Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La ciudad de las murallas #2
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La ciudad de las murallas #2

Rufus caminaba en silencio, con la mirada atenta al entorno, buscando sin querer los bordes de las zanjas, los claros húmedos, las piedras cubiertas de musgo. Cualquier indicio de hierbas medicinales. Cualquier salvación que no obligara a entrar de nuevo en la ciudad.

Sarya caminaba a su lado, rápida, con la capucha echada hasta la nariz. Peter iba unos pasos detrás con Colette y Mira. Nadie preguntó por Galen. No porque no importara, sino porque todos sabían que, de momento, nombrarlo solo serviría para abrir otra herida.

—¿Crees que encontraremos lo que buscas en la ciudad? —preguntó Sarya al fin.

Rufus asintió lentamente.

—Espero que sí. Algunas hierbas no crecen en cualquier tierra. Pero en Brandelor entra mercancía de todas partes.

Peter, que caminaba unos pasos detrás, intervino con su tono de siempre, aunque esta vez sonó un poco más cansado:

—Si no las encontramos, siempre podemos improvisar. Un poco de vino caliente, una canción alegre y que los dioses hagan el resto.

Colette sonrió , agradeciendo el intento de aliviar la tensión.

—No subestimes el poder de una buena melodía —añadió Mira—. Pero en este caso confío más en las manos de Rufus.

Rufus no respondió.

Siguieron andando.

Al llegar a las puertas, Brandelor los recibió con indiferencia.

El aire olía a piedra húmeda y perfume caro. Las calles eran estrechas y limpias, pero no por virtud: era limpieza forzada, artificial. Como si la ciudad se lavara la cara cada mañana para ocultar el hedor de su alma.

Las torres de vigilancia asomaban entre los tejados como cuchillas. Los comerciantes ya gritaban desde los puestos, vendiendo frutas que no sabían a nada y promesas que sabían peor.

Peter escupió al suelo.

—Ya estamos en el palacio de la hipocresía. Si alguien me sonríe demasiado, le rompo la nariz —gruñó, ajustándose el abrigo.

—Nadie te va a sonreír —murmuró Colette—. No sin cobrar por ello.

Sarya caminaba delante, con pasos rápidos, decididos. Rufus la seguía en silencio, con los dedos apretados alrededor del saquito de drakens. Lo sentía pesado, no por las monedas, sino por lo que representaba: la última distancia entre Maren y la sombra. Sabía que los zíngaros no eran ricos y que ya habían gastado demasiado intentando salvar al niño.

—¿Dónde lo encontraremos? —preguntó Mira, sin levantar demasiado la voz.

—Hay un mercado al este de la plaza vieja —respondió Sarya—. Allí comercian con cosas que los guardias fingen no ver. Si las hierbas existen en esta ciudad, estarán allí… o en manos de alguien que no las da fácilmente.

El Mercado de la Plaga, como lo llamaban entre susurros, no tenía letrero. Solo una reja medio oxidada y un olor a moho y sudor antiguo.

Dentro, el aire cambiaba.

Más denso.

Más lento.

Había puestos de toda clase: huesos tallados, tarros con líquidos verdes, gatos sin ojos dormidos sobre mantas. Un hombre vendía uñas de bruja. Otro ofrecía plumas negras a cambio de recuerdos.

Pero Rufus no buscaba espectáculo. Caminaba como quien sigue un mapa invisible, hasta que lo vio: un anciano de espalda encorvada, con un manto gris y una mesa cubierta de ramas, raíces y hojas secas que susurraban entre sí como si aún vivieran.

El muchacho se acercó, sacó el saquito de cuero y lo puso sobre la mesa sin decir nada.

—Busco sombrasol y lengua de ciervo —dijo, sin pedir precio.

El anciano no respondió de inmediato. Solo lo miró. No a los ojos, sino a los hombros. Como si evaluara cuánto podía cargar aquel cuerpo.

—¿Para qué las quieres?

Rufus no titubeó.

—Para evitar un entierro.

—Todos dicen lo mismo. Y casi todos las buscan para otra cosa. ¿Sabes que esas sustancias son venenos potentes e infalibles?

—También son medicinas antiguas y eficaces si se saben usar y se administra la dosis adecuada.

El hombre soltó una carcajada.

—¿Y cuántos saben usarlas para ese fin y no para quitar de en medio a un vecino molesto, al amante de una esposa o a un enemigo? Esas sustancias no deberían estar en manos de cualquiera. ¿Sabes que es casi imposible reconocer cuándo alguien ha sido envenenado con ellas?

Rufus encogió los hombros. Su abuelo le había contado los secretos de las hierbas. No solo lo bueno. También lo malo.

—El duque las prohibió hace años —continuó el anciano—. El único sitio donde quizá puedan encontrarse es en la Ciudadela Ducal.

—¿La Ciudadela Ducal? —preguntó Rufus, pensativo.

—Sí. El centro de Brandelor —dijo el hombre, mirándolos de arriba abajo—. No sois de aquí, ¿verdad?

—¿Salta a la vista? —preguntó Peter.

El anciano no se molestó en responderle.

Rufus insistió:

—¿Dónde se encuentra el lugar donde puede haber sombrasol y lengua de ciervo?

—En la Ciudadela Ducal de Brandelor. ¿Conoces algún noble que te avale para entrar en la ciudadela y comprar allí?

—¿Me tiene que avalar un noble para comprar?

—Te tiene que avalar un noble para entrar, a no ser que trabajes para alguno de ellos. Y, por las ropas que llevas, no parece que sea el caso. Ni lo uno ni lo otro.

