La ciudad de las murallas #3
—Está bien. Lo haremos. Pero dejaremos la ropa donde la encontramos. Y, si alguien pregunta… —miró a Peter— no fue idea mía.
Peter sonrió más ampliamente.
—Nunca lo es. Sabes que siempre puedes echarme la culpa de tus malas ideas. Sin mí, serías el chico más aburrido del país.
El baño público de Brandelor era lo que esperaban. Desde fuera, un edificio de arquitectura clásica y ostentación excesiva. Por dentro, olía a hierbas frescas, vapor y algo más: pretensión. Limpieza comprada.
El mármol agrietado brillaba bajo lámparas que imitaban la luz del sol. Las paredes estaban cubiertas de mosaicos azules con escenas de ríos, mujeres y criaturas que solo existen en cuentos que cobran entrada. Unas cortinas de lino blanco separaban las zonas comunes de los cubículos individuales, y, en una esquina, alguien tocaba un laúd suave, como si hasta el silencio tuviera que sonar elegante.
—Bueno —dijo Peter, mirando alrededor—. Por lo menos moriremos limpios.
Sarya le dio un codazo.
—Actúa como si hubieras estado aquí antes. No vayas mirando las toallas como si fueran de oro.
—¿Y si lo son?
—¿Estás segura de que nos dejarán entrar? —preguntó Rufus.
—Esto son unos baños de ricos. Están muy por encima de nuestro estrato social, así que, si buscamos bien, encontraremos ropa de calidad. Hoy es sábado. Señores y señoras, chicos y chicas quedan aquí con los amigos para hablar y se ponen sus mejores ropas.
—¿Entraremos con una ropa y saldremos con otra? El encargado se dará cuenta… —dijo Peter.
—Por eso cogeremos unas bolsas de la entrada —respondió Sarya—. Hay un almacén antes de llegar al control, donde guardan mantas y sábanas. Hace las veces de lavandería. Cogeremos un saco y lo llenaremos con toallas para que parezca que llevamos cosas nuestras. Después meteremos ahí la ropa que vayamos a ponernos y nos vestiremos en el almacén. Haremos lo mismo cuando volvamos a devolverla.
—Como es normal, los baños están separados por sexos y los vestuarios también —añadió Mira—. Entramos, nos bañamos rápido, cogemos una ropa lo más digna posible y nos vemos aquí en quince minutos. Hablad con el conserje para que recuerde que habéis estado aquí cuando volvamos.
—Pero nos pedirá volver a pagar si regresamos más tarde… —apuntó Peter.
—Podemos dejar los sacos con ropa en la entrada, con un papel indicando que la hemos cogido por error —dijo Mira—. La clave estará en que no nos pillen.
—¿Por qué se llaman así? —preguntó Colette, mirando el letrero de la entrada—. “Termas del Puente Caído”.
Sarya siguió la dirección de su mirada.
—Porque antes había un puente junto al río. Uno muy antiguo. Cuentan que lo levantaron los viejos reinos, antes de que Brandelor fuera Brandelor. Los viajeros se bañaban aquí antes de cruzarlo, y los baños acabaron siendo tan famosos como el propio paso. Luego llegó una crecida, el puente cayó y la ciudad construyó otro aguas arriba. Pero el nombre se quedó.
Peter observó el edificio, las columnas gastadas, el mármol, los mosaicos brillantes.
—O sea, que ni siquiera el puente sobrevivió a Brandelor.
—Algo así —dijo Sarya—. Aunque algunos dicen que, en noches frías, todavía se oye cómo se rompen las piedras bajo el agua.
—Encantador —murmuró Peter—. Baños caros, ropa robada y fantasmas de albañiles. La mañana mejora por momentos.
Mira ya se había escabullido hacia el fondo, con la mirada fija en un perchero donde colgaban túnicas de lino, zapatos de cuero blando e incluso un par de capas con bordados dorados. Ropa recién dejada por quienes se estaban remojando en las piscinas de vapor, ajenos al mundo.
—Ahí —murmuró—. No mucho. Solo lo suficiente para no parecer lo que somos.
Sarya estaba junto a ella, en silencio, con la cara medio tapada por el vapor. Observaba sin tocar nada. Sus ojos analizaban los hábitos, las pausas, los posibles dueños. Sabía moverse como una sombra.
El agua estaba caliente. No por lujo, sino por orgullo: Brandelor no permitía que sus ciudadanos se enfriaran en público.
Rufus se despojó de la ropa con rapidez, sin mirarse, sin mirar. El vapor cubría los cuerpos como una niebla piadosa. Sumergió las manos primero, luego los pies. Y, cuando el agua le cubrió el torso, soltó el aire que llevaba guardando desde que entraron en la ciudad.
El lodo, el polvo del camino, los días de viaje… todo se desprendía en silencio, como si el agua entendiera.
Peter fue el último en entrar. Se lanzó al agua con un suspiro largo, como si por fin pudiera soltar la fachada. Durante unos segundos no habló, no bromeó, no fingió.
Solo flotó, con los ojos cerrados y el alma cansada.
En la otra sala, el vapor flotaba como una manta espesa, suave como una promesa nunca dicha. Colette se enjuagaba deprisa, sin ceremonia. No se lavaba la piel; se quitaba el día, los silencios, la caída. Se frotaba los brazos como si allí se le hubiese quedado el miedo.
Mira, más metódica, pasaba el jabón con precisión. Tenía la expresión de alguien que sabe que la limpieza es una tregua.
