los años. Lo colocó sobre la mesa central con solemnidad y lo abrió como si revelara una reliquia prohibida.

Dentro había tres frascos: dos pequeños, uno de ellos sellado con cera blanca, y una hoja seca, enrollada en una cinta de oro deshilachado.

El ambiente se volvió más denso.

El boticario parecía dispuesto a concluir la transacción, pero entonces algo en su mirada se endureció. Una chispa de duda. Su voz cortó el aire:

—¿Quiénes sois? ¿Tenéis algún noble que os avale?

Peter dio un paso al frente con un dramatismo digno de un escenario, levantando una ceja con desgana.