Sarya decidió intervenir.

—Rufus, la Ciudadela Ducal de Brandelor es un enclave amurallado donde residen el duque, la aristocracia y la élite de la ciudad. Está rodeado de murallas y soldados. No es un sitio al que se pueda entrar fácilmente.

Rufus echó cuentas rápidas.

Su abuelo tenía esas hierbas en casa, pero volver a Eldermere y regresar con ellas a Brandelor a tiempo era impensable. Quizá con un caballo rápido… pero corría el riesgo de no llegar a tiempo.

—¿En qué lugar de la ciudadela puedo encontrarlas?

—En la Botica de la Rosa Negra —dijo el anciano—. Una pequeña tienda ubicada en una callejuela apartada, conocida por vender remedios exóticos y poco comunes. El boticario es un viejo que valora el conocimiento y la intención detrás de cada compra. Pero no te equivoques, muchacho: no es una tienda para la gente común. Solo los nobles o los médicos pueden comprar allí.

Peter, que había estado en silencio hasta entonces, se cruzó de brazos y soltó un susurro con la boca torcida:

—Genial. ¿Y qué hacemos? ¿Robamos un título nobiliario o entramos en la ciudadela con una capa de terciopelo y acento fingido?

Rufus no sonrió. Estaba demasiado concentrado.

Pero Peter siguió:

—A ver si lo entiendo. Rufus no tiene ni para comprarse botas nuevas, pero ahora necesita entrar en el lugar más vigilado de Brandelor y convencer a un boticario que solo vende a condes y médicos. Lo normal.

Rufus lo miró por fin. Su expresión era seria, pero no enfadada.

—No necesitamos ser nobles. Solo parecerlo… o conocer a alguien que sí lo sea. Tengo el dinero que me dio Domer. ¿Acaso crees que me mandaría a buscar medicinas para su nieto moribundo con las manos vacías, zoquete?

Peter alzó una ceja. Jamás había oído a Rufus hablarle así.

—¿Y tienes algún título nobiliario falso guardado en los bolsillos?

Sarya intervino, calmada pero firme:

—Quizá haya una forma. Mi abuelo ha tratado con gente de dentro… comerciantes, incluso criados. Tal vez podamos encontrar a alguien que nos deje entrar como parte de su servicio.

Rufus asintió, sin apartar la mirada del anciano que les había hablado.

—Y, si llego hasta ese boticario, ¿crees que me venderá lo que necesito?

El hombre resopló, resignado.

—Si dices lo correcto, si le demuestras que sabes lo que haces… quizá. Pero, si huele miedo, arrogancia o mentira, te echará a la primera palabra. O peor: llamará a los guardias.

Peter murmuró:

—Genial. Entonces estamos buscando a un noble que no conocemos, para que nos deje entrar en una ciudadela que no podemos pisar, a ver a un boticario que nos puede echar o meternos en un calabozo… todo para comprar veneno que cura.

Y luego, más bajo:

—Esto se parece mucho a una de esas cosas que tú haces, Rufus, y que empiezan con “yo me ocupo”… y acaban con todos nosotros en líos hasta el cuello.

—El de los líos eres tú —dijo Colette, que había estado callada.

Todos se dieron la vuelta para alejarse del anciano, que los observaba con una sonrisa tan amable que parecía un disfraz.

—¿Entonces tu abuelo conoce a alguien dentro? —preguntó Mira, en voz baja.

—Puede ser. O puede que diga que no, o que es peligroso, o que es mejor no meterse —respondió Sarya—. Y no pienso volver al campamento solo para escuchar otra advertencia. Hay otra forma.

—¿Cuál? —dijo Peter, alzando una ceja.

Sarya señaló con la cabeza el final de la calle.

—Un baño público. Todos necesitamos uno. Yo, sobre todo. Hace dos semanas que no sé lo que es agua caliente sin barro. Por dos drakens nos dejarán entrar a todos. Y, con suerte, podremos quitarnos este letrero invisible que dice: “recién salidos de un campamento zíngaro o algo peor”. Después entrar será más fácil.

Colette torció el gesto.

—¿Con esta ropa crees que un baño nos hará pasar desapercibidos?

—No —dijo Sarya—. Pero en los baños públicos hay algo más que agua. También hay ropa. Buena. Secándose, colgada o doblada… mientras sus dueños se remojan y se olvidan del mundo.

—¿Estás diciendo que robemos? —preguntó Rufus, cruzándose de brazos.

Peter se encogió de hombros.

—Digamos que tomamos prestado. Un par de horas, nada más.

Sarya asintió con una media sonrisa.

—En estos sitios la gente entra por la mañana y sale al anochecer. Tienen tiempo. Nosotros también. Nos cambiamos, entramos en la ciudadela, conseguimos lo que necesitamos y luego volvemos. Dejamos la ropa donde estaba y nos largamos.

—Y, si nos pillan —añadió Colette—, ¿qué decimos?

Peter sonrió.

—Que éramos nuevos. Y que nadie nos explicó las reglas.

—No hace falta explicar que no puedes coger la ropa de quienes se están bañando —dijo Rufus.

—¿Qué prefieres? ¿Que dejemos morir a mi primo? —preguntó Sarya.

Rufus sabía que tenía razón. Su abuelo le había enseñado que la moral y la ética no eran adornos que uno pudiera quitarse cuando molestaban. Pero también le había enseñado que, cuando la vida solo te ofrece dos malos caminos, hay que elegir el menos malo. El que te permita mirarte a los ojos cuando seas viejo.

Rufus respiró hondo.