Sarya se recogía el cabello bajo la cañería. Su gesto era lento, casi reverente. Sus ojos estaban clavados en la piedra, como si esperara que esta le contestara algo.
—¿Por qué es tan lujoso este lugar? ¿Qué tiene de especial respecto a los otros baños de Brandelor? —le preguntó Mira.
—Se dice que, cuando el puente se derrumbó, una anciana del pueblo maldijo al río, acusándolo de traidor. Lloró tanto sobre las piedras que algunos creen que sus lágrimas se mezclaron con los manantiales, dándoles propiedades curativas. Hoy los lugareños aseguran que bañarse aquí alivia dolores antiguos… y atrae sueños inquietos.
—La gente duda de la ciencia, pero cree a ciegas en todas las supersticiones que se cruzan en su camino. ¿Y por qué tiraste una moneda en la piscina grande?
—Los viajeros que se bañan en las termas antes de salir de la ciudad deben dejar una moneda en el fondo de la piscina principal. Antiguamente era un pago simbólico para el barquero que ayudaba a cruzar el río cuando el puente estaba destruido. Hoy es costumbre supersticiosa: quien no paga, dicen, sufrirá una caída antes de terminar su viaje.
—Yo ya he tenido mi ración de caídas para cien años en este viaje —respondió Colette.
Eso despertó la atención de Sarya.
—Es guapo, Rufus —dijo de pronto, sin mirar a nadie.
Colette no respondió al instante. El jabón se le resbaló de las manos y no se agachó a recogerlo.
—Un chico normal.
—Estás colada —dijo la zíngara, con una sonrisa torcida—. Se te nota desde que te vi por primera vez.
—¿Tiene novia? —preguntó después, sin énfasis, solo como quien coloca un dato en la mesa.
Nadie contestó.
—No tiene novia y no estoy colada —murmuró Colette al fin—. Solo que… odio no entenderlo. Antes hablábamos de todo. Ahora parece que una parte suya está escrita en otro idioma.
Sarya asintió, pero no con burla.
—Eso les pasa a los que tienen una sombra larga. Hay gente que carga con una historia que aún no ha empezado. Y eso se nota.
—¿Acaso te gusta, Sarya? —preguntó Mira—. Es mucho más joven que tú…
—No estaba pensando en echármelo de novio —respondió Sarya—. Y no es mucho más joven que yo. Cinco años. Pero es difícil no ver que es alguien especial. Toca la flauta como si no fuera de este mundo, y sabe curar lo que no curan los médicos. ¿Qué hace un chico así viviendo en un lugar como Eldermere?
Mira se acomodó mejor la toalla y suspiró.
—Mi madre dice que algunos nacen con alma de río, y otros con alma de pozo. Los del río no se quedan nunca quietos, aunque estén enamorados. Porque lo suyo es moverse, llevar cosas, cambiar paisajes. Rufus… —hizo una pausa— Rufus no parece de los que tienen alma de pozo y se quedan. Siempre ha sido especial, y eso es lo que siempre le ha atraído a Colette.
—Tampoco parece de los que se van sin decir adiós —dijo Colette por alusiones.
Por un momento pareció que iba a llorar. Pero se mojó la cara otra vez con las manos y mantuvo las palmas cubriéndosela durante unos segundos.
—Quizá aún no sepa si se va o se queda —dijo Sarya, mientras desenredaba su trenza—. O quizá está esperando a que alguien se atreva a preguntárselo.
—¿Tú le preguntarías? —inquirió Colette, observándola de reojo—. Cada vez que pienso que siente algo por mí, la realidad me muestra que no es más que amistad.
—No le preguntes —dijo Sarya.
Sonrió, pero con tristeza.
—Yo no le preguntaría. Le seguiría los pasos en silencio hasta saber dónde pisa. Eso te dice más de una persona que todas sus respuestas. Los chicos son así. Y este es el más especial que he conocido nunca. Huyen de lo que sienten hasta que un día no pueden seguir huyendo. Y entonces llega el momento de atraparlos.
Colette resopló suavemente.
—Pues yo no tengo tiempo para adivinanzas. Ni para medias respuestas, ni para esperar a que un día se fije en mí. No quiero que alguien me quiera a ratos, o desde lejos. Si algún día decide que puede hablar claro… que me busque.
Y entonces se hizo un silencio distinto. No incómodo. Solo lleno. Como si algo, sin haber sido dicho del todo, ya se hubiera dicho.
En un baño contiguo se encontraban Peter y Rufus.
El vapor se elevaba perezoso en el aire, envolviendo los cuerpos como un velo. Peter chapoteaba el agua con los pies desde un banco de piedra, con un trapo húmedo en la cabeza. Rufus, por su parte, permanecía en silencio, sentado en el extremo, con los ojos cerrados.
—¿Te has dado cuenta de que en este lugar hasta el jabón huele a algo que no podemos permitirnos? —dijo Peter, rompiendo el silencio—. En Eldermere todo huele a leche agria y barro, y aquí… aquí huele a menta y desprecio.
Rufus sonrió sin abrir los ojos.
—El desprecio es gratis. Y no todo huele a leche agria en Eldermere. Ya estás con tus aires de grandeza y de hombre de gran ciudad. ¿A qué huele Brandelor, según tú?
Peter dejó de chapotear.
—Pues al pobre Galen debe de olerle a pérdida. A lo que uno nunca tendrá, aunque apriete los puños. Esta mañana no hablaba de otra cosa que de Elyse.