La ciudad de las murallas #4
—¿Cómo va a hablar de otra cosa? —dijo Rufus, con la voz baja, pero áspera—. La ha querido más de lo que sabe quererse a sí mismo. Y ahora… ahora ha descubierto que quizá nunca la conoció del todo.
—Pensaba que tu hermano era más de pasar el rato. No sabía que estaba tan colado por ella. —Peter giró hacia él—. ¿Y tú, Rufus? ¿Tú también estás enamorado en silencio o solo vas por ahí tocando la flauta hasta que el mundo te conteste?
Rufus abrió los ojos, pero no respondió enseguida.
—Yo solo… escucho. A veces el corazón grita tanto que no sabes si lo tuyo es amor o miedo a perder algo que todavía no entiendes.
—O sea, que estás igual de jodido que yo —resumió Peter con una risa seca—. Pensaba que te gustaba Colette. Pero nunca cuentas nada.
—No estoy jodido —dijo Rufus—. Solo estoy en otro sitio. Siempre lo estoy. A veces envidio lo terrenal que eres, Peter. Siempre estás en el presente, buscando cómo crear negocios y ganar dinero, fijándote en las chicas guapas del pueblo, viviendo cada momento como si fuera lo único que existe.
—Llevo toda la vida intentando enseñarte, pero eres duro.
Peter lo observó un momento.
—Pero no me daré por vencido contigo. Como la sangre, los amigos de verdad no esperan señales. Van directo a la herida. Y yo sé que hay algo que te duele. A veces pienso que sabes cosas que ni tú mismo quieres saber. Como si vivieras con un pie fuera del mundo y no supieras cómo volver. ¿Qué te pasa?
Rufus se encogió de hombros.
—Quizá esté con un pie fuera y no quiera volver. Hay cosas que es mejor no contar para no romperlas.
El agua salpicó contra la piedra. Nadie dijo nada más durante un rato. Solo se oía el murmullo del agua y el eco de conversaciones en otras salas.
Hasta que Peter murmuró:
—Sea como sea, si uno de nosotros llega lejos… apuesto a que serás tú.
Rufus bajó la vista, sin saber si sentirse agradecido o exiliado.
—Sabes que, cuando seamos mayores, tendré que ir a tu mansión para pedirte dinero prestado, ¿no?
—¡Te lo tendrás que ganar fregando platos en la cocina! —dijo él con una sonrisa.
—¿Recuerdas a la adivina de la feria? ¿La que dijo que te casarías con Mira?
—Sí. Dijo que sería su segundo marido. ¿Te imaginas? No nos dijo si sería su segundo marido porque mataría al primero a disgustos o porque no tendría nada mejor que elegir…
—Ella te gusta —afirmó Rufus.
—Me gustan todas las chicas…
—Pero ella más que las demás.
—Bueno, es la chica más inteligente del pueblo, salvo quizás Colette. Pero Colette solo tiene ojos para ti. Además, Mira es la más guapa. A pesar de ser hija de agricultores, tiene una elegancia innata. Si le dieses un buen vestido, podría conquistar a cualquier noble de esta ciudad.
—Entonces espero que elija mal la ropa que va a pedir prestada… No vaya a ser que no solo perdamos a Elyse en Brandelor.
Rufus se quedó inmóvil unos segundos. Podía oír el agua corriendo, las risas apagadas, los murmullos de conversación superficial. Todo era tan… irreal. Como si la ciudad estuviera disfrazada de sí misma.
Finalmente, se acercó a un banco de madera. Sobre él había una túnica de buen corte y unas botas altas, todavía tibias por el cuerpo que las había dejado atrás. No las tomó. Solo las miró.
—Recuerda —susurró, como si hablara para sí mismo—. Solo prestadas. Nada se roba si se devuelve con respeto.
Peter, que ya se desabrochaba la camisa, bufó.
—Esa frase no la usan los ladrones. La usan los desesperados.
Habían cogido las ropas y ya estaban cambiándose en el almacén. Cada grupo lo hacía en una zona distinta para tener intimidad.
Sarya ya había encontrado un conjunto sencillo pero limpio. Se vistió sin una palabra, como si la ropa fuera una armadura prestada. Como si supiera que todo disfraz tiene un precio.
Había algo extraño en cómo la ropa podía cambiar la forma en que uno era visto… y en cómo uno se sentía por dentro. Aunque todos sabían que aquellas prendas eran robadas, o prestadas sin permiso, también sabían que no tendrían otra oportunidad. Así que se vistieron con cuidado, casi con respeto.
Sarya fue la primera en aparecer. Llevaba un vestido de lino azul pálido, simple pero de caída elegante. El cabello rubio, aún húmedo, le caía sobre los hombros como si hubiese sido peinado a propósito por el viento. Se mantenía erguida, con la barbilla alta, como quien sabe que la mirada pesa más que el vestido.
Mira le siguió, con un conjunto de dos piezas color arena, que resaltaba el verde de sus ojos. Había Mira se había recogido el cabello en una trenza rápida, despeinada con gracia. Peter la miró y alzó una ceja.
—Vaya, señorita Mira… Si esto es una estafa, que me engañen todos los días hasta el día de mi muerte.
Colette salió la última, y, por un segundo, el mundo se ralentizó para Rufus.
Llevaba un vestido largo, de un gris plata muy tenue, casi blanco bajo la luz matinal. Tenía una capa ligera de gasa que flotaba tras ella como si caminara bajo el agua. Su cabello, suelto por primera vez en semanas, caía en ondas oscuras sobre los hombros. Había algo en su porte —quizá el silencio, quizá la forma en que no buscaba ser mirada— que la hacía aún más hermosa.
Rufus no supo qué decir. Solo la miró. Y ella, al notarlo, no se sonrojó. Solo desvió la mirada con una media sonrisa, como si por una vez estuviera conforme con la forma en que él la estaba mirando.
—¿Y tú? —dijo Mira a Rufus, dando un paso atrás para verlo entero—. Con ese chaleco y esa camisa, pareces el hijo ilegítimo de un noble melancólico.
Era verdad. Con esa ropa y su cabello rubio cuidadosamente peinado, Rufus ya no parecía un chico de Eldermere; sino el heredero perdido de un linaje que Brandelor había olvidado, un 'hijo de las dos sangres' que caminaba por la ciudadela como si siempre le hubiera pertenecido.
Peter soltó una carcajada.
—No le digas eso, que luego se lo cree y se pone a escribir poemas a la luna.
—¿Y qué si lo hago? —dijo Rufus, sin apartar los ojos de Colette—. Quizá esta noche la luna me escuche.
Y luego añadió, bajando la mirada hacia su propia ropa:
—Yo también parezco ahora alguien que sí pertenece a esta ciudad. Qué pena que esté prohibido y sea moralmente reprobable robar, porque, con esta ropa, mi ascensión social iría mucho más rápido.
—De verdad pareces un hijo de la propia ciudadela —dijo Colette con suavidad.
Y luego, por un momento, los cinco se quedaron en silencio. Como si no quisieran romper el hechizo. Como si todos supieran que esa versión de sí mismos —falsa, disfrazada, prestada— también era real, aunque fuera solo por un instante.
—¿Y ahora? —preguntó Colette.
Rufus apretó el saquito con los drakens. Su rostro estaba serio. No dudaba. Solo contaba las horas en silencio.
—Ahora entramos por la puerta principal. Como si no debiéramos nada a nadie.
Y salieron, dejando atrás el vapor, las toallas y el eco de quienes aún podían permitirse el lujo de no tener prisa.